Aunque los relojes giren en una sola dirección, evidencia de que el tiempo no se devuelve, a veces es posible echar algunos vistazos al pasado. La pregunta que cae de madura es qué hacemos con él: si lo atesoramos como herencia, dándole uso y valor en el presente, o si solamente lo preservamos para mirarlo de vez en cuando.
Tanto en vida como después de su muerte, la figura de Francisco de Asís (1181 – 1226) lleva siglos inspirando a millares de personas. Hoy, más conocido como patrono de los animales, fue un fervoroso hombre de Dios,
al punto de ser considerado revolucionario. En su momento reaccionó contra la opulencia que veía en algunos clérigos, porque para el “hermanito pobre”, nada de ello ayudaba a orientar las almas hacia su Creador.
Pronto se aglomeraron en torno a su figura varios seguidores que integraron la orden franciscana, y discípulas, las clarisas. Su gran tarea es la prédica y hacen un estricto voto de pobreza, por lo que practican la caridad y son mendicantes, es decir, viven de la limosna. Pese a que el español se aventura en América soñando con oro y renombre, la autoridad de la época concibe como uno de sus deberes la salud espiritual de conquistadores y naturales. De ahí que las órdenes y congregaciones cristianas desembarquen en el Nuevo Mundo, fundamentalmente dominicos, mercedarios y franciscanos. Al llamado de Pedro de Valdivia acuden desde Perú cinco hermanos que, en 1552 o 1553, se instalan al sur del cerro Santa Lucía. Desde allí prosiguieron su camino misionero hacia el sur.
A estos últimos les fue donada una gran extensión de tierra fuera de Santiago y que se extendía entre el Mapocho y la cañadilla, o Alameda, cuyo nombre lo adquiere en el siglo XIX. Allí fundaron su convento, iglesia y hospital, el San Juan de Dios, que no conserva su ubicación ni nombre original, en honor a la Virgen del Socorro.
En su primer emplazamiento hoy podemos contemplar la Iglesia de San Francisco (Alameda 835, Metro Universidad de Chile). Es la construcción roja con su característico torreón que corona un reloj de cuatro caras y, más arriba, la cruz. Ese templo guarda valiosísimas reliquias religiosas y coloniales. De hecho, se construyó para dar cobijo al ícono de la Madre de Dios que trajo el propio Valdivia, protegido bajo la grupa de su caballo y a la que atribuía el éxito en su expedición.
Parte del convento fue transformado en el Museo de Arte Colonial, aunque el edificio mantiene su patio central y las celdas donde residían los hermanos. En sus cinco salas se exhiben piezas plásticas, textiles, de platería e iconografía. En ellas se demuestra el cariño, reverencia, esmero y temor con que se representaba a la divinidad: niños Dios con brillante pelo humano, ropa confeccionada con nobles telas e hilos de oro, la sagrada familia con su corona metálica; mejillas sonrosadas, ojos sufrientes, vírgenes llorosas, cristos agonizantes.
Uno de sus tesoros son las obras en gran formato, oriundas de la escuela cusqueña, que muestran escenas del santo italiano. También hay un espacio dedicado a Gabriela Mistral, que se unió a la congregación de San Francisco y donó a la orden algunos objetos personales, como su Biblia, la medalla y diploma originales del premio Nobel que recibió en 1945.
Visitar la iglesia contigua puede ser toda una experiencia sensorial y cultural. Porque se puede gozar de un espacio de recogimiento en plena Alameda, admirar la carne del rito religioso, como se hacía antes: con órgano de tubos, sancta sanctorum, púlpito en altura, íconos de divinidades y santos a escala real, velas encendidas, y las infaltables placas, cartas y flores de devotos agradecidos por un prodigio realizado.
Hacer de estos tesoros parte de la identidad o detenerlos detrás de una ventanilla, es la interrogante no solo sobre la permanencia de Francisco, sino sobre tantos otros actores de nuestra historia.