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EDICIÓN | Febrero 2014
Nocturno de Chile
Roberto Bolaño (1953-2003), uno de los más grandes escritores hispanoamericanos, nos dejó antes de tiempo. Cuando su obra alcanzaba los máximos niveles estéticos, un hígado, de deficiente funcionamiento, la truncó. Conocía su grave enfermedad lo que lo hizo escribir contra el tiempo. Se dedicó, especialmente, a terminar su novela póstuma 2666 (aparecida el 2005), obra maestra de las letras de nuestra lengua. Aunque, para ser estrictos, escribe en tres idiolectos derivados del castellano: chileno, mexicano y español. Justamente, una de sus virtudes es hermosear el dialecto original de Castilla con los giros propios de los tres lugares de habla hispana en que vivió, redefiniendo así la lengua común.
 
La muerte del escritor plantea inmediatamente un problema que consiste en indagar que parte quedará de su obra. Incluso el problema es más radical: persistirá el hombre o desaparecerá. Bolaño, enfrentado a la muerte próxima, considera este un problema ficticio. Todos, en tres millones de años más, se habrán extinguido, incluso Shakespeare. Pero si pensamos en una posteridad temporalmente más restringida (décadas o siglos) Bolaño perdurará y, con él, su novela breve Nocturno de Chile (2000). Es la historia de un cura del Opus Dei, Sebastián Urrutia Lacroix, crítico literario y poeta. Antes de morir recuerda cosas de su vida que nos trasladan al Chile de antes de los noventa del siglo pasado. En un alarde narrativo, Bolaño no usa ningún punto aparte en las ciento cincuenta hojas de la novela. Se puede leer de una sentada y su tema es la culpa o, más bien, la falta de culpa. El protagonista es una especie de superhombre lúcido y culto, que no siente arrepentimiento alguno. El relato es el de una sola voz caprichosa, la del protagonista, que recuerda desde su ida a Europa, donde conoce el arte de la cetrería, usado para salvar iglesias de las defecaciones de las palomas, hasta sus clases de marxismo a los miembros de la junta militar. Recuerda las fiestas de literatos, en tiempos del toque de queda, en una casa cuyos anfitriones recuerdan a Mariana Callejas y Michael Townley.

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