Cuando Eugenio Munizaga asume como alcalde de La Serena, en la década de los ochenta, su mujer, María Gabriela Vargas ofrece a Zenobia Anais trabajar con ella en la Fundación “Ayuda a la Comunidad”. Durante una visita a un jardín infantil, Zenobia vio a una pequeña con discapacidad mental, amarrada a la silla y preguntó por qué. La persona que la cuidaba le comentó que la niña debía tomar unos remedios muy caros y que al no suministrárselos por falta de dinero, perdía el control y se golpeaba. Fue en ese momento cuando Zenobia tomó la iniciativa y juró que haría algo por ayudar.
Al egresar del colegio, Zenobia se dedicó al comercio y trabajó incesantemente para darle a su hermana menor, la posibilidad de estudiar. Después de ocho años de pololeo se casó con el empresario de transportes, Nibaldo Campusano, y tuvieron cuatro hijos: Nibaldo Eduardo, Karime, Claudia y Yalile. “Mi hija menor, Yalile, nació con una parálisis cerebral severa de un parto gemelar de seis meses. Mi otra hija, Andrea, falleció a los tres días de nacer. Fue muy difícil para mí aceptar todo esto y busqué culpables por todas partes”, afirma Zenobia.
Por años se dedicó exclusivamente al cuidado y protección de Yalile, hasta que sus amigas la motivaron a trabajar y a conocer otras realidades. Así llegó a la fundación y, más tarde, a organizar juntas de vecinos. Estaba en eso, cuando a través de su amigo Luis Villagrán, hoy propietario del diario La Región, conoció la obra de Sergio Prenafeta, periodista de Santiago y fundador de Unión de Padres y Amigos de Discapacitados, UNPADE, a nivel nacional.
Con la ayuda de diversos colaboradores, Zenobia se convirtió, en 1984, en la artífice de UNPADE La Serena y en la fundadora y presidenta del único taller protegido de la región que atiende a jóvenes y adultos discapacitados.
¿Lo lograste a pesar del tiempo y dedicación que requería tu hija?
Dios me dio un marido maravilloso y la posibilidad de tener a mi hija muy bien cuidada y tranquila. Dejé de lamentarme al ver que a mi alrededor había gente con problemas mucho más grandes que los míos.
¿Y conociste a Prenafeta?
No lo conocí personalmente. Nuestro objetivo siempre fue tomar esa idea y crear una filial de UNPADE en La Serena. En esos años, los jóvenes y adultos discapacitados estaban en sus casas, no se veían, no existía un espacio para ellos, entonces dijimos ¡cómo lo hacemos! Finalmente llamé a una reunión a todas las juntas vecinales, les conté de este proyecto y les pedí ayuda. Así nace UNPADE como taller laboral protegido.
¿Tu hija Yalile fue el motor, entonces, para concretar esta obra?
Así es. Desde que iniciamos este proyecto, todos los días y durante treinta años trabajo voluntariamente en su nombre. Esto es un homenaje a ella.
LA MANO DE DIOS
Hoy, son treinta jóvenes y adultos —desde los veinticuatro años hasta los sesenta y tres— que integran este taller. Aquí encontraron no solo un espacio, sino además compañía, amor y, por sobre todo, seguridad y cuidado. “Todo lo que ellos necesitan lo tienen acá. Ingresan a las nueve de la mañana y regresan a sus hogares a las seis de la tarde. Celebran sus cumpleaños, hacen fiestas, comparten, aprenden, lo pasan muy bien”, afirma Zenobia.
¿Cómo se financia UNPADE?
Los padres cancelan una mensualidad mínima de doce mil pesos. Hay algunos que pueden pagar un poquito más y otros chicos son becados…
¿Y esto les permite solventar todos los gastos?
¡Esto funciona gracias a Dios! Y no veo otra explicación, porque nadie habría sido capaz de funcionar durante estos treinta años, en las condiciones que nosotros lo hemos hecho.
¿Sientes que esta obra es un milagro?
Un día estábamos reunidos con el directorio y les digo con angustia: ¡esto ya no da para más! ¡No veo cómo seguir sustentando esto! Debemos tomar el acuerdo de cerrar. Estábamos conversando qué hacer y en eso aparece un señor en la puerta que pregunta por mí y me dice: “señora Zenobia, traigo un obsequio de parte de Abastible, usted ha sido elegida como la mejor institución de la región. Traigo un cheque de quinientos mil pesos”.
¡Increíble!
Por eso digo que aquí está la mano de Dios. Y siempre nos pasa lo mismo, estamos al límite de cerrar y surge una ayuda que nos permite continuar.
¿Has tenido que recurrir al gobierno regional o al municipio?
¡Sí y con desesperación!, pero estamos felices porque nos adjudicamos un proyecto maravilloso para este año. Se llama “Mejorando la Calidad de Atención”, son recursos para seis meses y permitirán cubrir gastos importantes. Y el municipio nos aumentó la subvención, gracias al apoyo del alcalde Roberto Jacob y del CORE.
¿El trabajo voluntario, entonces, ha sido fundamental?
Somos cuatro personas las que trabajamos permanentemente en UNPADE. María Eugenia Ávila es educadora de párvulos con un postítulo en deficiencia mental y ella es la única que tiene un sueldo. El resto somos todas voluntarias: María Eugenia Rioseco es apoderada y nuestra tesorera; Dina Álvarez, es la manipuladora de alimentos y yo que estoy desde las diez de la mañana y hago de todo. Les encanta que yo les cocine y me preguntan todos los días qué voy a preparar.
ALUMNOS IDEALES
El ochenta por ciento de los alumnos que integran este taller corresponden a casos severos, es decir, no son autovalentes y dependen del cuidado y atención permanente del equipo de trabajo de UNPADE. El estímulo y motivación son piezas trascendentales en el proceso de crecimiento y desarrollo de cada uno de ellos, tanto así, que el año pasado, gracias a un proyecto del Gobierno Regional, tuvieron la posibilidad de realizar clases de hipoterapia con Jael Thomas, en el sector de El Rosario.
¿Una terapia integral fascinante para ellos?
Imagínate lo que es ver sus caras iluminadas cuando logran subirse a un caballo, cabalgar, hacer ejercicios…Esto les da una seguridad increíble, aprenden disciplina, respecto, solidaridad, tantas cosas.
¿Vivieron antes esta experiencia?
Jael es una bellísima persona y durante años les hizo clases de manera voluntaria. En ese entonces, la ex alcaldesa Adriana Peñafiel nos facilitaba un furgón para el traslado de los chicos, sin embargo, cuando ella se fue dejamos de tener la movilización y no pudimos continuar con la terapia.
¿Está la posibilidad de postular nuevamente a este proyecto?
Sí, pero sería ideal que las autoridades nos ayudaran con este proyecto de manera permanente, porque los beneficios de la hipoterapia son realmente sorprendentes.
¿Y qué actividades realizan los alumnos
durante el día?
Esto partió como un taller laboral, pero las capacidades de los chiquillos no permiten enseñarles un oficio. Ellos desarrollan varias actividades, practican deportes con una instructora del IND, aprenden a hacer manualidades, a trabajar en grupos…¡son muy artistas!
¿Ustedes han sido testigos, también, de su evolución y aprendizaje?
En especial, en la forma de desenvolverse en la vida cotidiana y en el cambio positivo de sus hábitos. Aprenden a comportarse, acatan ordenes… el respeto es muy importante y nos preocupamos mucho de que el joven o adulto que llega, pueda afiatarse con el resto. Es muy fácil trabajar con ellos, son los alumnos ideales.
¿Qué representa UNPADE para ti?
¡Es mi vida! Por eso creo que es necesario que las autoridades entiendan que los adultos discapacitados requieren de mucha ayuda y apoyo, no digo que los niños no lo necesiten, ¡por supuesto que sí!, pero cuando son adultos, lo necesitan muchísimo más.
¿Es una etapa de mayor abandono?
Absolutamente, porque cuando están en etapa adulta, se enferman o sus padres fallecen. No todos los hermanos tienen la capacidad para hacerse cargo de ellos. Por eso insisto que debe existir un espacio para ellos… una casa de acogida para cuando quedan solos.
¿Te angustia pensar en sus futuros?
¡Mucho! Me angustia pensar qué ocurrirá con algunos de ellos el día de mañana, porque tenemos casos bien dramáticos.
¿Pero, también, hay satisfacción en tu corazón?
Esto para mí es un templo donde encuentro paz y, por sobre todo, un amor incondicional. Siento que son mis hijos y son ellos los que me dan las ganas de vivir, de seguir trabajando y de atender a mis nietos que los adoro. En ellos no existe rencor, tienen una capacidad enorme de pedir disculpas y, la verdad, yo no les he enseñado nada, son ellos los que nos enseñan cada día a nosotras a convivir, a amar… a perdonar.