Durante la infancia y la adolescencia, la obesidad constituye el mayor problema sanitario. Su incidencia ha aumentado significativamente en las últimas décadas, alcanzando en Chile (Encuesta Nacional de Salud), una prevalencia de 23.2% en adolescentes entre quince a veinticuatro años y, según datos de la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico), Chile es el sexto país con más obesidad infantil.
Comer cuando no se tiene hambre se ha convertido en un hábito común, está asociado al bajo costo, fácil acceso y sabor de los alimentos procesados, ricos en energía, a los anuncios de alimentos omnipresentes y a la tendencia de comer solo por placer.
La regulación del comer se desarrolla rápidamente en la infancia y puede sentar las bases para el equilibrio calórico de toda la vida y una tendencia a preferir ciertos alimentos.
La adolescencia es un período dinámico del ciclo vital, con grandes cambios físicos, psicológicos y sociales, los que conducen a autonomía e independencia en la conducta alimentaria de los adolescentes. Existen riesgos aumentados de problemas asociados a la nutrición, tales como: el exceso de consumo de energía, el consumo elevado de grasa, de colesterol e hidratos de carbono, la desorganización de horarios de alimentación y las comidas fuera del hogar, la deficiencia de nutrientes (calcio), los trastornos de la conducta alimentaria y las adicciones alimentarias (alcohol, cafeína).
En los pacientes obesos, la ingesta alimentaria tiene una función reguladora de los estados emocionales, pudiendo utilizarse la comida como simulación de consuelo, protección y sostén necesario para proporcionar el equilibrio psíquico requerido. Un ejemplo de esta situación son los resultados de un reciente estudio del INTA (Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos) a adolescentes de dieciséis años. Solo veinte minutos después de haber tomado un desayuno, mayoritariamente calificado por ellos mismos como satisfactorio, se les ofreció una colación del tipo que se vende habitualmente en los kioscos de sus colegios (papas fritas, ramitas, helados, gaseosas, chocolates, entre otros). El 62% de ellos, manifestó la conducta de “comer sin hambre”.
Estos resultados confirman que el “comer gratificante” es una conducta muy generalizada, ya que obedece a una programación genética que, en algún momento, dio claras ventajas para la sobrevivencia.
Compatibilizar los requerimientos de nutrientes con los aspectos psicológicos y sociales asociados requiere de una alimentación variada y atractiva. A lo anterior hay que agregar actividades recreativas con pares que supongan un ambiente de apoyo y no-competencia, a cargo de profesionales competentes y entendidos en las características de la etapa de adolescencia.
Deben establecerse horarios de alimentación, pero no rígidos, adaptándolos a las actividades escolares y familiares, evitando el consumo de alimentos fuera de horario.
El desayuno es importante para el adolescente, pues le ofrece energía y nutrientes necesarios para sus actividades matutinas, en particular, para su rendimiento escolar. Las colaciones deben ser en base a alimentos saludables, por ejemplo, fruta y snack de frutas deshidratadas, vegetales o lácteos descremados.
También es recomendable mantener limitado el tamaño de las porciones, reducir la ingesta de energía en las comidas nocturnas y evitar comer frente al televisor, computador o videojuegos.
Por último, vale la pena recordar que comer en familia es un elemento protector para lograr hábitos saludables de alimentación y disminuir otras conductas de riesgo.