Verónica no habla de la naturaleza. La vive. Detrás de una voz suave, la fuerza arrolladora de esta botánica de profesión, de esta viajera e investigadora incansable de la flora autóctona de nuestro país y gestora del estilo Andeanscape, es evidente.
Aunque ha dejado huella en proyectos de paisajismo en el sur —como el del hotel Llanuras de Diana en Puerto Natales—, es el norte arqueológico, con su geografía y antropología, lo que la mueve. El norte, pleno de arte nativo y altiplánico.
“Pareciera que estos paisajes hechos de tonalidades mágicas, con cerros rosados y árboles color plata, se hubieran fundido con el fulgor del sol”, dice Verónica. “En el norte la naturaleza es mineral, con pequeñas islas de verdor”.
Y mientras trabajaba en el norte, descubrió la música del viento. “Cerraba los ojos y por el sonido del viento podía casi adivinar cuando este pasaba por un algarrobo, o por un cactus, o por un chañar. Una verdadera sinfonía natural”.
JARDINES DE ORO
Esta paisajista llegó a los jardines de oro incaicos estudiando e investigando arqueología de la época, leyendo libros de arte escritos en castellano antiguo en el Museo de Arte Precolombino. “Fíjate que los incas dejaron huellas muy importantes en San Pedro de Atacama. Ahí descubrí que ellos, en su culto a los dioses hacían jardines de oro que dedicaban a los reyes muertos. Estos jardines magníficos están descritos en pergaminos antiguos. ¡Imagínate! Pájaros, fuentes, árboles, flores. Todo de oro”.
¿Y ese fue el comienzo de los jardines minerales?
Como era impensado recrear jardines de oro, se me ocurrió jugar con la idea de generar jardines distintos, que fueran de metal, propios de un lugar y a través de ellos rescatar la cultura y el arte de los pueblos andinos. Piensa que los pueblos andinos desaparecieron con la conquista y eso fue un tremendo error.
¿Tu inspiración?
La naturaleza actual y la naturaleza arqueológica. Por eso el norte me es tan rico. Mis principales profesores son los viejos pastores sin dientes que todavía viven y que yo siento que se me escurren entre los dedos, como arena. Cada minuto que paso con ellos, después que logro esa comunicación tan especial que nace luego de darnos las manos y mirarnos a los ojos, es valiosísimo. Hay una formalización de todo este conocimiento que está validado científicamente en los institutos, sobre todo en los institutos franceses que hay en Lima. Fíjate que son los europeos los principales estudiantes de todo este mundo pasado. Los principales cultores de todo lo que se está perdiendo acá.
LA OBRA
En poco más de dos mil metros cuadrados, Verónica se entregó en cuerpo y alma a recrear los jardines de metal de los incas. Figuras de aves, plantas y petroglifos trazados en acero se mezclan con otras naturales y con diversos elementos del mundo mineral como piedras y agua, ubicadas en forma estratégica.
Una cubierta de rocas lúdicamente esparcidas, serpentean entre las habitaciones y se ven interrumpidas por espacios cubiertos de vegetación y algunos árboles nativos, como el algarrobo. Aves locales se posan con total naturalidad y observan, curiosas, a sus símiles en metal.
Todo está hecho a imagen y semejanza de la naturaleza. Nada es fruto del azar. Los petroglifos fueron concebidos como verdaderas ventanas hacia las culturas ancestrales. Una tenue y bien escogida iluminación acentúa una visión nocturna casi onírica al lugar.
EL RITUAL
Antes de ponerse a trabajar en un proyecto, antes de siquiera proyectar una idea, Verónica la tiene que parir. Mira el terreno, se pasea, toca, se acuesta en la tierra, se arrastra por los sitios, mira el sol, mira la luna, apoya su cuerpo contra la pared. Siente el frío, el calor. “Y de a poco me va saliendo, como un parto. El corredor de aves de este jardín me salió de un tirón”.
¿Qué artesanos trabajaron contigo?
Mis amigos atacameños de siempre: Iván y Pato. Ellos son enamorados igual que yo de todo esto.
¿Piensas emular estos jardines en otra parte?
En el norte, pero cada vez tiene que nacer de nuevo la criatura. Tú no puedes enamorarte de la misma forma de otra persona, aunque quieras. Eso es lo que me pasa a mí con los jardines que hago. Son vivencias. Hay un diálogo que se gesta, que nace de una relación particular y que nunca se vuelve a repetir.
¿Qué sensación te produce caminar por tu jardín?
Un agradecimiento gigantesco hacia la naturaleza, hacia la fauna, hacia los hombres prehistóricos que dibujaron estas maravillas y que las hicieron con tanto sacrificio en piedras que sobreviven hasta el día de hoy. Agradecimiento a todas las manos que trabajan conmigo. Porque aquí se deja la piel.