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Entrevistas

EDICIÓN | Mayo 2014

Práctica extrema

Josefina Araya, estudiante de enfermería
Práctica extrema
Esta es la historia de una penquista que se fue a hacer un voluntariado al otro lado del mundo. Pero no un voluntariado cualquiera, sino uno que le permitiera aplicar sus conocimientos de enfermería. Fueron siete semanas intensas en Arusha, Tanzania. Siete semanas en las que aprendió mucho más que swahili. Muchísimo más.

por Macarena Ríos R. / fotografía Teresa Lamas G.

Era mediodía de un primero de enero cuando el avión en el que iba Josefina tocó suelo tanzano tras hacer escala en España y Kenia. En el aeropuerto de Arusha, mínimo y con una humedad tremenda, la estaba esperando Aichi, la housekeeper de la casa que la acogería por siete semanas. El trayecto demoró una hora. Sesenta minutos de sabana africana, baobabs y el Kilimanjaro de fondo.
 
“En Arusha no hay agua potable ni vertederos, mucho menos camiones de basura: ellos la queman. A los habitantes les encanta el gin y en el comercio venden sachets de cien ml. que toman todo el día. Una de las tribus más grandes es la Masai. Tienen baja escolaridad, porque aunque existe educación pública gratuita, esta pierde todo sentido porque tienen que pagar derecho a la silla, a los cuadernos, a la sala, a la pizarra, ¡a todo!”, explica Josefina, que está en su último año de enfermería en la Universidad Andrés Bello en Viña del Mar.
 
La casa de acogida era una sede del Tanzanian Volunteer Experience que trabaja en conjunto con los del International Volunteer HQ —la institución neozelandesa que contactó Josefina por internet y que coordina voluntariados en distintas partes del mundo.
 
“Éramos quince voluntarios entre los diecinueve y los veintisiete años, de los cuales solo uno era hombre. También había enfermeras ya mayores y algunas familias completas. El primer día tuve una orientación en la que me explicaron dónde iba a trabajar, y lo que tenía que hacer”.
 
¿Cómo resumirías la experiencia?
Increíble. El hecho de vivir lo que alguna vez te contaron, o leíste, es extraordinario. Cambias tu mentalidad para ver la vida. Te das cuenta de que no necesitas cosas materiales para ser feliz. A pesar de la pobreza en que viven, son súper solidarios y alegres.
 
“JAMBO”
 
El segundo día en el continente africano, Josefina se levantó temprano. Tenía que tomar dos locomociones para llegar al lugar donde la habían destinado: la Clínica Comunitaria Olorien, comandada por el doctor Byemba. Sus compañeras serían Christine, una estudiante de enfermería americana, y la siquiatra griega Angeliki, con las que, además, compartía pieza junto a Olivia, una enfermera australiana que iba a ayudar a un orfanato.
 
El ritmo de vida es lento. Y aunque manejan pésimo (“no respetan nada, se suben a las veredas, incluso contra el tránsito”), la gente es feliz en medio de un tránsito caótico, con micros que llaman dala-dala y que pasean sus esqueletos destartalados con leyendas católicas al estilo de We love God.
 
Luego de cincuenta minutos de viaje, Christine, Angeliki y Josefina llegaron frente a una construcción blanca de dos pisos, de los cuales solo uno estaba habilitado. Un fuerte olor emanaba de un sitio cercano: era la quema de los insumos hospitalarios que desechaban (parches, guantes, jeringas, sondas). Con el correr de los días, Josefina se acostumbraría al hedor y al hecho de que, al no existir vertederos, la gente no tiene más opción que quemar la basura.
 
Fueron recibidas por el propio doctor Robert Byemba. “Jambo” (hola), les dijo, estrechándoles la mano con fuerza. Bajo, de contextura media y con una paz interior que sorprendería a Josefina durante las siguientes semanas, llegó al país hace varios años, escapando de la guerra civil del Congo. Su casa está detrás del consultorio, donde vive con su señora y tres hijos. Al frente del consultorio hay una Iglesia que pertenece al movimiento bautista del cual es fiel admirador: New Hope Inniciative (www.newhopeinitiative. org) y que se ha transformado en el mecenas de la clínica.
 
Byemba trabajaba con Vernon y Bonnie, una pareja americana —él pastor; ella, misionera— que llevaban veinticinco años en Tanzania y pertenecían a la misma comunidad bautista. No hacía falta ser muy observador para darse cuenta de que eran el brazo derecho del anestesiólogo.
 
Los casos más simples eran derivados a un asistente, los de mediana complejidad los veía Bonnie, quien carecía de estudios médicos, pero que con la experiencia de años sabía resolver bastante bien, y los casos complejos los veía el doctor Byemba. Desde un comienzo, Josefina trabajó con el médico ayudando a registrar pacientes y asistiéndolo en las operaciones.
 
¿Qué fue lo que más te llamó la atención?
Cómo vivían el día a día, con ingenio y creatividad iban sorteando las dificultades que se les presentaban. Si necesitaban receptáculos para tomar muestras de deposiciones, ellos mismos fabricaban las cajitas.
 
¿Lo más difícil?
La realidad, las historias que te cuentan y lo que ves. Un día llegó una niñita de cuatro años. Estaba decaída y no quería comer. Los exámenes arrojaron que tenía VIH y no solo eso, también tenía leucemia. Y todo por culpa de un embarazo no tratado. Si ella hubiera nacido en otro país estaría en otra situación y tendría una mayor calidad y expectativa de vida.
 
¿Tu primer paciente?
La amputación de un dedo.
 
EL COLOR DE ARUSHA
 
Durante las mañanas, Josefina trabajaba en el laboratorio de la clínica sacando muestras de sangre. “Jina langu ni Josefina” (me llamo Josefina), les decía en swahili a los pacientes, presentándose e inspirando confianza. Por las tardes veía a enfermos junto al doctor Byemba, quien hacía las veces de traductor. En promedio, el consultorio atendía unas tres mil personas de escasos recursos al mes.
 
¿El mejor consejo?
“Dios provee”. Esa era la frase favorita del doctor Byemba. Nunca lo vi enojado o triste, al contrario, siempre con ganas de salir adelante, un hombre increíble que ahora está buscando recursos para levantar una maternidad en el segundo piso.
 
Con el dinero que reciben de los pacientes por su atención alcanzan a costear los gastos de la clínica y los sueldos. Los insumos del único laboratorio existente, del pabellón que cuenta con solo una camilla, de la sala de rayos X, del ultrasonido y del par de box de atención, son donaciones. El instrumental quirúrgico son donaciones. Lo mismo que los guantes, las sondas, las gasas, las jeringas.
 
“Más allá de aprender a suturar, a limpiar heridas, a servir de arsenalera, la predisposición, el esfuerzo constante y las ganas de salir adelante las aprendí de ellos”, resume Josefina. Cuenta que a veces terminaba emocionalmente agotada, con una frustración enorme a cuestas, pero miraba al doctor Byemba, miraba a Bonnie, a Vernon y a todos los que trabajaban en Olorien y seguía adelante.
 
¿La primera frase que dijiste en swahili?
“Karibu kaa” (Bienvenido, tome asiento), “nsombs mkono” (me puede dar su brazo).
 
LOS MASAI Y LA CONGA
 
Josefina trabajaba de lunes a viernes. Los fines de semana los aprovechaba para conocer los alrededores junto a los otros voluntarios, que a esas alturas se habían convertido en su segunda familia. Fue a un safari en Kenia, recorrió la sabana cada vez que pudo, viajó a un pueblo en la base del Kilimanjaro.
 
¿Qué te gustó de Arusha?
¡Los niños! Tienen unas caritas iluminadas increíbles, son muy dulces y alegres. A las niñitas les ponen vestidos con encajes, repolludos y coloridos. Los Masai usan una tela que se llama “conga” con la que se hacen vestidos, túnicas, faldas, turbantes y todo lo que te puedas imaginar. Los géneros son preciosos, con diseños muy llamativos y colores fuertes.
 
¿Volverías?
No sé si a vivir, pero volvería de todas maneras.
 
¿Lo inolvidable?
El cielo. ¡Las estrellas se veían tan cerca!
 
Una de esas tardes entre semana, cuando hacían un alto en sus labores diarias, Byemba les contó una historia tremenda. De esas que uno piensa que jamás escuchará y que, sin embargo, es más real que la vida misma.
 
“Acá tenemos periodos de lluvias intensas, que a veces se perpetúan durante semanas. Fue justamente en una de esas tormentas tropicales que la pared de una casa en las afueras de Arusha comenzó a ceder. En la casa vivía una mujer junto a sus cuatro hijos pequeños. La mujer estaba esperando el quinto hijo y tenía siete meses de gestación. Estaban solos cuando la precaria construcción comenzó a desmoronarse. Ella, en un vano intento por sostener una de las paredes, les gritaba a los niños que salieran, que se fueran, pero ellos, llorosos y pequeños, no le hicieron caso. Finalmente, la muralla cedió, aplastando sus cuerpos. Los niños murieron en forma instantánea y a la mamá la llevaron de emergencia al hospital regional. Por culpa de los caminos en mal estado, la llegada de la ambulancia demoró más de la cuenta y al llegar al centro asistencial no pudieron salvar a la guagua. La mujer quedó en estado crítico, pero en el hospital no había ventilador mecánico para ella. Durante horas estuvieron ambuseándola a mano con un balón de oxígeno para que pudiera seguir respirando. Llegó el marido y continuó ambuseándola. Pasó un día, pasaron dos… No había personal para relevarlo y después de cuarenta y ocho horas seguidas no resistió y se quedó dormido”.
 
Josefina levanta la vista. Toda África se revela en su mirada. Fueron siete semanas profundas, vivas, en las que aprendió mucho más que swahili. Muchísimo más.

 

 
“El personal de la clínica vivía el día a día con ingenio y creatividad. Si necesitaban receptáculos para tomar muestras de deposiciones, ellos mismos fabricaban las cajitas”.

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