Andrés Sabella dejó un importante legado, en que trata casi todos los temas, lo que no deja de asombrarnos. Al revisar las columnas que escribió en diversos diarios y revistas, encontramos la demostración de su amor por Antofagasta. En la “Linterna de Papel”, columna diaria publicada en El Mercurio de Antofagasta, hallamos iniciativas que aplaude personajes y hechos destacados, anécdotas; plantea problemas urgentes pidiendo soluciones. Pero también dedica el espacio a inspirar, trasmitir, a intentar contagiarnos con lo que el poeta llamó “la antofagastinidad”, esto es, “el amor integral, comprometido y constante por nuestra ciudad”.
Y hoy tenemos un tema candente: sismos en nuestro Norte Grande. Permítanme recordar que Andrés le dio este nombre a toda esta gran región del país con su novela Norte Grande, en 1944. Bueno, si afirmamos que el poeta escribió acerca de casi todos los temas, ¿aparecen en sus escritos los odiosos terremotos? ¡Por supuesto! y esta es la mejor demostración. Andrés define: “La palabra terremoto no es una palabra graciosa, de esas que de solo decirse produce agrado. Terremoto es una palabra dura, como la catástrofe que importa: una palabra llena de agujeros”.
Y empieza por la historia de Chile, comentando: “Cuando don Pedro de Valdivia necesitó exaltar ante el Emperador Carlos V las bondades que engalanaban la tierra chilena, le manifestó que era “apacible”, esto es, mansa y agradable. De mansa, líbrenos Dios de sus corcovos…! Lo de agradable, ¿Quién lo duda, a pesar de los sacudimientos que nos arrojan por los suelos…? Aquí, don Pedro exageró la virtud”.
El 5 de marzo de 1987 se produjo en Antofagasta un terremoto de 7.3 grados. Andrés lo refleja en esta “Linterna” publicada el día 9: “El terremoto del 5 de marzo ‘despertó’ a la ‘dormida’ Antofagasta, precipitándola a una realidad poquísima grata: vivimos, se dice, encima de un peligro sísmico, verdaderamente grave. Tal situación mantiene a la ciudad en una dura inquietud y, por cierto, no interesa a nadie que pasemos a figurar entre las poseedoras de mayor intensidad. Logramos recién los grados 5 a 7, lo que ya es una categoría de admiración mundial. Quedémonos allí”.
Las columnas del poeta denotan una gran preocupación por entregar, como enseñó a sus alumnos de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Norte, la información oportuna y veraz. Es así como sus escritos demuestran investigación y estudio sobre los temas tratados. “Los sismógrafos se inventaron en 1853. La lectura de los desastres se mide por la escala Gutenberg-Richter, cuya máxima fuerza anotada es de magnitud 8,9. Por lo que sabemos, solo en tres ocasiones se tocó ese límite: la primera aconteció en 1906, entre Colombia y Ecuador.; la segunda en Sanriku, Japón, en 1933; y Chile inscribió su desastre de magnitud 8,9, en la sacudida del 22 de mayo de 1960, en Lebu”.
En la historia de nuestra región, Antofagasta también tiene su gran tragedia. La noche del 9 de mayo de 1877 se produjo un gran sismo, terremoto y tsunami, que asolaron Mejillones, Tocopilla, Cobija, Gatico, Pabellón de Pica, Iquique, Arica, produciendo gran destrucción. Al respecto, Andrés dice: “En el historial de los terremotos, Antofagasta también ocupa un espacio: recordemos que, en 1877, el 9 de mayo, tuvo su ‘Noche triste’, con terremoto y salida de mar”
Lo dicho, Andrés tiene columnas acerca de todos los temas. ¿Alguna duda?