Una fue como enfermera jefe de un consultorio con una gran población por atender y problemas con el personal. Se veía un panorama muy negativo. Yo tenía solo cuatro años como enfermera, por lo tanto, era un gran desafío profesional. El trabajo en equipo, conseguir beneficios para el personal y sus familias, la labor en terreno y lograr recursos humanos y materiales para mejorar las condiciones del consultorio, fueron algunos de los logros. Este llegó a ser uno de los mejores consultorios de esa época en Osorno. Solo como anécdota, yo debía visitar los policlínicos a caballo, y lo hice, incluso, embarazada.
Integré la tripulación del primer avión ambulancia de Chile, fue un gran desafío, pues no había experiencia en Chile sobre qué pasaba en altura con pacientes con diferentes patologías. Investigué y compartí mis conocimientos con varios servicios y enfermeras del país. Aterricé en lugares sin pistas, como una pampa en Coelemu llena de vacas, donde un helicóptero tuvo que espantarlas para que pudiéramos bajar. Nos entregaron un paciente que hizo un paro cardiaco, sin embargo, logramos llegar con él vivo a Concepción.
¿Cuál es tu característica principal en los trabajos que has tenido y que has mantenido ahora como miembro del directorio de Llacolén?
Creo que tengo dones que Dios me dio, condiciones de líder, mucho sentido de responsabilidad, muy creativa y con gran capacidad de organización. Si esos dones no se ocupan, se atrofian. Cuando asumo algo es para mí un desafío. No sirvo para ocupar cargos si no soy un aporte. Si debo hacer algo o solucionar algo es para hoy. Mientras más postergas las cosas, más se complican. Mi lema es: No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy.
¿Qué les dirías a los recién jubilados cuando se dan cuenta, de un día para otro, que el tiempo de trabajar se acabó?
Pensé que por lo inquieta que soy, iba a ser muy difícil dejar de trabajar, pero un día decidí renunciar a mi cargo de jefatura, pues muchos años como jefa agotan. Renuncié hace trece años. Fue una muy buena decisión, me faltan horas del día para hacer cosas. Organizo viajes, eventos, tertulias, hago deporte, comparto mucho con las personas; cuando alguien necesita de mi apoyo, soy feliz si puedo ayudar; mis nietos ocupan mi tiempo; pinto, hago cerámica. Pasan las horas y los días volando. He viajado y conocido mucho. O sea, la vida no se acaba con el trabajo, al contrario.
SUPERACIÓN PERSONAL
¿Cómo te sobrepusiste a la muerte de tu tercer hijo, siendo un bebé, y dieciocho años después, a la muerte de tu primogénito?
Mi tercer hijo murió al año de vida, lo vi sufrir tanto durante todo ese año, de hospital en hospital, y al final dos meses conectado a ventilación mecánica, le pedía a Dios “Señor, que sea lo mejor para él”. Me preparé de a poco, pues sabía que partiría y ya no sufriría más. Claudio, partió a los diecinueve años, era estudiante de segundo año de ingeniería, con un futuro por delante; un joven valioso, un maravilloso hijo, que se fue bruscamente en un accidente. Es algo que duele toda la vida, pero también Dios te da fuerzas y más si te queda un hijo por quien luchar, pues debes salir adelante. Él fue mi fuerza para seguir acá.
¿En qué te ayudó aprender cerámica y pintura?
Todo ayuda, la pintura fue una de mis terapias. Si miro mis cuadros veo mis avances. De ser cuadros oscuros, sin vida, ahora tienen mucho color. En cerámica, me gusta crear, hacer figuras de greda, es una muy buena terapia. También, he trabajado en vidrio y vitrales. Todas son técnicas muy lindas.
¿Qué te gustaría transmitir a tus nietos, que les sirva para la vida?
Los valores esenciales del ser humano, la responsabilidad en todo lo que emprendan, el respeto por las personas, la vida en familia con mucho amor; que luchen por lograr lo que quieren y que sean el orgullo de sus padres.
¿Te volviste a casar?
Quedé sola muy joven, a los treinta y dos años, y siempre fue prioritario criar a mis hijos. Ellos no tienen la culpa del problema de sus padres, entonces me dediqué a ellos y a mi trabajo. Lo pasaba muy bien, tenía muchas y buenas amistades. Siempre fui muy independiente y voluntariosa, no quería que nadie me limitara. Pero pasa el tiempo y ya no se sale tanto, te quedas en casa y ahí empiezas a sentir la soledad. Ahora, pensé, puedo tener un compromiso con alguien, y llegó a mi vida un hombre noble, entretenido y con mucha paciencia. Es mi gran compañero desde hace nueve años. Con él llegaron sus cuatro hijos y nietos. Ellos fueron mis puntales cuando mi hijo vivió en Canadá, para estudiar y trabajar. Siento que mi familia creció y estoy feliz.