Tell Magazine

Columnas » Pilar Sordo

EDICIÓN | Mayo 2014

No quiero envejecer

No quiero envejecer
En esta columna más que frases, quiero plantearles preguntas. Preguntas que fueron las que inspiraron la investigación del último de mis libros: No quiero envejecer. Esta investigación duro cuatro años y cubrió toda Hispanoamérica entre personas de veinticinco y noventa y cinco años.
Las cosas que me empezaron a hacer ruido fueron, por ejemplo, por qué si a uno le dicen que parece más joven, o qué hace para mantenerse así, uno debiera agradecerlo e incluso y considerarlo un piropo.
 
A mí se me tienen que notar mis cuarenta y ocho años, porque han sido muy intensamente transitados y no tengo por qué agradecer que se me quiten años de caminata de mi vida. ¿Por qué cada vez hay menos velas en las tortas? ¿Por qué hay abuelos que prefieren ser llamados por el nombre? ¿Acaso la palabra abuelo los hace sentirse más viejos? ¿Por qué los cumpleaños han empezado a ser una tragedia y pocos quieren celebrarlos y decir cuántos años cumple? ¿Quién inventó que a una mujer no se le puede preguntar la edad y que es un signo de coquetería mentir y no decirla?
 
Debajo de todas estas interrogantes parece flotar en el aire un sentimiento de poco agradecimiento de estar vivos y, sobre todo, un sentimiento —medio depresivo e inconsciente— que hace que el paso de los años sea visto como la pérdida de todo.
 
Quizás una de las cosas más complejas de la investigación fue definir qué se entiende por viejo o vieja hoy y, al final, aparecieron ciertos criterios que me parecen importantes de compartir con ustedes. Esta definición la acuñó un argentino y un colombiano y terminó por definirse como un proceso en el cual los recuerdos no pueden superar los proyectos. Mientras haya proyectos, siempre habrá vitalidad y la vejez llegará bien vivida y disfrutada. Para que existan proyectos hay que preguntarles a los gobiernos qué están haciendo para facilitar la posibilidad de que los mayores los puedan implementar y no los obliguemos a centrarse en los recuerdos como única salida. Para poder generar estos proyectos se plantea que la movilidad es fundamental y que estar en movimiento permanente ayuda en el camino de los años.
 
Otro punto importante que mostró la investigación es que uno envejece como vive y, por lo tanto, uno debe decidir qué ser humano quiere ser y prepararse para la vejez de la forma en que cada uno piense que es la mejor. El paso de los años permite profundidad, cierta desfachatez y seguridad para disfrutar del presente. Permite caminar lento y poder, desde ahí, disfrutar y ver todo lo que la locura de los treinta no permitió ver.
 
Al envejecer se aprende en el camino y no se puede evitar, por eso el título del libro es un absurdo donde, por un lado, tenemos a los sectores de más recursos que sienten que le ganan a la vejez con el dinero y las operaciones y, por otro, los sectores de menos recursos entran en una resignación donde el auto cuidado deja de ser importante, porque ya se está fuera del mercado.
 
En ambos extremos no se aprovecha el paso del tiempo como una ganancia y hay que saber encontrar un término medio para que nos sintamos orgullosos de llegar a ser abuelos y de llegar a ser viejos. No hay otra opción y, por lo tanto, los gobiernos tienen la obligación de preocuparse de una población que va en aumento y que necesita mejores pensiones y condiciones dignas para envejecer como justo pago de lo realizado en la vida.
 
La vejez, de acuerdo a nuestras creencias, nos acerca a la muerte pero esta puede ocurrir en cualquier momento, no es privilegio de los viejos y, además, si fuéramos consecuentes con nuestras creencias, deberíamos esperarla con más paz y con la seguridad plena de vivir dándole prioridad a los afectos y no a las cosas. Los invito a preguntarse cómo quieren envejecer, a conversarlo con quienes aman y sobre todo a agradecer el acto de estar vivos.
 

Otras Columnas

» Ver todas las Columnas


OPINA

  • Verificación Anti SPAM, Ingrese el resultado de la siguiente operación4+1+4   =