Antofagasta y sus habitantes requieren que las innovaciones sociales tengan durabilidad en el
tiempo, un impacto escalable, y promuevan en sí mismas el fortalecimiento del tejido social a
través de la participación de la comunidad donde se insertan estos cambios.
El cambio social no es una tarea fácil. Tampoco un reto imposible. Por el contrario, pareciera que para un grupo de jóvenes estudiantes de la Universidad Católica del Norte, de la Universidad de Antofagasta otros centros de educación superior de la ciudad no hay límites para ecosistema en el que habitan.
El “No estoy ni ahí” resulta conocido como aquel ideario altamente incorporado por nuestra cultura chilena de aquella generación que vivió a principios de la década de los 90, quizás como respuesta a la falta de conciencia de los derechos y la responsabilidad que un sujeto comunidad.
No obstante, dos décadas más tarde los movimientos sociales, al alero de reformas en la educación, desde el año 2006 han instalado en la agenda nacional -y desde ese malestar juvenil- que el cambio es posible. Justamente, en aquel lugar del que poco se sabía: la calle y esas avenidas nuestras conciencias, siendo la ciudad un territorio donde se despliegan los ideales y donde entran en pugna las ideas. En definitiva, donde emerge, a partir de los antagonismos, la transformación en materia de civismo y sociedad.
Puede que el mundo no cambie a razón de una persona a la vez, más bien se requiere de la articulación de redes, de relaciones entre actores sociales y una visión de lo que es posible. Esta energía de cambio social, a la vez que la motivación por transformar las inequidades e incomodidades de la ciudad en donde viven, caracteriza a este grupo de jóvenes universitarios que desde el año 2013 son parte del proyecto “Escuela de Innovación Social”, dirigido por el Centro de Innovación de la Pontifica Universidad Católica de Chile. Este proyecto, realizado en Santiago y Antofagasta, es pionero en articular académicos de los principales centros de formación superior con profesionales de instituciones como Fundación Minera Escondida y CORFO.
La innovación social es entendida por este grupo de jóvenes y profesionales como la generación de valor para la sociedad a través de la articulación de un proceso novedoso que vendrá a satisfacer una necesidad social de mejor forma que las soluciones ya existentes, produciendo un cambio favorable en el sistema en el cual el actor social es parte.
Antofagasta y sus habitantes requieren que las innovaciones sociales tengan durabilidad en el tiempo, un impacto escalable, y promuevan en sí mismas el fortalecimiento del tejido social, a través de la participación de la comunidad donde se insertan estos cambios. Y es en ese contexto que los jóvenes pioneros del laboratorio 2013 se encuentran articulando redes y estableciendo alianzas de cooperación para rescatar de la mano de sus moradores la memoria de barrios de nuestra ciudad, recuperar sitios eriazos con la finalidad de transformarlos en lugares donde la comunidad pueda compartir y generar mejores condiciones de vida para los nuevos antofagastinos migrantes, entre otros propósitos.
Se contempla que esta iniciativa siga dando frutos, como también que exista continuidad mediante la convocatoria del segundo grupo de innovadores sociales para el segundo semestre del 2014 que, sin duda, harán de Antofagasta un mejor lugar donde habitar, crecer y compartir.