Goodfellas (1990), también conocida como Buenos muchachos se ha convertido, a través de los años, en una de las películas emblemáticas del director Martín Scorsese, cuyo sello característico es la exploración de las más oscuras facetas de la sociedad norteamericana: violenta e implacable como Taxi Driver; llena de codicia y corrupción como Casino; y con una constante muestra de la vida de los ítalo-estadounidenses en busca del “sueño americano”, donde la mafia se convierte en el camino más rápido al éxito y la perdición.
De un estilo mucho más callejero y brutal que El Padrino, Goodfellas nos muestra durante tres décadas la vida de tres gánsteres: Henry (Ray Liotta); Jimmy (Robert De Niro) y Tommy (Joe Pesci, ganador del Oscar a mejor actor secundario por este rol), a quienes los unen, aparentemente, los mismos ideales.
En esta historia, Henry es el principal protagonista, quien cuenta, en primera persona, cómo llegó al mundo de la mafia y cómo fue armando con estas personas una verdadera red de protección. Bajo la tutela del capo Paulie (Paul Sorvino), Henry, desde muy pequeño aprenderá que la mafia es como una familia y quienes la integran tienen la vida asegurada. Claro, a menos que ellos mismos “quieran ser descubiertos” e ir a la cárcel por sus crímenes, pues es la única forma de dejar a sus esposas.
El problema llegará cuando las traiciones comiencen a generarse dentro de la misma mafia y Henry vea que hasta el propio Jimmy lo ha dejado por sus acciones equivocadas, una especie de segundo padre y protector con quien hace todos sus negocios. Por eso la enseñanza más importante que Jimmy enfatiza para poder sobrevivir es: “Nunca traiciones a un amigo y mantén siempre la boca cerrada”. Un buen consejo para quienes la vean.