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EDICIÓN | Febrero 2014

Pedro del Río Z., señor de Hualpén

Por Armando Cartes Montory, Director de la Sociedad de Historia de Concepción
Pedro del Río Z., señor de Hualpén

En una tragedia y un infecundo segundo matrimonio, se encuentra la base del museo y el parque que actualmente disfrutan todos los habitantes de la intercomuna.

En lo más alto de la colina de Hualpén, que domina la desembocadura del Bío-Bío y el mar cercano, se levanta la gran casona de madera, que fue de don Pedro del Río Zañartu. Hoy es un Monumento Nacional que refleja, en sus amplios patios y habitaciones, la forma de vida rural de una familia patricia de fines del siglo XIX. Pero es también otra cosa: la sede del Museo de Variedades Universales, que su dueño reunió en cuatro viajes en torno al mundo.


En su origen se oculta una tragedia. Don Pedro, rico hacendado y activo empresario, se casó con la bella penquista Ana Rosa Serrano, con quien tuvo dos hijos, Ana Rosa y Pedro. Durante la terrible epidemia de difteria, que asoló la ciudad en 1880, su esposa y sus hijos, entonces de cuatro y dos años de edad, murieron en tres días seguidos. “Los tres a la vez”, dice la fatídica leyenda en su mausoleo del Cementerio General de Concepción. El señor de Hualpén creyó enloquecer de dolor. Para no suicidarse, decidió emprender un largo viaje, en busca de consuelo. En barcos, trenes, pero también a lomo de mulas, elefantes y camellos, recorrió América entera, desde Magallanes al Canadá; atravesó el Far West y se embarcó en California rumbo a China y el Japón. La India, Rusia y el norte de África fueron testigos de su dolor.


En una tragedia y un infecundo segundo matrimonio, se encuentra la base del museo y el parque que actualmente disfrutan todos los habitantes de la intercomuna. Luego cruza Europa y de ahí a Centroamérica, para volver finalmente a
Chile, más aliviado, después de un largo periplo de dos años.

En cada lugar fue recogiendo objetos, trajes, armas, monedas ¡y hasta una momia egipcia!, con los que formaría su museo. A su regreso, contrae matrimonio con la dama penquista Carmen Urrejola, quien le acompañó amorosamente hasta la muerte, pero con la cual no pudo tener hijos que le sobrevivieran. En la tragedia original y en esta última circunstancia, se encuentra la base del museo y el parque que actualmente disfrutan todos los habitantes de la intercomuna.


En su testamento, legó el Parque y Museo a la ciudad de Concepción, representada por una comisión administrativa, que creó una ley especial. Previsoramente, asignó una porción importante del fundo a la propia mantención del lugar, estableciendo que el acceso debía ser siempre gratuito, en especial para los más débiles. Por desgracia, la lejanía del museo con el territorio comunal de Concepción, su no pertenencia a la red pública de DIBAM y la gratuidad, que todavía se
respeta —para las personas, no para los vehículos— ha dificultado su financiamiento. El pasado terremoto de 2010, además, dañó gravemente sus instalaciones, que esperan todavía una buena reparación. Ha habido robos y, como ocurre con muchos bienes patrimoniales, no ha recibido la atención debida.


Con todo, el cariño y la dedicación de su personal han logrado preservar este tesoro. Hay proyectos en desarrollo que pretenden ponerlo en valor. La generosidad de don Pedro, cuya hermosa tumba en el cementerio también sufrió con el terremoto, espera también una restauración adecuada. Ya es tiempo de que los penquistas retribuyamos su gran munificencia.

 

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