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EDICIÓN | Febrero 2014

Escuelas orientales y la santidad de la pobreza

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.d. Profesor en la Universidad De Chile Director China & India Intelligence Reports
Escuelas orientales y la santidad de la pobreza

Quiero comentar acerca del muy antiguo concepto que relaciona la pobreza con la verdadera riqueza. Me refiero a la definición india de escuela o mātha (lugar de reunión para oír palabras sabias). Con el tiempo pasó a ser sinónimo de institución donde iban los jóvenes a recibir instrucción y enseñanza. Y mucho después, mātha tomó la forma de alta academia. Dependiendo de la tendencia de cada línea de enseñanza, podía ser un monasterio, es decir un sitio apartado donde los participantes de tal escuela se entregaban a sus prácticas sin perturbación ni apuro.

Hubo māthas a lo largo de toda la historia de la India; y también se distribuyeron por toda la geografía del Asia Oriental. El influjo fue tan fuerte que en sí fue la base de toda institución académica de cultivo de las artes, la ciencia, y del pensamiento. Por el norte fue así en China, en Corea y en Japón; lo mismo para todo el Sudeste Asiático. En cada una de esas culturas hubo cambios estéticos o de orientación, o de objetivos disciplinarios; mas, en cada mātha hubo siempre un principio que se mantuvo intacto: quienquiera que ingresaba a una de esas māthas, lo hacía renunciando a su vida previa en pos de buscar la superación y el más alto ideal. Era aquello como una muerte y una resurrección, simbolizada en la ceremonia de ingreso e iniciación. Entrar a una escuela era renacer a una nueva vida; por eso, el maestro que acogía a un nuevo discípulo lo hacía como un padre a un hijo. El joven pasaba a ser hermano en una cofradía cuya mayor característica era la sencillez y el sentido de comunidad, condición necesaria para la búsqueda de la vida recta.
 
Una mātha siempre fue una institución que dio cobijo, como una madre a sus hijos. Sin duda hay una relación entre la idea de mātha y la de matriz. La escuela en sí constituía una familia, protegía, daba calor, alimento material y espiritual. A su mando estaba el claustro de maestros, los padres de la tribu espiritual. Y la actitud propia de los discípulos era el absoluto respeto, la reverencia y la obediencia. Los maestros, siendo humanos y por tanto imperfectos, con todo encarnaban el ideal. Por eso, recibían siempre la mayor veneración. Así fue que se les asoció la palabra Sānta, que siendo un concepto de la lengua sánscrita se parece mucho a la palabra latina santo, santus. No obstante el concepto sánscrito es más filosófico que religioso. Sānta, la podríamos asemejar al respeto y reverencia que infunden en el Medioevo Occidental y en los siglos que siguen la palabra doctor, o eminencia. De esa manera se formó la palabra Sānt-mātha, usada hasta el día de hoy aunque simplificada como Santmat, para llamar a una de las instituciones más respetadas y reconocidas en el Lejano Oriente.
 
Sanmat es una organización que se inspira en personas que han tenido vidas ejemplares, en cualquier parte del mundo. Porque Dios habla en secreto a cada cual. La semilla del bien y el agua de la verdad anidan en cada corazón. Pero, el cómo florece y qué frutos da, es lo que hace la diferencia. Por eso, es que en los actos (Karma, en lenguaje oriental) se ve quién es quién; qué se puede aprender de alguien, qué puede enseñar. Porque “por sus actos los conoceréis”.
 
En cualquier parte de Asia en que haya una escuela de Santmat, esa se fundará en tres principios: el maestro, la meditación y el Satsang (una reunión, una asamblea, una conversación en torno a la sabiduría); aunque también se podrían agregar dos valores más: austeridad y sentido del sacrificio, y el servicio hacia los demás. De esta manera, si somos amplios y reflexivos, nos daríamos cuenta que estos cinco elementos son idénticos a lo que manda el cristianismo, que lo dice todo con dos palabras: amor y caridad. ¿Cómo así? Porque el “Maestro”, es la convicción profunda en que hay una providencia que supera a todas las argucias y trampas que nos hace el propio egoísmo. Es, en el fondo, la fe irrenunciable. “Meditación”, es poner toda la atención a lo que el Señor nos dice en el silencio del alma. Y el Satsang, que es la base de toda convivencia social, es la mejor fórmula para la vida comunitaria; nada distinto al desarrollo del concepto de asamblea, desde lo que los griegos llamaron ecclesia hasta la Iglesia, la más santa y noble tradición Occidental de enseñanza.
 
La riqueza se concentra en Asia; y sabiéndolo, estamos en la búsqueda del modo de hacer convenientes intercambios. ¿Cuál riqueza? ¿El dinero? Hablo de la riqueza que se logra a través de la pobreza. Entonces, ya que se acerca el comienzo de otro año escolar, desde esta “columna asiática” quisiera enfatizar en la relación entre riqueza, pobreza y escuela. La escuela, que es como una madre que acoge y nutre con sapiencia. El maestro, que enseña a trascender el ruido del orgullo, y conduce al cultivo de la diáfana humildad, luz que ordena el conocimiento y da la certeza de saber. Y el más santo sentido de sociedad, porque no vivimos solos y nos necesitamos los unos a los otros. Dios habla a cada cual; pero, eso se confirma, se practica, y alcanza su plenitud en comunidad.
 

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