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EDICIÓN | Febrero 2014

No me voy a enojar nuncamásenmi vida

Por Nicolás Larraín
No me voy a enojar nuncamásenmi vida

Al momento de escribir esta columna llevo exactamente once días sin enojarme y tengo que confesarles que los efectos han sido devastadores. Nunca más he discutido de nada con mi mujer, de hecho, hemos entrado en un estado constante de romance y luna de miel.

n un asado, organizado en mi casa, se nos ocurrió invitar al papá de un compañero de curso del Seba, uno de nuestros hijos, quien en medio de la conversa, “a pito de nada”, nos contó que en su
cumpleaños anterior, en medio de los brindis de su celebración rodeado de amigos, había decidido no enojarse nunca más en la vida.
 
No sé exactamente qué me pasó en ese momento, pero decidí comprar la idea inmediatamente. Y no es que yo me enoje mucho, pero sí desde chico siento un gran rechazo a mis enojos y del resto, casi como una cosa química del cuerpo.
 
Al momento de escribir esta columna llevo exactamente once días sin enojarme y tengo que confesarles que los efectos han sido devastadores. Nunca más he discutido de nada con mi mujer, de hecho, hemos entrado en un estado constante de romance y luna de miel. Mi mente empezó inmediatamente a recordar, identificar y etiquetar en qué momentos me enojaba y, por lo tanto, el cuerpo entero y el sistema nervioso ha empezado a “aclimatarse” a este nuevo estado y, en consecuencia, identifica inmediatamente un típico episodio que me enojaría y lo empieza a recibir con una nueva calma que me hace no enojar y diluir las molestias, acompañándolas de reflexiones muy profundas de que realmente nada es tan grave como para enojarse y lo que es más potente aún, que ya no importa mi idea de lo que debiera ocurrir en algún evento, es decir, estoy matando el ego.
 
Recuerdo haber leído sobre esto además de muchas conversaciones, pero haberlo empezado a vivir disciplinadamente, en verdad está siendo una especie de máximo elixir de la felicidad.
 
Otro ejemplo real de lo que me ha pasado ocurrió al cuarto día de este nuevo estado. Viniendo de Melipilla tomé la Autopista del Sol un domingo de mediados de enero a las diez de la noche. Venían las dos pistas atestadas de autos a una velocidad promedio de quince kilómetros por hora y, por lo tanto, entré con el estado de resignación normal de todos los que queríamos llegar temprano a Santiago (y que a esa altura ya no teníamos nada que hacer). A los pocos minutos de ir en esta marcha fúnebre, empiezan los típicos pillines a tirarse hacia delante por la pista lateral, situación que en el ciento por ciento de las veces anteriores de haber visto esa escena, mi cabeza se llenaba de rabia, de impotencia, de sensación de injusticia, de calificación de rotería y si no he escrito una columna sobre ese hecho, sé que he llenado varios minutos de radio hablando de esa calamidad.
 
Pues bien, ¿saben lo primero que se me vino a la cabeza cuando empecé a ver a esos temerarios aserruchar por las vías laterales para meter la punta unos metritos más allá del resto que seguimos sumisos en la procesión a la virgen?:... quizás tienen alguna emergencia... deben tener una buena razón para hacer eso... bueno... están más apurados que yo... les juro por Dios que jamás, en mis cuarenta y ocho años, se me hubiera ocurrido alguna idea semejante frente a una aberración cívica de ese tipo. Prueba real de los efectos de entrenar el cuerpo para no enojarse.
 
Errores de compañeros de trabajo, niños ensuciando autos, mi querido chofer, ayudante, asistente, babysitter Don Juan, rompiéndome la caja de herramientas, mi mujer reclamándome mi comportamiento, auspiciadores exigiendo más, abusos de los ciudadanos, políticos, autoridades, etc., etc., etc., ya nada parece enojarme; como dice mi hijo Gaspar de diez años por cualquier problema, “da lo mismo”, y no solo aparentemente estoy mucho más feliz, sino que parece que uno se convierte en mejor persona. Prueben, es increíble. Hasta capaz que vuelva a trabajar con Felipe Izquierdo que siempre me ha enojado tanto, esa sí que será mi prueba de fuego. Felicidad y paz para todos.
 

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