Toma un trozo de cristal de cuarzo, lo corta con sierra de diamante industrial que va dando vueltas a alta velocidad y con una meticulosidad y cuidado, que solo ella sabe, lo va girando para darle forma.
Varias veces al día —en su taller y rodeada de herramientas y minerales— Alejandra Rojas repite esta acción y con diferentes piedras. Lapislázuli, malaquita, ágatas, crisocola, lapidita, crisoprasa, cuarzo, cristal y otros se van transformando en cabuchones, es decir, la piedra en bruto, que ha sido cortada, engastada y pulida por las manos de esta lapidadora.
En sus diversas formas: circular, cuadrado, ovalado o biselado, el mineral queda listo para ser entregado a un joyero, orfebre, geólogo o a quien se lo solicite. El proceso previo de una piedra que será trabajada para la aplicación en un collar, en aros o en cualquier objeto es, precisamente, a lo que se dedica Alejandra hace más de seis años, pero que aprendió hace mucho más.
Creció observando a su padre, Manuel Rojas, un reconocido lapidador de minerales, que nació en Domeyko, vivió en Santiago donde trabajó con un empresario exportador de lapislázuli y que finalmente optó por independizarse trasladándose a La Serena, para estar más cerca de la materia prima. “Mi padre aprendió con la práctica y gracias a la oportunidad que le brindó este empresario, que tenía diversas máquinas. Él fue el primer lapidador en Chile, que se inició en este arte fabricando esferas de mineral. En una ocasión le ofrecieron irse a Alemania para trabajar en esto e, incluso, formó a muchos lapidadores”, comenta con orgullo, Alejandra.
De cuatro hermanas, fue la única que se interesó por aprender el oficio. Era pequeña, cuando se sentaba al lado de su padre en el taller y no dejaba de observarlo. “Me crié mirando a mi padre cómo trabajaba el mineral. Hacía de todo, pirámides, obeliscos, moais, puentes, ceniceros, fuentes… tomaba el mineral, lo ponía en la sierra y ¡hacía maravillas!
¿Y a qué edad tu padre te dejó usar las máquinas?
Cuando tenía catorce años, mi padre entraba a la casa y yo a escondidas hacía funcionar las máquinas y pulía las piedras. Cuando me pillaba, obviamente me retaba, porque es muy peligroso. A medida que fui creciendo, me pedía que lo ayudara con ciertos trabajos, pero nunca me dejó cortar una esfera.
¿Y en qué momento decides dedicarte a esto?
En octubre del 2007, cuando mi padre falleció. Trabajé preparando la mercadería para el verano y meses después, le dije a mi mamá que haría cortes de esferas. ¡Casi se murió! porque sabía el riesgo de trabajar con estas máquinas. Los primeras esferas que hice las entregué a Copiapó y, luego, profesores universitarios comenzaron a pedirme los trabajos que le pedían a mi padre.
¿Trabajas con los clientes de tu padre?
Así es, porque fui la continuadora de su oficio. Yo entrego los cabuchones a varios artesanos de San Pedro de Atacama, de Santiago.
ORGULLO DE UNA HERENCIA
Perfeccionista y arriesgada, Alejandra va acumulando, en su taller, los cabuchones y el mineral que no ha sido posible trabajar por las profundas grietas. “El material es impredecible, como toda la naturaleza. Puedo estar toda una mañana puliendo o cortando y, a veces, no consigo el resultado final”, enfatiza.
Heredera de un oficio inusual entre las mujeres, en el 2012 fue invitada a exponer el arte de la lapidación como una labor diferente, en la Feria internacional del Libro en Santiago.
¿Conoces a otra mujer que se dedique a esto?
No. Incluso cuando voy al taller donde trabajaba mi papá, hay solo hombres y, en general, las mismas personas que solicitan la lapidación, me comentan que no han conocido a otra mujer que haga esto. Es que ¡imagínate lo que significa hacer una esfera que tiene dureza siete o cinco!
¿A qué te refieres con eso?
En la escala de Mohs, los minerales se evalúan del uno al diez, respecto a su dureza. El más duro es el diamante y el más blando es el yeso. Yo trabajo con todas las durezas de los minerales. Por ejemplo, este cuarzo tiene dureza siete y medio; las ágatas, dureza ocho.
¿Y esto a los hombres los sorprende?
Sí y bastante. Los geólogos extranjeros, cuando van a mi taller, se impresionan al verme cortar cuando va girando el disco.
¿Te sientes orgullosa de eso?
Por supuesto, porque los clientes confían en mí. Para el nuevo observatorio que construirá AURA me pidieron muestras de corte y pulido de minerales que se entregarán como obsequios a las visitas. Es un reloj con una placa que van sobre una piedra.
¿Entregas tus trabajos al extranjero?
Tengo una clienta en Australia, a quien envío regularmente mercadería y a otros clientes de Estados Unidos, les mando piedras para joyería. Además, soy la única que hace las esferas con base, y esto es muy cotizado por los extranjeros. Se venden, especialmente, en los aeropuertos y tiendas exclusivas de artesanía.
¿Con qué te conectas cuando estás en tu taller?
Con mi padre. Siento que siempre está conmigo y es él quien me guía. Gracias a él tengo esto. Me dejó un oficio que es la mejor herencia que pudo haberme dado.
¿Y tienes hijos que quieran continuar con este oficio?
Tengo una hija, pero a ella no le interesa aprender. Me da nostalgia y pena, porque cuando yo no esté, esto quedará hasta aquí. Los lapidadores en Chile son muy pocos y la mayoría viene de afuera.
¿Enseñarlo es una tarea pendiente?
Sí, no quiero que este oficio se pierda, pero me gustaría que otra mujer lo aprendiera…