Esta travesía no es apta para todos, estamos hablando de escalar seis mil metros de altura, alta montaña, un desafío mayor. De hecho, les confieso que a diferencia de nuestro fotógrafo yo no realicé el ascenso, pero me metí en la cabeza y el corazón de uno de los aventureros que emprendió por primera vez en su vida este reto. Vamos a compartir, en la siguiente nota, más que una bitácora de viaje, vamos a ser parte de una experiencia de vida.
Por Juan Pablo Díaz U./Fotografías Philip Southern A.
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<strong>Cerro Las Tórtolas</strong>
La idea original fue de Philip, llegar a la cumbre más alta de la Región de Coquimbo y documentar todo el recorrido. No se puede discutir algo así, el atractivo es enorme y sólo queda buscar la mejor forma para llevarlo adelante.
Nuestro fotógrafo es un amante del deporte aventura, tiene experiencia en largos <em>trekking</em> y también en media montaña. Hasta ahí íbamos bien. El problema era yo, porque si bien me gusta mucho el deporte, mis labores reporteriles me están dejando poco tiempo para mantenerme en condiciones ideales, al menos las necesarias para intentar una alta montaña. La solución, viajaría a través del lente de Philip y las sensaciones de algún expedicionario.
Eduardo Olivier, a quien entrevistamos en un número anterior, sería el guía y el encargado de conformar el grupo de ascenso. En total, siete personas intentarían esta vez la cumbre del Tórtola, la cima de la Región de Coquimbo, compartiendo sólo con el Nevado de Olivares la preciada altitud de seis mil metros. Está a ciento cuarenta kilómetros de La Serena, en plena frontera con Argentina, y destaca sobremanera entre sus vecinos, ya que no hay alturas cercanas que se le comparen. Es cabecera del Río Vacas Heladas, uno de los afluentes del Río Elqui, y se caracteriza por poseer portezuelos a gran altitud, como por ejemplo el Paso Vacas Heladas, a cuatro mil setecientos diez metros sobre el nivel del mar.
Al igual que otros seis mil, el Cerro Las Tórtolas formó parte de los santuarios de altura de la cultura inca, y de hecho constituye uno de los mejores estudiados hasta ahora. En 1952 se encontró en su cumbre una construcción idéntica a la hallada en el Cerro Plomo: una enorme pirca de ocho metros por cuatro, con muros de contención de un metro de altura. Además, en las numerosas ascensiones arqueológicas que se han realizado se encontró, entre otros objetos, un atado de leña, trozos de cerámica, restos de fogones y tres estatuillas antropomorfas de plata y conchas marinas.
Como ven, razones hay de sobra para luchar por este desafío. Forma parte del equipo Guillermo Vargas, al igual que Philip, otro amante de las aventuras y la montaña. De hecho nos confiesa que "lo más alto que había llegado eran cuatro mil doscientos metros, pero me invitaron y como con los deportes prendo rápido, no lo dudé ni un segundo". Él será el encargado de entregarme sensaciones, de contarme sobre dificultades, tiempos y detalles de la travesía.
Guillermo, Philip, Peter McEvoy, Javier Araos, Andrea y Karina Kunder se juntaron un domingo en la mañana en La Serena para viajar hacia Vicuña. En la comuna elquina los esperaba Eduardo Olivier, el encargado de liderar al grupo.
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<strong>ARRANCA LA AVENTURA</strong>
Cerca del medio día, y en dos vehículos 4x4, el grupo sale por la Ruta 41 con dirección a Juntas del Toro, en un viaje que demora cerca de una hora y media. En este lugar está la tenencia de Carabineros y el control fronterizo donde se debe registrar la expedición y dejar las cédulas de identidad.
Realizado el trámite, se puede seguir viajando con dirección a la antigua Mina El Indio, y al llegar a una localidad llamada La Troya se toma el desvío para internarse por el Valle del Río Vacas Heladas, hasta arribar al sector de Las Hediondas, un refugio donde hay aguas termales, a tres mil setecientos metros sobre el nivel del mar. Esa es la primera estación de esta travesía. "Ahí armamos el campamento, comimos, luego nos pusimos a conversar y en ese momento empiezas a dimensionar el cerro. Es algo imponente, impresionante, y te entregas a vivir la aventura. El paisaje es sobrecogedor, con un contraste de colores muy potente, aparecen unos rojizos, otros verdes muy fuertes y todo se contrasta con el imponente azul del cielo".
Tras pasar la noche en ese lugar, el despertar es más bien relajado. No hay instrucciones de levantarse muy temprano, así es que cada uno aprovecha de dormir lo necesario como para cargar energías. A eso de las nueve de la mañana ya estaban tomando desayuno, para luego subirse nuevamente a los jeep, cargar los equipos y seguir ascendiendo por la cordillera.
Tras un par de horas por un sinuoso camino, el equipo llega a una especie de loma donde los vehículos quedarán esperando hasta el término de la expedición. Aquí comienza la etapa de <em>trekking</em>, y lo primero es ascender unos cuatrocientos o quinientos metros hasta donde se armará el nuevo campamento. "En ese punto tú ya ves esa pirámide imponente que es el Tórtola, es alucinante, sientes que te llama y que eres parte del lugar. Ya con las carpas levantadas, salimos a hacer una caminata por el entorno, que nos sirvió para aclimatarnos, porque ahí empiezas a sentir el viento helado que se te mete por el cuerpo pese a llevar chaquetas especiales, y como ya superamos los cuatro mil metros de altura cuesta un poco más respirar. Pese a esa incomodidad, es bonito porque comienzas a unirte más, a comprender que para llegar arriba debes trabajar en equipo, lo cierto es que somos una cadena y cada eslabón debe ser muy fuerte para que no se rompa. Cuando volvimos de esa caminata comenzaba el atardecer. Se esconde el sol y el frío es inmediato, se te mete en el cuerpo, literalmente cala los huesos. En mi caso me ponía un par de gorros, me tapaba el cuello y trataba de abrigar las manos con guantes, además de moverlas permanentemente. Pasamos la noche en el campamento, y muchos quedamos asombrados con la belleza del cielo, el brillo de esa infinidad de estrellas era alucinante".
<strong>CUESTA ARRIBA</strong>
El equipo tiene que levantarse un poco más temprano. Ese día martes el comienzo de la caminata está programado para las nueve de la mañana y ya todos saben que la exigencia será mayor.
El paisaje comienza a cambiar, hay menos rastros de vegetación y el cerro ofrece el tradicional "acarreo", consistente en piedras o rocas molidas, así se desplaza mucho material al caminar y eso, por supuesto, retrasa la marcha.
Guillermo, pese a su experiencia en cerros, asume que "el trayecto fue duro, bien complicado, nos demoramos unas ocho o nueve horas en llegar a nuestro siguiente destino. Lo que pasa es que aquí apareció el acarreo, que nos comió las piernas, todos sentimos el desgaste, de verdad se puso a prueba nuestra fortaleza individual y como equipo. Hay que ser bien duro de cabeza, sientes que vas avanzando pero que no terminas nunca, no hay letreros que te digan a cuántos metros de distancia estás del objetivo (risas). Yo lo noté muy complicado, siempre fui exigido, me costó llegar y cuando finalmente lo hicimos sentí un relajo increíble".
El punto de término del día martes fue el refugio Gabriela Mistral, construido por Guillermo Hanshing. Se trata de una estructura metálica que permite descansar a cinco mil seiscientos metros sobre el nivel del mar sin necesidad de armar las carpas, ahí todos pueden dormir bajo techo y existen algunos colchones aportados por un empresario que también vivió la experiencia del Tórtola.
Este es, con seguridad, uno de los puntos más llamativos de la expedición, por el mismo refugio instalado en ese inhóspito lugar, y por la cercanía de una hermosa laguna congelada. Según los propios excursionistas, es imposible no quedar encantado con esa imagen, casi ya en la cima de la región.
Tras una agotadora jornada, la del martes sería una noche para tratar de descansar y preparar el asalto final a la cumbre. Claro que cerrar los ojos no sería tan sencillo, producto del frío y principalmente por los efectos de la altitud. "Yo sentí dolor de cabeza y me costó dormir esa noche. Ahí ya no hay vuelta atrás, ya estás lanzado, ya diste el salto a la etapa final de la aventura".
<strong>A CONQUISTAR EL CIELO</strong>
Eduardo dio la orden de levantarse temprano el día miércoles. Sería la jornada final, las piernas debían tener fuerzas y sobre todo la cabeza debía estar enfocada en la meta final, nada menos que el techo de la Región de Coquimbo.
Con los primeros rastros de nieve comienza el ascenso, si el día anterior había empezado a aparecer el "acarreo", pues bien, ahora todo sería roca molida.
La cadena humana vuelve a tomar forma y todos siguen los pasos de Eduardo. Guillermo nos cuenta que "uno sube en zigzag a la cima porque demanda menos energía y el guía nos recuerda que el tranco debe ser lento. Ese tramo final me costó menos que la etapa anterior. Me mantuve bien y con ritmo parejo. Salimos todos muy abrigados, pero tras caminar cuarenta y cinco minutos a una hora comienzas a desprenderte de ropa porque empiezas a sentir calor. Estas caminatas largas son como la vida, cuando estás cansado es momento de parar, mirar para atrás y ver en qué has podido fallar. Descansas y tomas fuerzas para seguir avanzando, para seguir buscando tu destino".
Luego de siete horas de ascenso, la cumbre está a la vista. Guillermo nunca más olvidará ese momento, "logré la cumbre a las cuatro de la tarde y tres minutos de ese día miércoles. Lo primero que se puede decir es que se ve muy bonito, impactante a decir verdad. Cuando llegas arriba superas un obstáculo, todo lo que nos parece imposible se vuelve posible. Te emocionas, porque sientes que lo lograste, aunque la sensación no dura mucho, unos diez a quince minutos. Ves llegar a los demás y eso también es muy bonito, porque está la satisfacción grupal, en algún momento todos nos dimos apoyo, y ver que cada uno logra el objetivo es emotivo".
Como dice Guillermo, sólo un cuarto de hora como promedio se está en la cima del Tórtola, en lo más alto de la Región de Coquimbo, a seis mil ciento setenta metros sobre el nivel del mar.
Luego comienza el descenso, el viaje de retorno y el momento de más reflexiones. "Uno va tras sus orígenes, en la genética del ser humano están los sitios salvajes, no la urbanización. El silencio, el viento son cosas propias a nosotros. Yo me siento muy pleno arriba, en esa inmensa soledad, ahí estoy completo, para nada solo. De hecho cuando uno vuelve a la ciudad es un poco deprimente".
Pero la sensación es irrenunciable, Guillermo termina su travesía con el equipo, atrás quedó el cerro Las Tórtolas, a la espera de nuevos desafíos deberá convivir con el mundanal ruido de la ciudad. Con esa realidad a cuestas, nos deja una reflexión que subrayó en un libro.
"Atrapado en estas necesidades me distraigo y no veo la verdad. Nada de esto es realmente necesario".
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