“Mi vida ha sido una lección de amor que he recibido de mi suelo”. Carlos Crovetto Lamarca es enfático al referirse al trabajo al que ha dedicado gran parte de su existencia de manera casi obsesiva. Se define como especialista en mejoramiento de suelos y muchos lo llaman el profeta de la cero labranza.
Hijo de Tomás Crovetto Mignone y Raquel Lamarca Abril, Carlos nació en Concepción, el 10 de febrero de 1933, y es el segundo de cuatro hermanos. Separado, con cuatro hijas y once nietos, ha numerosos premios en Chile y en el extranjero por su destacada labor como agricultor y calcula que ha visitado veintiún países con más de cien charlas dictadas. “La última fue en octubre del año pasado, en Francia, y en mayo estoy invitado a Alemania”, cuenta.
En 1953, cuando solo tenía veinte años, me nombraron administrador del fundo Chequén con la tutela de mi padre, que había comprado esta propiedad a mediados de los años cuarenta. Tardé cinco años en darme cuenta de que la gente que trabajaba este campo solo se preocupaba de mantener el suelo, no de mejorarlo, lo que significó grandes discusiones con mi padre cuando dejamos de sembrar trigo y se erosionó el terreno. A fines de la década de los cincuenta, me otorgaron una beca para ir a Estados Unidos a estudiar conservación de suelos en la Universidad Politécnica de California, en la ciudad de San Luis Obispo. Fue ahí donde comenzó a apasionarme el tema y me di cuenta de lo importante que es cuidar el suelo.
¿De qué manera lo marcó esa experiencia?
Además del periodo en la universidad, participé durante nueve meses en programas de entrenamientos junto al Servicio de Conservación de Suelos, dependiente del Ministerio de Agricultura, donde aprendí el manejo que ellos daban a las praderas. Así supe qué conocimientos aplicar en el fundo Chequén, de acuerdo con el problema de erosión que teníamos. En Estados Unidos se hablaba de la mínima labranza, pero yo me convencí de que lo ideal para nosotros era el sistema de cero labranza, para no continuar dañando el suelo.
¿Cuándo realizó la primera siembra cero labranza en Chequén?
En 1978 y no fue fácil. Tuve que viajar a Estados Unidos a comprar la primera máquina, que era sembradora de maíz y de tecnología muy avanzada para su época. Al año siguiente, hice la primera siembra de trigo cero labranza, con otra máquina traída desde Norteamérica. El concepto de la cero labranza se basa en el peso de la máquina, para que tenga capacidad de cortar o soltar un poco la tierra y no romperla. Esto es poco más de una pulgada de profundidad. Significó una verdadera revolución en este campo y, apenas pude, compré máquinas más modernas y de mejor diseño.
Desde entonces, ¿cómo han sido los resultados de este sistema?
En Chequén trabajamos en uno de los peores suelos del mundo, llamados alfisoles, de origen granítico. En Chile, estos suelos metamórficos están desde la Región de Coquimbo a la de la Araucanía. Son originados por la caolinita, una especie de arcilla cuya calidad es la peor en su tipo en el mundo. Se habla mucho de conservar el suelo, pero yo hablo de mejoramiento, especialmente cuando se trata de suelos que están muy deteriorados. De esta manera, hemos logrado mejorar el suelo de Chequén, no por haber mejorado la arcilla, sino porque hemos logrado incluirle materia orgánica y este fundo se ha transformado en un oasis en la zona, ya que en los alrededores predominan las plantaciones de pino. Chequén es el único campo cuya producción destaca en la zona de Florida, produciendo actualmente trigo, maíz, soya transgénica, raps y vicia.
¿Cómo se puede incluir materia orgánica al suelo?
El manejo del rastrojo es fundamental en este aspecto. Lo más común es que el rastrojo, como es una molestia y una complicación para el agricultor, se queme y es lo peor que se puede hacer. Por ejemplo, el fuego quema el carbono acumulado con el rastrojo y se emite CO2 a la atmósfera. La capa de rastrojo impide, por ejemplo, que la lluvia erosione el suelo y que la humedad perdure en el suelo. Acá, nosotros creamos suelo a una velocidad de un milímetro de suelo orgánico por año, cuando se dejan diez toneladas de rastrojo por hectárea al año.
¿Cuándo regresó a Estados Unidos a complementar sus estudios?
En 1963 y 1967, estuve becado por algunos meses allá y pude profundizar mis conocimientos sobre el manejo de praderas permanentes y la construcción de tranques para acumulación de aguas lluvias y riego estival. En 1968, a través de un programa CORFO, denominado Plan Ganadero Sur, estuve en Nueva Zelanda por un mes para observar el manejo de praderas permanentes de alta productividad.
¿Con esos conocimientos pudo construir el tranque en su fundo?
Se trata del resultado de un gran esfuerzo que hicimos en el fundo a partir de 1974 e inauguramos en 1978. En Estados Unidos, aprendí cómo hacer estructuras de este tipo y es una obra descomunal cuya construcción también favorece la calidad de los suelos de Chequén, ya que todo acá se riega por aspersión. Tiene capacidad de trescientos cincuenta mil metros cúbicos, riega veinticinco hectáreas y consume ciento veinte mil metros cúbicos de agua. Aporta bastante a la fauna local, ya que ahí viven pejerreyes, coipos, patos jergones, taguas y patos blancos, además de cuatro cisnes de cuello negro que me regalaron.
¿Así pudo también consolidar Avícola Chequén?
Anteriormente, teníamos producción de huevos. Creamos la empresa en 1976, gracias a los conocimientos adquiridos en Estados Unidos. En la actualidad, contamos con sesenta mil aves ponedoras, el mismo número con que partimos. Resulta que nuestra labor en la avícola apunta a entregar un trabajo dedicado, bajo el slogan “Quiebre y compare” que lleva cada uno de nuestros huevos. El rápido crecimiento significó la introducción de avanzadas técnicas de producción, con la incorporación de jaulas automáticas europeas de alta densidad de gallinas y un sistema de clasificación del producto, computarizado y de última generación en los Estados Unidos.
¿Cuándo dictó su primera charla fuera del país?
En 1985, en Ecuador, invitado por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos. Pude exponer mi experiencia en la ciudad de Salcedo, al sur de Quito. En 1987, me invitaron a Argentina, a la ciudad de Marcos Juárez, en la provincia de Córdoba. Ese país tenía problemas graves de erosión eólica, ya que los fuertes vientos provenientes del sur causaban mucho daño en la pampa. Fui invitado por la Cooperativa Agrícola de Marcos Juárez y la recepción por parte de los asistentes fue fantástica. A partir de esa charla, he viajado en más de cuarenta ocasiones a Argentina invitado por asociaciones de productores agrícolas y mi experiencia ha sido útil para un profundo cambio basado en el respeto al suelo.
¿Por qué ha tenido tanta aceptación en Argentina?
Argentina y Brasil son países muy organizados en materia agrícola. A menudo, se reúnen en los campos a través de encuentros organizados por los grupos CREA (Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola), aprendiendo de los mejores y aplicando diversas técnicas que signifiquen mejoras en su producción. Es más, antes viajaba dos o tres veces al año a Argentina. Ahora lo hago mucho menos y cuando viajo, voy a aprender. Han progresado mucho en el tema de cero labranza. Partieron con tres mil hectáreas con cero labranza y ahora tienen veinticinco millones de hectáreas con este método.
¿Qué ocurre en Chile con este tema?
En nuestro país, las siembras cero labranza sin quema de rastrojo deben ser no más de cien mil hectáreas, al sur de la Región del Biobío y en la Araucanía. Resulta que algo sucede con la mentalidad del agricultor, es mezquina y no está relacionada con lo que se vive realmente con los suelos. A los estadounidenses les gusta hablar de la salud del suelo, pero yo prefiero hablar de la nutrición del suelo. Si estás bien alimentado, vas a tener buena salud. Así, como el suelo está vivo, necesita alimentarse diariamente y eso es lo que nadie entiende acá.
¿Cómo ha sido la experiencia de plasmar su testimonio en los tres libros que lleva escritos?
Es tan fuerte el deseo por comunicar este tema de la cero labranza, que decidí hacerlo a través de una de las formas más efectivas, como es un libro. Eso sí, tuve que mejorar mi forma de leer y escribir. Mi primer libro, Rastrojos sobre el suelo, fue muy exitoso y narra cómo me aventuré en esto de la cero labranza. Se vendieron cuatro mil ejemplares y está traducido a idiomas como inglés, portugués e, incluso, ruso. Del segundo, Cero labranza, que incluye los resultados y es más técnico, se imprimieron dos mil ejemplares. El tercero, Mi suelo. Una lección de amor, es más personal. No hay nada más lindo que la epístola, porque queda un registro.
¿El sistema de cero labranza es conocido en las universidades?
Habitualmente, recibíamos acá grupos de studiantes universitarios para que conocieran la experiencia, pero ahora ya no vienen. Esto quiere decir que este método apenas se menciona en las universidades y que se continúa con la enseñanza antigua y obsoleta. Es inimaginable que temas como la quema de rastrojo aún se enseñe en las facultades de agronomía de nuestro país. Son muy pocas las universidades chilenas que me toman en cuenta y una de ellas es la Universidad de Talca. Con esto quiero decir que si esto de la cero labranza se planteara en el ámbito académico, las cosas serían muy distintas. El problema, en el fondo, es que actualmente en Chile y en el mundo hay muy buenos agrónomos y especialistas en producción vegetal, pero nadie se ha preocupado del suelo y aún no hay conciencia de su importancia.