Una iglesia del siglo XVII en primera plana, y el Volcán Isluga de fondo, son los íconos que han hecho de este pueblo uno de los principales puntos de atracción del norte chileno. El reconocido santuario aymara está a más de cinco mil metros de altura, rodeado por maravillosas montañas entre las que destaca el volcán aún activo. Isluga es casi una ilusión que se convierte en realidad una vez al año, durante el carnaval que llena al pueblo de visitantes para celebrar la vida en el altiplano.
Texto y fotografías Soraya Valdivieso
Durante el año, el poblado de Isluga está prácticamente abandonado. Aparece como un espejismo en el medio de la pampa, como una escena de película donde no hay más protagonistas que la iglesia y un imponente volcán, como evidencias del sincretismo religioso que aún se vive en el altiplano chileno, mezclando celebraciones católicas con ritos paganos.
El lugar fue declarado Parque Nacional en 1967 y se puede llegar por el altiplano o subir desde Iquique. Si opta por la primera alternativa, el punto de partida es Putre, tomando el camino hacia el sur que conduce a Enquelga. Incluso se puede acampar en el Salar de Surire, desde donde puede verse cómo los rayos del sol van colándose por los rincones de Isluga mientras amanece.
Si se va desde Iquique, hay que tomar el camino que va a Huara. Nuestro recorrido comienza a las ocho de la mañana en punto. Sabemos que será un viaje largo, considerando que el pueblo Isluga se encuentra nada menos que a cuatro mil metros de altura. Ante ese panorama, es recomendable tomar desayuno liviano, llevar una chaqueta cortaviento y protección solar para evitar la insolación. Ah, y agua, mucha agua.
Con todo listo, comenzamos el circuito adentrándonos en la pampa del Tamarugal. Mientras avanzamos, el camino nos deja ver parte del patrimonio histórico de nuestro país: Santa Laura, Santiago Humberstone y el Gigante del Desierto son efigies de la Región de Tarapacá.
El camino es en ascenso y algunos pueden marearse un poco. Dejando atrás la pampa nos dirigimos a la precordillera donde comienza el contacto con vestigios de la cultura aymara, etnia milenaria presente en este territorio desde el siglo VIII d.C. Los "hombres de las alturas", como muchos llaman a los aymaras y sus descendientes, se mueven con normalidad, acostumbrados a una densidad del aire cada vez menor. Sus cuerpos están adaptados a funcionar con un treinta y cinco por ciento menos de oxígeno que en el nivel del mar. Eso es lo que produce la puna o mal de altura.
Para evitar los incómodos mareos se debe respirar profundo y con un ritmo tranquilo. No está demás llevar un par de hojitas de coca bajo la manga, cuyo amargo sabor se convierte en el mejor alivio.
A una hora y media de viaje, el panorama va cambiando abruptamente, pues hemos entrado al altiplano chileno, donde inmensas hectáreas llenas de verdes dominan el territorio. Todos desorientados, nos preguntamos por qué una de las zonas más secas del mundo tiene ese espectacular verdor. En ese preciso momento nuestro guía, Eduardo Gallardo, explica que hace aproximadamente una semana atrás el invierno boliviano dejaba su rastro sobre la zona andina de nuestro país.
El invierno altiplánico -más conocido como invierno boliviano- es un fenómeno que ocurre en los meses de verano, entre diciembre y febrero, y se caracteriza por lluvias orográficas, como se llaman científicamente. Esta especie de milagro pluvial se produce por una columna de aire húmeda que viene desde el Amazonas, viaja hasta encontrarse con la Cordillera de los Andes -obstáculo orográfico- y al ascender, enfría el aire hasta alcanzar el punto de saturación.
Es así como el vital elemento que cae del cielo a refrescar este árido suelo, deja su verde huella en el altiplano. La vegetación de la zona es singular y caprichosa: aparece infértil y casi muerta, pero esconde una gran diversidad biológica, cuyas muestras más representativas están protegidas en los parques y monumentos nacionales como el Parque Nacional Lauca, Isluga y Salar de Surire.
Nos encontramos con llamas y alpacas que, a sabiendas que son ellas las reinas del territorio, cruzan por la carretera y nosotros, los visitantes, las miramos embobados, tratando de captar el mejor ángulo desde los vehículos que nos trasladan. El paisaje está salpicado de lagos, pantanos, bofedales, salares y géiseres. La zona altiplánica chilena, en general, es un continuo contraste.
<strong>CARNAVAL AYMARA</strong>
Al llegar al pueblo de Isluga, a las faldas del venerable volcán que lleva su mismo nombre, se reconoce la muchedumbre rodeando su iglesia pintada con cal y que a diferencia de las techumbres de adobe de sus pares andinas, luce unas majestuosas tejas que contrastan con los colores del entorno.
La festividad es en grande, hay banderines por las calles, improvisados negocios de comidas y los niños llevan collares de celebración. El pueblo recobró vida y colores.
El carnaval de Isluga se celebra una vez por año. No tiene una fecha exacta, pues su inicio coincide con el principio de la cuaresma, es decir cuarenta días antes de semana santa. La fiesta tradicional aymara dura cuatro días y asisten los descendientes de los pobladores originarios, provenientes de toda la región, lo que demuestra un fehaciente sincretismo religioso.
El alférez es el líder de la festividad. Junto a su mujer se enteran con un año de anticipación, que serán ellos los próximos anfitriones de la alegría del pueblo. En Isluga existen cuatro alférez, cada uno representante de un ayllu o comunidad. No hay un sistema definido de elección de este personaje y generalmente asumen esta responsabilidad acompañados de su familia.
El poblado está construido teniendo como eje la iglesia. Las viviendas son de adobe, techadas con paja brava y fusionan elementos indígenas y coloniales. Para el día más especial del santuario el pueblo es decorado, todos usan vestimentas típicas, se organizan bailes y pasacalles mientras una banda toca las veinticuatro horas del día.
Se alimenta y se da de beber a todos los invitados. Eso sí, cada asistente debe otorgar dinero de buen augurio al alférez, y como tradición se enganchan en sus ropas, se derrama licor sobre la mesa y se elige alguna fruta entre las que ofrece el monarca de la fiesta. Todo el mundo mastica hojas de coca constantemente.
No es extraño que en los últimos días de la celebración nos encontremos con algunas víctimas de tanto jolgorio. La solución es procurar llegar al principio de las festividades o unirse a los bailes haciendo caso omiso de los amistosos y mareados comensales.
Los aymaras han resistido la dominación inca, hispánica y las políticas de aculturación manteniendo muchas costumbres y tradiciones. Tienen como eje central a la Pacha-Mama (madre tierra), contrastando el trabajo minero con el pastoreo de llamas, alpacas y la agricultura tradicional. Es la ganadería de camélidos, junto a la siembra de quínoa y papas el sustento de hombres y mujeres.
A su vez, se dedican a realizar hermosos telares con los colores de la bandera de los pueblos originarios (<em>Whipala</em> que significa emblema en aymara), los cuales escasamente se pueden encontrar a la venta.
Isluga es una conjugación mágica de la naturaleza. Sus noches son mágicas y sus alrededores están llenos de misterios que vale la pena conocer. Las montañas sagradas protegen al pueblo, como representaciones de los grandes dioses que están ahí desde tiempos inmemoriales, dándonos permiso para maravillarnos de su poderío y de la sabiduría ancestral de quienes fueron capaces de doblarle la mano al desierto.
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<span style="text-decoration: underline;">Nuestro dato</span>
"Tour Magia Altiplánica"
Empresa turística: Turismo Tamarugal
Duración: uno o dos días (a petición).
Incluye: transporte, pensión completa y servicio de guía.
Valor: Un día $60.000 (por persona)
Dos días $130.000 (por persona)
Más información en <a href="http://www.turismotamarugal.cl/">www.turismotamarugal.cl</a>
Contacto: info@turismotamarugal.cl
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