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EDICIÓN | Abril 2014
Una pintura de otoño
El otoño, tiempo de cosecha y de poesía. Empieza una nueva temporada para los que gozan de la caza y de la pintura al aire libre. Los álamos comienzan a dorar su follaje, doradas puntas de flecha que contrastan con los azules de la lejana cordillera, en una armonía tonal perfecta. Entre los rastrojos del maíz y del trigo, junto a las perspectivas de los caminos interiores de los campos, alambradas y acequias que, en su conjunto, sirven para armar una composición. También los parronales se llenan de colorido, los verdes se han asentado, aparecen tintes rojizos y amarillentos en las hojas. La dorada y brillante luz del atardecer, en contraste con los plateados de la cordillera, crea una atmósfera de magnificencia única y característica de la zona central de nuestro bello país.
 
El otoño me trae gratos recuerdos del niño que fui, correteando entre las hojas caídas y seleccionando las más bonitas, en tamaños y colores. Algunas para colocarlas como separata en las hojas de un libro que leía mi padre; otras, para pegarlas en cartulinas para un trabajo del colegio o bien para competir con mis primos y primas, con quienes juntábamos las hojas más bellas del otoño.
 
Recuerdo también los morrales de mis tíos llenos de tórtolas, que manos dedicadas desplumaban en la mesa del repostero, para comerlas escabechadas en la noche… Tal vez, esos recuerdos de los otoños de antes, el paisaje de rastrojos de trigo, con la dorada luz de los atardeceres entre los álamos que proyectaban sus largas sombras oscuras sobre el rosado camino de tierra, fueron los que hicieron de mí un pintor.

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