Hoy en día, con internet, las comunicaciones, la televisión y los medios escritos han despertado en la juventud y en algunos mayores, el deseo de comprar un telescopio para ver todo aquello que se les presenta, cada noche, en los cielos de Chile. Mis primeros catorce años los viví en la ciudad de Rengo, al sur de Rancagua, y recuerdo haber visto en un diccionario el dibujo de un telescopio y los lentes que ocupaban en su interior. Eran simplemente dos lentes de aumento, con la diferencia que uno era un poco más grande, en diámetro, que el otro.
Al grande lo llamaban “objetivo” y al pequeño, el “ocular”. Yo ya tenía uno de ellos, el “objetivo”, y eran los lentes de mi papá. Me faltaba el “ocular”; pero no era problema, porque lo había visto en la librería de la ciudad a un buen precio. Eran las famosas “lupas” para ver, con un poco de aumento, las cosas pequeñas. Cuando mi padre dormía, yo le sacaba sus lentes del velador y, usando mi lupa, lograba ver los cráteres de la Luna. Éxito total. No era fácil mantener la alineación de los lentes, por eso después usé la “tecnología”: amarré los lentes a un palo de escoba. No era muy bonito el telescopio si lo comparaba con los que aparecían en los libros.
Hoy, cuando un niño le pide a sus padres un telescopio, es fácil ir a las ópticas o buscar en internet aquellos lugares donde los venden. Pero la pregunta es ¿cuál comprar? La variedad de precios es grande. Lo importante es que con cualquier telescopio pequeño, puedes ver los cráteres de la Luna, al planeta Júpiter con sus cuatro lunas y, con cierta dificultad, los anillos de Saturno.
En el mercado hay, principalmente, dos tipos de telescopios. Los refractores y los reflectores. Los telescopios refractores son los más populares y conocidos, ya que son un tubo largo y se ve al observador sentado en una silla, mirando “hacia arriba”, por el ocular.
Están compuestos de dos lentes, principalmente. El objetivo y el ocular. Los telescopios reflectores están fabricados con un espejo cóncavo y un ocular. Estos últimos son más baratos y más luminosos, porque el tamaño de su espejo acumula mayor cantidad de luz y son más fáciles de hacer.
Lo importante es recibir la ayuda técnica de los vendedores, al momento de comprar un telescopio. Estos son instrumentos de alta precisión y su óptica es extrema. Los costos aumentan cuando se les agrega un sistema de computación para ubicar, en forma automática, los objetos en el cielo. Si usted conoce algo del cielo, creo que no es necesario ese sistema. Además, el precio del telescopio aumenta cuando el diámetro del lente o del espejo es mayor. Es equivalente si comparamos las “cilindradas” de un automóvil con otro.
Un detalle importante es que el telescopio será usado bastante las primeras noches; pero después de algunos días, quedará en algún rincón de la casa, hasta un nuevo evento astronómico. Recomiendo, como primera medida, ir a la casa de alguien que tenga un telescopio y observar, durante varios minutos, todos aquellos objetos que el cielo le está mostrando. Generalmente son la Luna, algunos planetas, algunas estrellas dobles o bien, algunos cúmulos. Todos los meses van apareciendo y desapareciendo objetos por el horizonte, sin contar los eclipses de Luna, que son muy llamativos para el público. Por lo tanto, la primera experiencia, antes de comprar, es ir a buscar a alguien con un telescopio normal y decidir. Hago o no hago la inversión.
Nunca me ha gustado ver en el diario: “Vendo telescopio con poco uso. Ofertas”.