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EDICIÓN | Abril 2014

Las respuestas a los retos naturales

Floreal Recabarren Rojas
Las respuestas a los retos naturales
Vivir en el norte grande requiere coraje y una fuerza anímica capaz de responder permanentemente a las encrucijadas que tiende la naturaleza. Desde luego, acomodarse a una tierra seca, donde el agua es y los ríos quebradas secas pavimentadas de cascajos, requiere una gigantesca audacia y temeridad. Es cierto que yacen fabulosas riquezas, pero hay que luchar denodadamente para poseerlas. La naturaleza nortina no se prostituye.
Vivir en el norte grande requiere coraje y una fuerza anímica capaz de responder permanentemente a las encrucijadas que tiende la naturaleza. Desde luego, acomodarse a una tierra seca, donde el agua es espejismo y los ríos quebradas secas pavimentadas de cascajos, requiere una gigantesca audacia y temeridad. Es cierto que yacen fabulosas riquezas, pero hay que luchar denodadamente para poseerlas. La naturaleza nortina no se prostituye.
 
EL PRIMER DESAFÍO
 
En abril de este año, un fuerte remezón de la tierra azotó a la región y, puntualmente, a la ciudad de Iquique. No es el primer terremoto. Retrocediendo en el tiempo, llegamos al 13 de agosto de 1868, año de lento poblamiento. Arica no tenía más dos mil habitantes; una cifra un poco mayor en Iquique. Antofagasta recién comenzaba su poblamiento. Fue el 13: las ciudades vivían el afán de sus faenas: Un ronquido de gigante advirtió el temblor de tierra. Un sismo de grado 9 sacudió a la ciudad de Arica. En Iquique y Antofagasta llegó a 8,8. Fue el aperitivo de un fenómeno mayor. El mar se retiró de la costa y después de quince minutos cayó sobre Arica con olas de cincuenta metros de altura: Los barcos surtos en la bahía, semejando pequeños juguetes, fueron arrastrados y azotados sobre el Morro. Otro, el norteamericano Wateree, quedó varado en una calle del puerto. El tsunami, viajando veloz sobre el Pacífico, embistió a Japón, Australia, Nueva Zelanda y Hawái.
 
El desastre fue total: casas y personas fueron arrastrados por las olas. En Antofagasta no hubo bajas humanas; Mejillones azotada por olas de veintitrés metros. Los porfiados nortinos no se amilanaron: reconstruyeron sus ciudades y recibieron nuevos inmigrantes.
 
NUEVE AÑOS MÁS TARDE
 
Mayo de 1877. Se acercaba el invierno; a las 21 horas con 16 minutos del día 4, un remezón unido a quejoso y profundos ruidos, fue el preludio del fuerte sismo de 8,8 grados que azotó el litoral del norte y se desplegó hasta el norte chico. La mayor parte de casas de madera crujieron como una gran quebrazón. Un tierral sofocó la ciudad y los gritos humanos formaron un quejumbroso coro acompañado de ladridos de perros y relinchos de caballos. Antofagasta ya no era una caleta, sino un puerto exportador de salitre. Como en el bíblico éxodo, las aguas se replegaron mar adentro. Solo entonces se percataron del fenómeno ¡El mar se nos viene encima!, fueron los avisos angustiados, al mismo tiempo que ascendían los cerros. El embravecido mar derrumbó la débil construcción y se paseó airoso por Plaza Colón. Los vecinos durmieron en los cerros y al día siguiente, cautelosos, bajaron al plano.
 
ADIOS A COBIJA
 
Cobija, el puerto fundado por Bolivia, se deshizo bajo las fuerzas del mar, que arrastró viviendas y personas. A los ocho componentes de la familia española Aguirrezavala, se los tragó el mar junto a otros habitantes. Lo mismo ocurrió en Gatico. Taltal no se escapó del fenómeno telúrico. La peste, aliada al maremoto, terminó con el puerto boliviano: Antofagasta ocupó su lugar. La porfiada lucha contra la naturaleza ha permitido sobrevivir y progresar.
 

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