Empecé a sentir que me faltaba una aventura viajera. Esta sensación de salir a recorrer locamente el mundo se gestaba a la par con mi nueva compañera de viaje, Augusta. Entonces me pareció que la mejor manera de darnos la bienvenida, a ella como hija y a mí como mamá, era teniendo mi último viaje sola, pero a la vez nuestro primer viaje juntas. Por temas prácticos y seguros, no partimos a un país lejano, pues decidí recorrer el sur chileno y regresar cuando el cansancio o ella me lo pidiera.
Estoy sentada mirando como el agua cae torrencial sobre el lago Llanquihue, protegida dentro de una antigua casa alemana y calentada por la estufa a leña. Este, creo, es el último día de mi viaje antes de regresar a Valparaíso. Confieso que ya lo extraño. Cuando era más chica, hace no tantos años, veía cómo cada verano mis amigos agarraban sus bolsos, carpas, pocos pesos y durante semanas recorrían el país haciendo dedo, durmiendo en pensiones, patios de casas o donde los pillara la noche. Hoy veo a mis primas repetir esos viajes junto a los suyos y compañeros de viaje que suman en el camino. Yo nunca logré despertar a tal punto mi espíritu aventurero, el viajero sí; recorrí harto, pero siempre planifiqué hasta el último detalle, nunca improvisé. Y de pronto empecé a sentir que me faltaba una aventura viajera. Esta sensación de salir a recorrer locamente el mundo se gestaba a la par con mi nueva compañera de viaje, Augusta. Entonces me pareció que la mejor manera de darnos la bienvenida, a ella como hija y a mí como mamá, era teniendo mi último viaje sola, pero a la vez nuestro primer viaje juntas. Por temas prácticos y seguros, no partimos a un país lejano, pues decidí recorrer el sur chileno y regresar cuando el cansancio o ella me lo pidiera.
Inicialmente, pensé que sería un viaje fácil y expedito, eso me decía el mapa, pero a poco andar me di cuenta de que las distancias son más largas que en el papel y que no sería posible recorrer cada ciudad o parque natural. Cuando estaba a punto de desmotivarme, las cosas empezaron a sucederme de manera muy sencilla. Las personas, en general, no están acostumbradas a ver mujeres que viajen solas y mucho menos mujeres embarazadas. Más de alguno me ha mirado con cara de reprobación absoluta, pero la mayoría me trata con enorme delicadeza, ¿será la magia del sur? No lo tengo muy claro, pero en estas semanas de recorrido descubrí lugares maravillosos como la isla de Chiloé, recuerdo haberla visitado hace muchos años con mi familia, aunque sus habitantes y paisajes los tenía bien borrados.
No me extrañó que sus iglesias formen parte del patrimonio de la humanidad, una maravilla arquitectónica. Pero como suele ocurrir en este país, comprobé, con algo de tristeza, que si bien los caminos son cada vez más expeditos, la pobreza, el abandono y la soledad de muchas localidades chilotas sobresalen por sobre sus encantos. Afortunadamente existen —al igual que me ha tocado ver en Valparaíso—, pequeños visionarios y emprendedores que tratan de hacer surgir este lugar tan lejano. Seguí por mi periplo sureño, en todos lados me acogieron, la lluvia nunca fue un impedimento y cuando pudo haberlo sido, un amable camionero se ofreció a darme un aventón. Después de eso comencé a sentir que era una verdadera mochilera.
Comienzo el fin de este viaje en una enorme casa construida de tejas, en 1916, en el lago Llanquihue, hasta hace poco habitada por familias alemanas, hoy se ha convertido en un sencillo pero prometedor emprendimiento familiar, Casa Werner. Y me quedo con la sensación, a pesar del cansancio, que tengo una futura prometedora compañera de aventuras viajeras, así que Augusta, ¡apúrate que te estoy esperando!