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EDICIÓN | Marzo 2014

Aventura austral

Rutas Patagónicas
Rafael Gómez tiene veinticuatro años y estudia medicina. Su amor por el deporte y la naturaleza lo llevó a emprender un viaje en solitario por lugares prácticamente vírgenes del sur de Chile. Una historia llena de anécdotas que respira sur y paisajes inéditos en la que narra el poco conocido tramo desde Cochrane hasta la Laguna del Desierto.

por Rafael Gómez / fotografía gentileza Rafael Gómez.

Me encontraba en Cochrane, a seiscientos kilómetros al sur de Coihaique, junto a unas estudiantes de medicina que había conocido días atrás. Ellas me hicieron comprender que el trabajo de médico en estos lugares es muy diferente al que uno podría imaginar en la ciudad. Aquí existe una relación estrecha con los pacientes y con los habitantes en general. Pude comprobarlo cuando visitamos a don José. En la huerta dentro de su casa, cosechamos lechugas, cilantro y habas, conversamos un largo rato y entre todos compartimos un típico mate amargo (cada vez me gustaba más). Él se encontraba en rehabilitación y era fundamental la compañía para su reinserción social.
 
A la mañana siguiente y después de pedalear los primeros kilómetros, divisé una ciclista que venía en dirección norte. Como es costumbre, nos detuvimos para saludar y entregar datos de la ruta. Resultó ser una alemana de veintidós años. Viajaba sola. Me pareció valiente, porque además de pedalear en este duro lugar, no hablaba ni una gota de español. Cuando le pregunté hacia dónde se dirigía, me contestó: “to Alaska”, parece que mi cara de sorprendido fue evidente porque se rió. Conversamos como dos horas al lado del camino. Le ofrecí datos y mi casa, si es que pasaba por Valparaíso. (Pasó por la región de Valparaíso seis meses después y actualmente se encuentra pedaleando en Canadá).
 
27 DE ENERO
 
Me encuentro en Caleta Tortel, pequeño poblado declarado “zona típica”, ubicado en la desembocadura del río Baker, entre campo de hielo norte y campo de hielo sur. La principal característica de la ciudad es que está construida en su totalidad sobre plataformas y pasarelas de ciprés de Las Guaitecas. Aquí no hay calles ni veredas, solo pasarelas. Si te concentras, puedes sentir el olor a madera en el ambiente. Indescriptible. Esta madera es considerada como imputrible.
 
Debido a la abundante y constante lluvia, decidí quedarme en un hostal. Como quedaba cerca de la costa, tuve que bajar mi bicicleta al hombro por un millón y medio de escalones; estoy exagerando, pero era una escalera larguísima, sobre todo cargando la bici y las mochilas.
 
En la noche me encontré con Juan (uno de los guías de la Patagonia que conocí en el Glaciar Exploradores), así que fuimos a tomar una cerveza a un restaurante, que por la noche es el único pub del lugar. Lo divertido fue que como no cuenta con la patente de discoteca, no estaba permitido bailar, entonces cuando entraban los carabineros todos se quedaban quietos y una vez que se iban, ¡seguía el baile!
 
29 DE ENERO
 
Uno de los hermanos Landeros (la familia Landeros es bastante grande y en Tortel todos se dedican al turismo, mayoritariamente en visitas a la Isla de los Muertos, glaciar Steffen y glaciar Montt), me ofreció un cupo en un viaje hacia al glaciar Steffen, que es una de las rutas patrimoniales en campo de hielo norte.
 
Zarpamos a las nueve de la mañana, en la embarcación llamada Skorpio, con dos de los hermanos Landeros y su cuñado como tripulantes, una pareja de unos sesenta años, de Canadá, y una pareja de jóvenes chilenos. Muy nublado y con muchísima lluvia, navegamos casi dos horas hasta llegar a una playa desde donde iniciamos una caminata.
 
Debido a la lluvia sacamos pocas fotos y la cámara del señor canadiense se dañó. Recé por la mía. El camino era precioso, mucha vegetación, un sendero poco marcado hasta llegar al glaciar que, a pesar de las bajas nubes, resultaba impresionante. Tomamos un vasito del clásico whisky con hielos patagónicos y regresamos estilando.
 
30 DE ENERO
 
Temprano me despido del dueño del hostal, don Santiago, escritor, poeta, artesano, baqueano y colono, todo un personaje. Saliendo de Tortel hacia Yungay, después de unos veinte minutos de pedaleo, encuentro a una pareja de franceses en bici. Nos detuvimos y conversamos un poquito. Justo ese día la señora cumplía ¡sesenta y dos años! (y pensar que yo me quejo en las subidas), así que le regalé un chocolate. Fue su primer regalo de cumpleaños.
 
Al llegar al cruce para Yungay, parte una subida muy dura, luego de eso, y a título personal, empiezan los veinte kilómetros más vírgenes y lindos de la carretera austral. Es simplemente espectacular, otro mundo; no dan ganas de tomar fotos, solo contemplar. La exuberante vegetación, las aves que se cruzan, las caídas de agua y la altura lo convierten en un tramo maravilloso.
 
Un letrero decía “Yungay a 30”, pero pedaleados veinte kilómetros otro letrero decía: “Bienvenido a Yungay”, ¡qué bueno cuando los letreros se equivocan así!
 
Llegué al embarcadero, donde solo había un café. Ahí conocí a dos ciclistas japoneses y una pareja de europeos que vive en Uruguay.
 
Compartimos y secamos nuestra ropa por casi dos horas esperando el ferry de las 6 pm.
 
En menos de una hora de navegación, llegamos a la orilla donde encontramos un bonito refugio gratis, diseñado para viajeros. Es perfecto, bien sellado y con baños. Esa noche me quedé ahí con los japoneses Hiro y Yoko. Ellos eran unos ciclistas con experiencia, que ya habían recorrido casi todo el mundo, y se encontraban aquí buscando un lugar natural, pero sin tantos peligros, esto debido a una muy mala experiencia vivida en un país del este de África, donde fueron secuestrados y amenazados de muerte, con fusiles Ak-47 y todo. Suena de película.
 
1º DE FEBRERO
 
El Mosco, un acogedor hostal para ciclistas en Villa O’Higgins, me acoge en estos momentos.
 
Salí hacia este lugar hace dos días con los japoneses, pero empecé atener problemas técnicos con la bici y me lo tomé con calma, les dije que se adelantaran.
 
Estoy en el último pueblo de la Carretera Austral, pero con una bici que apenas anda. En esta ciudad hay muchos senderos y lugares bonitos para caminar, pero varios cortados por el mal clima de estos días.
 
En el hostal encuentro a Yoko e Hiro y a tres alemanes: Hannes, que pedaleaba una “Recumbent” o bicicleta reclinada, Harmut, ciclista también, y Lena, una escaladora.
 
Luego de la cena, Hartmut se ofreció para ayudar con mi bicicleta y Lena, junto a Hannes, me acompañarán en una travesía que soñaba hacer, el trekking “Ruta Patrimonial Los Glaciares” en Candelario y Mansilla (poblado que se encuentra al sur de Villa O’Higgins, luego de un cruce en barcaza).
 
¡Perfecto! Harmut arregló mi bici.
 
2 DE FEBRERO
 
Operado por el amable Hans Silva, Quetru es el único ferry para cruzar y hoy van ocho bicicletas, ¡qué tráfico! Al cruzar el lago O’Higgins dejamos nuestras cosas en el muelle de Candelario y Mansilla (aquí no son necesarios los candados ni las cadenas, es otro mundo), las bicicletas y mochilas quedan esperándonos mientras que con el transbordador, nos acercamos a la pared del glaciar O’Higgins. Cerca de la pared tomamos más whiskey con hielos milenarios; me estoy acostumbrando.
 
En Candelario y Mansilla, acampamos en el camping de Ricardo Levican (el “poblado” son solo dos casas, donde vive él y su familia, más las instalaciones de carabineros, donde habitan seis). El camping tiene una vista hermosa, la vista del lago al amanecer es como estar soñando.
 
8 DE FEBRERO
 
El trekking por la ruta patrimonial nos tomó cinco días. La zona es muy inexplorada y el sendero poco pisado. Pedimos toda la información posible a los lugareños, mapas y consejos. Nos contaron que, en todo un año, habían ido por esa ruta solo catorce personas. Suena extraño que un lugar tan asombroso sea tan poco visitado.
 
Al inicio tuvimos que avisar a carabineros y dejar nuestros datos por si ocurría alguna emergencia. Tomamos una huella que iba por la ribera del lago, teniendo cuidado con no perderla con tantas pisadas de animal.
 
Llegamos donde Lucho, que vive absolutamente aislado en esa parte de la península. Cuesta creer que padezca de epilepsia. Los últimos pobladores viven en el cruce del lago Chico. Lucho nos cruzó en bote y después tuvimos que subir a un portezuelo con un desnivel de aproximadamente seiscientos metros en medio de un bosque que parece encantado.
 
En el portezuelo mismo, hay un refugio para los baqueanos (arrieros que trabajan con animales y que conocen la zona como la palma de su mano). Seguimos el sendero, y luego de saltar una cerca de madera, nos adentramos en un bosque, donde cargamos agua.
 
Luego de ese bosque empezamos a tener las primeras vistas del glaciar O’Higgins, lamentablemente estaba muy nublado y la llovizna era como arena en los ojos, por lo que era una tortura mirar el glaciar.
 
Encontramos los Snupies (números con coordenadas GPS de la ruta patrimonial) que indican hitos. El número 10 estaba inmerso en el bosque y luego los siguientes, son miradores naturales que parecen de otro planeta. El 11 es una roca muy expuesta que se sale del sendero, el 12 es otra arista rocosa como un balcón para ver el glaciar y el 13 está ubicado justo frente al glaciar. Lo que se ve desde aquí no tiene comparación con lo que se puede ver desde el barco, es otra cosa; la perspectiva del campo de hielo y el lugar que te rodea es impagable.
 
Continuamos observando el frente del glaciar O´Higgins (uno de los cuatro mayores glaciares de la Patagonia, que ha retrocedido más de quince kilómetros en los últimos cien años) Acampamos dentro de una “trinchera”, ya que el viento era brutalmente fuerte y frío. Era el precio para poder contemplar al gigante de hielo. Dormimos escuchando los estruendos del hielo al quebrarse y caer al agua, como si fueran los quejidos del hielo.
 
Por la mañana desayunamos disfrutando de la vista, el glaciar se levantaba desde el agua y se extendía hasta fusionarse con el campo de hielo sur. Alucinante.
 
El movimiento de las nubes cambia los colores sobre la capa de hielo; el viento disminuyó su intensidad y se formó un arcoíris, ¿qué más podíamos pedir? La hora pasó volando y debíamos volver.
 
Con Lucho cenamos y nos contó que el camino es muy difícil, porque ya no quedan marcas ni pircas por varios kilómetros después del Snupie 14. Esta temporada, de los catorce viajeros, solo uno hizo el sendero completo.
 
Para regresar, tomamos el sendero que se eleva para cruzar un cordón montañoso, desde donde se aprecia el glaciar Chico. Los paisajes varían desde esbeltos bosques de lenga a matorrales achaparrados. Luego de cruzar las montañas, llegamos al camino, desde donde, en dirección sur, se divisa el Fitz Roy. Tomamos dirección norte hacia Candelario y Mansilla, donde las bicicletas esperaban por nosotros. Durante los cuatro días de caminata no encontramos un solo turista, pobladores que habitan la zona.
 
9 DE FEBRERO
 
Llegamos a la frontera y entramos a Argentina, era casi imposible pedalear, hubo que cruzar ríos y cargar la bici al hombro en muchas partes del camino. Esta noche dormiremos a metros de la famosa “Laguna del Desierto”, con vistas maravillosas del imponente Monte Fitz Roy.

 

 
El trekking por la ruta patrimonial nos tomó cinco días. La zona es muy inexplorada y el sendero poco pisado. Pedimos toda la información posible a los lugareños, mapas y consejos. Nos contaron que, en todo un año, habían ido por esa ruta solo catorce personas. Suena extraño que un lugar tan asombroso sea tan poco visitado.

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