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Reportaje » Recorriendo

EDICIÓN | Abril 2014

Ruta de sabores

Lo Abarca
Gracias al apoyo de INDAP, varios empresarios del área agrícola han sabido abrirse paso hacia el turismo, dando a conocer sus actividades cotidianas a los visitantes, que junto a ellos aprenden a preparar catutos con auténticos mapuches, a cosechar lechugas costinas, hongos shitake o injertar cactus. Esto, matizado con la visita a un museo, una iglesia y la plaza de mosaicos; los sabores intensos de un restaurante muy concurrido y los vinos más premiados de una viña boutique.

por Maureen Berger H. / fotografías Vernon Villanueva B.

Lo Abarca tiene historia, aroma en sus vinos de exportación, tradición en su museo e iglesia, colorido en sus mosaicos, sabor en sus recetas en base a cerdo, sus lechugas costinas y sus hongos shitake, entre otros atractivos. Ubicada en Cartagena, esta localidad ofrece una ruta que invita a conectarse con lo rural, con el trabajo diario de quienes ejercen labores en este sector de la Región de Valparaíso. INDAP está detrás de esta iniciativa, por tanto, nuestro guía fue Saúl Pérez, encargado de turismo rural.
 
Este Recorriendo parte en la Ruca Mapuche Newen, donde nos recibe la señora Unelda Huenchumil y Juan Trecano, su marido, ambos mapuches oriundos de Temuco, pero radicados hace algunos años en la Región de Valparaíso. Ellos viven de sus animales (ovejas, vacas, caballos y gallinas), de algunos cultivos y reciben a los visitantes, a quienes enseñan en su cocina a preparar catutos con trigo pelado (que debemos moler con el molinillo, luego uslerear y darle forma). Más tarde, los probamos con pebre, pan amasado, mate y mudai (agua del mote fría con miel o azúcar) dentro de una auténtica ruca mapuche. Acá, doña Unelda dedica gran parte del día a preparar la lana de sus ovejas, teñirla con colorantes naturales (cebolla, betarraga, hierbas, etc.) para luego tejer lindos ponchos, mantas, puntas, carteras, gorros, bufandas y otras creaciones que vende a los turistas. Mientras compartimos el mate, nos va contando de su vida en estas tierras del centro del país. “Nunca hemos perdido nuestra esencia, en este lugar retomamos la artesanía y el trabajo que hacíamos desde niños en el sur”, comenta Unelda.
 
Tras este energizante desayuno, nos trasladamos al pueblo Lo Zárate de Cartagena, donde Alfonso Romero —desde hace treinta años— continúa la tradición familiar en el cultivo de las famosas y cotizadas lechugas costinas, con una producción de veinte mil unidades mensuales. Además, ofrece milanesas, escarolas y otras variedades que se dan muy bien en este sector, gracias al riego tecnificado. “Las lechugas costinas tardan cuarenta y cinco días en estar listas para cosecharlas y las más grandes llegan a medir cuarenta centímetros. Son más crujientes y por eso la gente las prefiere y lo mejor, es que son típicas de este lugar”, menciona el agricultor.
 
El toque cultural de este tour lo entrega el Museo Parroquial de Lo Abarca, donde María Oyarce, amablemente, nos detalla las atractivas piezas que conservan desde antaño. “Hay monturas, cocinas y planchas antiguas a carbón, carteras, artículos religiosos como la casulla del Padre Hurtado, zapatos obispales, estolas y campanillas de iglesia”. Muy cerca, la Iglesia Parroquial Santa María Inmaculada Concepción de Lo Abarca, llama la atención porque su origen es en este sector “en el siglo XVIII se trasladó su devoción a Lo Vásquez, en la Ruta 68. Anteriormente el camino de la costa pasaba por acá, lugar donde se realizaba la tradicional procesión. Por eso, en la plazuela existe un altar a esta virgen”, mencionó Saúl Pérez, de INDAP.
 
MOSAICOS Y COSTILLAR
 
Si continuamos caminando hacia el centro, el color nos va acompañando, gracias a los hermosos mosaicos que hizo y donó al pueblo la artista Patricia Marín. Muy cerca, el aroma a costillar, chuletas, lomo y otras delicias del cerdo, sale directo del restaurante El Sauce, otro clásico, que desde 1923 recibe a muchos residentes y visitantes cada día. Sabina Vilches y su madre, Sabina Gamboa, son parte de la familia detrás de este local. “Antes fue un depósito de licores; cerca mi abuelo faenaba chanchos y mi abuela criaba gallinas y otros animales. La misma gente les pedía que les hicieran un platito de comida, y eran tantas las solicitudes de pollo arvejado, cazuela de pava con chuchoca, arrollado, pernil y prietas de cerdo, que optaron por abrir un restaurante que actualmente tiene capacidad para ciento ochenta personas sentadas, en tres comedores”
 
Nos trasladamos a conocer a Amelia Vásquez, quien nos demuestra el amor que siente por las plantas en su enorme cactario, que llamó Marcelo Antonio en honor a un hermano fallecido. Posee tres mil variedades de especies, nacionales y extranjeras, y dentro de las más extrañas figura el Epostoa Lanata de EE.UU., Mammillaria de España o Brasil, Agave de Nicaragua y Euforias Asiática, que en altura superan los dos metros y medio. Lo más entretenido ocurre cuando nos enseña a injertar un cactus, con una técnica que ella misma inventó. “Las ventajas de esto es que se obtiene antes la semilla y el crecimiento es más rápido”, comenta. Para quienes se tientan, venden ejemplares desde ochocientos pesos hasta doce mil pesos en promedio. Amelia se dedica a montar y mantener jardines en donde se lo soliciten, “tomando en cuenta la escasez de agua en todas partes, es una gran idea decorar los patios con cactus, dado que requieren el mínimo riego”.
 
SHITAKE Y VINOS PREMIADOS
 
Nos adentramos por otros caminos en Lo Zárate, para llegar a los terrenos de Óscar Morales, el único que cultiva hongo shitake en palo en la región. A través de su Agrícola Quebrada Honda da vida —hace tres años— a este producto artesanal, orgánico y muy gourmet.
 
“Este hongo tiene propiedades curativas que son populares desde el siglo XIV. Las tradicionales medicinas chinas y japonesas lo han utilizado desde tiempos inmemoriales. Reduce la presión arterial, favorece los procesos digestivos, ayuda en casos de alergias; es antioxidante, previene enfermedades cardiovasculares, disminuye el colesterol y más”.
 
La técnica empleada es al palo (de espino) de diez a cinco pulgadas, que inoculan con semillas. “El hongo se mantiene en condiciones controladas de luz, temperatura y humedad por seis meses. Los troncos los situamos en una pileta donde se sumergen un día, para pasar a una sala donde se colocan inclinados. Al décimo día ya están listos para cosechar”. Eso es precisamente lo que hacemos, con tijera y canasto en mano, vamos retirando todos los hongos de sus palos. En la cocina de Óscar, preparamos los shitakes salteados al wok, cortados en trocitos en combinación con quesillo molido y en polvo, mezclado con palta.
 
El cierre perfecto es en Viña Casa Marín, una empresa familiar, pero que tiene a la cabeza a la ingeniera agrónoma y enóloga, María Luz Marín. Como llegamos casi al caer la noche, nos llevan directo a una de “las casitas”, como ellos llaman al cómodo y elegante sector de hospedaje de huéspedes. Existen dos habitaciones matrimoniales grandes, baños independientes, una pequeña cocina equipada, livingcomedor y juegos de salón. Cabe mencionar que están ubicadas en altura, en medio de los viñedos, aisladas de todo tipo de ruidos.
 
A la mañana siguiente nos dedicamos a recorrer las bodegas, con barricas de acero y de roble. “Estamos ubicados en el pueblo de Lo Abarca, a solo cuatro kilómetros de la costa en el Valle de San Antonio, por lo que es el viñedo más cercano al Océano Pacífico. Entre nuestros vinos destacan dos líneas, Casa Marín y Cartagena, en cepas como sauvignon blanc, sauvignon gris, gewurztraminer, riesling, pinot noir y syrah”, puntualiza María Luz, quien agrega que han ganado importantes premios como Wine Spectator 2010 por el mejor blanco del país; Wine & Spirits dentro de los cien mejores vinos del año, en numerosas oportunidades; Mondial du Pinot Noir Switzerland, entre otros. Así, bebiendo de manera pausada uno de los vinos premiados de esta viña, terminamos este sabroso Recorriendo por las tierras de Lo Abarca.

 

 
El aroma a costillar, chuletas, lomo y otras delicias del cerdo, sale directo del restaurante El Sauce, otro clásico, que desde 1923 recibe a muchos residentes y visitantes cada día.

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