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EDICIÓN | Febrero 2014

La vida es un hotel

Por Pilar Sordo
La vida es un hotel

En estos días, por razones laborales, me ha tocado recorrer muchos hoteles y como siempre ando mirando e investigando, como deformación profesional, empecé a percibir que un hotel es muy parecido al flujo de la vida.

Todos sabemos al llegar a un hotel que nos tendremos que ir, pero sobre todo si estamos de vacaciones es algo que preferimos negar. Esto es lo mismo que nos pasa cuando nacemos, al ser plenamente conscientes que nos vamos a morir, pero nunca hay mucha capacidad para hablarlo, enfrentarlo, vivir para gozar y aprender de la vida teniendo en cuenta ese momento de transformación. Se dice que alguien que tiene conciencia de muerte, tiene mejor capacidad para disfrutar de la vida, independiente de lo que le toque vivir.
 
Es verdad que no todos llegan a hoteles gratos, ni cómodos y lo único que uno quisiera al llegar es poder irse de ahí lo antes posible. Cuando he tenido que vivir esas circunstancias, también he logrado aprender que aun estando en un lugar que no me gusta, que está sucio e inhóspito, puedo empezar a rescatar lo positivo, incluso hermosearlo con cosas simples para aceptarlo mejor. Con el dolor, las injusticias, la pobreza o la enfermedad, también se puede hacer lo mismo y, sobre todo, se puede poner muchas ganas en mejorar e ir cambiando esa situación.
 
Dentro de un hotel, todos cumplimos una función, unos huéspedes y otros trabajadores... claramente eso es rotativo, porque al final todos trabajamos y tenemos algún tiempo para el descanso. Lo clave aquí es que la vivencia en el hotel (la vida), dependerá de nuestra actitud. Era impresionante observar cómo había gente que solo alegaba y discutía, reclamando por todo y cómo había otros que disfrutaban hasta de los placeres más pequeños, con una actitud permanente de agradecimiento frente a las mismas cosas.
 
Dentro de un hotel uno ve gente pasar, otros se hacen como invisibles y pocos dejarán huella donde estuvieron con su sonrisa fácil, trato amable y gentileza. Para esto da lo mismo estar trabajando en el hotel o ser un huésped. Hay gente que camina por la vida con la sensación permanente de querer dejar huella y entregar algo de su corazón mientras transita por ella y otros, en cambio, avanzan sin entregar mucho y pensando solo en ellos.
 
Es muy loco ver gente llegar e irse todo el tiempo, y si uno tuviera siempre esa mirada, con la vida pasaría lo mismo. La gente que trabaja en los hoteles tiene que hacer esfuerzos, muchas veces, para no vincularse con las demás personas para no tener tristezas con sus partidas, gran lección para todos frente a los cambios de la vida.
 
Parece que el secreto es dar siempre lo mejor, sin saber cuándo se acabará. Vivir el presente es la clave de un buen hotel. Aprender a vivir cada momento como el último y disfrutar de cada detalle independiente de la razón, el tiempo y el lugar que ocupemos en ese lugar. Parece ser esto mismo la clave para una buena vida, ¿o no?
 

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