A los diecisiete años le dijo a su mamá que no quería ir más al colegio. Estaba estudiando en el Liceo Comercial sin muchos éxitos académicos, y sentía que las lecciones que él necesitaba para su futuro estaban en la calle, que su camino no era el que la sociedad imponía.
Y aunque quizás para muchos, esta decisión adolescente podría ser un mal augurio, la verdad es que la formación que Rinaldo Villegas recibió durante su vida era lo suficientemente sólida como para dejarlo volar con alas propias.
Yo le pedí que fuéramos prácticos porque no me gustaba la formación tradicional. Yo quería pintar, generar ingresos para la casa y quitarle a mi mamá la preocupación de mantenerme. Ella y mi papá trabajaron como artesanos cuando jóvenes, eran bien hippies y por eso, en mi familia ya no existían los clásicos prejuicios sobre el mundo independiente. Su mejor consejo fue que no regalara mi trabajo y que si iba a dedicarme a algo, que fuera el mejor y no me quedara marcando el paso.
¿Te sentías preparado para enfrentar el mundo laboral sin haber terminado la enseñanza media?
De chico me inculcaron que tenía que cultivarme más allá de las salas de clases. Mi papá me mandaba a cursos de filosofía, a leer a Marx, a Engel, desde que estaba en enseñanza básica. Desde ese tiempo, siempre tengo libros bajo el brazo. Los leo, los estudio, destaco textos interesantes, escribo mis conclusiones, trazando mi propia ideología y sacando ejemplos interesantes.
Tu papá es una figura potente en tu vida…
En general, mi familia es muy importante. Mi abuela era una mujer de armas tomar, muy luchadora. Mi abuelo trabajaba en El Mercurio y me hacía leer el diario, me enseñaba historia, me hablaba de inventores y mi madre es un ejemplo de pasión por el trabajo, por involucrarse hasta la médula con lo que hace. Mi tío es documentalista (Omar Villegas) y mi papá serigrafista.
¿Cuándo descubriste tu pasión por los colores?
La primera vez que participé en un mural fue el año ochenta y siete, cuando en mi población, la Población Oriente, hicimos un trabajo colectivo que inauguró el mismísimo Andrés Sabella, que era amigo de mi papá. Éramos más bien pobres, pero mi mamá me tenía un rincón con lápices, pintura, papel. Dibujaba dinosaurios todo el día.
“Empecé a grafitear a los catorce. Pinté mi primer mural con mis propios recursos, pero era medio subversivo para la época y al final tuve que borrarlo. Para mí los murales debían entregar un mensaje y hacerse en grupos porque mi papá participaba del Colectivo Muralista Latinoamericano, que tenía contacto con la Brigada Ramona Parra y por eso siempre entendí el tema de la colectividad, del trabajo en equipo. El Mono González, Lito y muchos otros diseñaban y pintaban en grupo”.
¿Enganchaste con el discurso detrás del trabajo de tu papá?
No te puedo decir que tuviera una conciencia social, a los quince años jugaba Nintendo y dibujaba lo que vivía. Cuando cumplí diez años mi papá se fue y no volvió hasta cuando yo tenía dieciocho. Tenía la herencia de mi papá, pero mi mamá me impulsaba a desarrollarme y gané muchos concursos de dibujo gracias a su apoyo. Además, ella me inculcó el sentido social de decir algo, de convocar a la gente para que dejara de vagar en las esquinas y que hicieran algo para cambiar la realidad que les había tocado.
¿Revolucionario?
Pero desde lo intelectual, no soy de andar tirando piedras. Siempre me he rodeado de gente mayor que yo y quizás por eso aprendí que si queremos cambiar la sociedad hay que hacer cosas efectivas. Dedicarse a gritar no cambia nada.
Y ahora que tienes tu vida más definida, ¿no te dan ganas de estudiar?
Cuando conocí a mi mujer, Andrea (Del Solar), ella me impulsó a terminar la enseñanza media, con exámenes libres. Mi suegra me ayuda y lo estoy haciendo porque lo considero importante. Ya viví muchas experiencias, me dediqué a pintar, viajé, trabajé en la calle y ahí aprendí muchas disciplinas valiosas: sé orfebrería, sé tejer, trabajar el cobre, la madera, sé tallar. Pero no quería quedarme para siempre vendiendo mis cosas en una mesa.
¿Cuál es tu rutina?
Pinto todos los días, puede ser un cuadro o hasta mi casa. Mis hijos de trece, seis y tres años participan conmigo, escuchamos música y trato de transmitirles que deben ser felices. La Andrea me apoya y es mi cable a tierra, ella organiza nuestro mundo y gracias a ella me proyecto al futuro. De vez en cuando vuelvo a pintar paredes, con mis amigos del barrio que me mantienen conectado con mis sueños de crear un espacio donde los jóvenes enganchen con sus propias necesidades y logren darle sentido a sus vidas.
¿Crees que lograste romper el mito del artesano chascón y desordenado?
Viajé al extranjero, a Ecuador, Argentina, Bolivia, donde visité un montón de ferias artesanales y me di cuenta del valor de un trabajo bien hecho y que ser artesano no tiene por qué ser sinónimo de pobreza. Trabajar con proyectos, de manera organizada, permite obtener cosas concretas como tener acceso a mejores materiales y hasta lograr más éxitos en lo humano. He hecho clases y gracias a esa estructura pude llevar a mis alumnos del liceo a Tocopilla, a Mejillones. Quizás a muchos no logré motivarlos, pero al menos hay un grupo importante que descubrió en la pintura un escape más allá de las drogas, conocieron otro tipo de música, le tomaron el gusto a los libros. Ser autodidacta requiere mucho más esfuerzo, hace falta entender tu entorno, descubrir la esencia de lo que se quiere comunicar.