Obras de arquitectos como Jorge Costabal, Gustavo Kreft y Mauricio Despouy, forman parte de esta inédita compilación. El libro se llama Patrimonio moderno olvidado y es el resultado de diez años de investiga- ción en el marco de sus tesis doctoral para la Universidad de Sevilla, España.
Hay una opinión consensuada de que el edificio Oberpaur de 1929, de los arquitectos Sergio Larraín GM y Jorge Arteaga, sería el primer ejemplo de la llegada de la modernidad, o lo que yo denomino la llegada de la “primera modernidad”. Con el empleo del lenguaje náutico, el uso de la curva en la esquina y ventanas tipo claraboya. En la denominada “segunda modernidad”, los principios de Le Corbusier se verán plasmados con conceptos como planta libre, que significa el no uso de muros sino pilares, lo que permite tener la visión de todo el espacio interior del piso y el uso del concepto de vano corrido, que consiste en una ventana alargada que recorre toda la fachada. Con este ejemplo se entiende la llegada del movimiento moderno en nuestro país.
¿De dónde surge tu interés por la arquitectura moderna?
A mediados de los ochenta, cuando era alumno de arquitectura, tratando de aprender a través de la fotografía de proyectos en la ciudad, me topé con la casa Errázuriz de Christian De Groote, que no pertenece al movimiento moderno pero me hizo entender cómo es la buena arquitectura. Luego descubrí la obra de Luis Izquierdo y Antonia Lehmann, la de Cristián Undurraga y Ana Luisa Devés, todos ejemplos de arquitectos que me llevaron a interesarme por proyectos como el Monasterio de los Benedictinos y la CEPAL. Es aquí donde comencé a entender los principios del movimiento moderno y, posteriormente, con el Instituto de Biología Marina de Montemar (Enrique Gebhard, 1941) entendí su real aporte al mundo en que nos desenvolvemos como habitantes de un hábitat construido.
¿Cómo precisarías ese aporte?
El instituto de Biología Marina de Montemar es clave para entender la obligación que tenemos al construir un edificio que se relacione con la naturaleza, respetándola pero, sobre todo, no imponiéndose sino integrándose. Está emplazado sobre la arena en una caleta de pescadores en Reñaca y, para los efectos de dialogar con el entorno y el mar, se levanta sobre unas patas diagonales permitiendo que el mar con su marea alta no choque con el edificio, sino que pase por debajo de este como si se tratara de un edificio muelle. Es aquí cuando la sensibilidad y entendimiento del hombre con respecto a la naturaleza se combinan para dar paso a una arquitectura propia y, por ende, respetuosa. Son estos ejemplos los que enseñan y dan el norte a comienzos de los años cuarenta en Chile. Lo que hoy se llama sustentabilidad era de gran importancia para la arquitectura moderna hace ochenta años.
¿Cuáles son los proyectos que en tu libro defines como olvidados?
El libro Patrimonio moderno olvidado muestra un momento histórico de la vivienda unifamiliar (casas) moderna en Chile, desde la perspectiva de entrevistas a los arquitectos y mandantes para entender el origen del encargo, y el porqué surge este tipo de arquitectura que yo denomino “segunda modernidad”. Todo apoyado por un completo juego de planos arquitectónicos que permite entender y aprender de cada una de ellas. Poner en valor una arquitectura que no fue difundida en los textos de la época; junto con sacar a la luz a grandes profesionales que no brillaron en su momento, por tratarse de encargos considerados menores frente a los grandes conjuntos habitacionales y proyectos de gobierno como colegios, hospitales y otros programas de carácter social.
Me interesa generar una discusión sobre su valor patrimonial en un momento histórico terrible para el urbanismo, con el crecimiento de las ciudades y la demolición sin control de este tipo de arquitectura para reemplazarla por grandes proyectos inmobiliarios. Un poco más del cincuenta por ciento ya están demolidas o completamente transformadas, por lo que no hubo tiempo ni voluntad de país es conocer su valor patrimonial. La responsabilidad es de los municipios.
¿Existe algún vacío legal que no protege las construcciones que tienen menos de cien años de antigüedad?
No es un vacío legal, es que a nadie le importa y no hay conciencia del valor que se está perdiendo. Somos un país que está obsesionado en que el único valor es el éxito monetario y la cultura no es un real tema de Estado. Por eso, ni siquiera hay algún tipo de posibilidad legal, ya que nunca se ha planteado salvar algo joven para que llegue a ser viejo. Vamos a quedar con un tremendo vacío histórico una vez que salgamos de esta vorágine de crecimiento.
¿Por qué en otros países se protegen las construcciones modernas y en Chile pareciera que no son tan valoradas? Brasil y Argentina sin ir más lejos...
Todo se reduce a dos puntos clave: somos un país ignorante que aplaude el olvido y solamente valora lo nuevo y el futuro. Y nuestra idiosincrasia no permite que valoremos lo que tenemos, por el contrario, lo critica y esconde.
Hay poco conocimiento sobre estos temas...
Es un conocimiento muy específico, reservado a una elite intelectual de la arquitectura. El problema es que no se permea socialmente ni llega a los dueños de estas casas que, en gran parte de los casos, no tiene conciencia de su valor... menos aún el resto de la sociedad, especialmente los arquitectos.
¿De qué forma este libro será un aporte en la ayuda de la valoración y conservación del patrimonio moderno chileno?
El único aporte será contar con un documento que proteja y conserve la historia de lo que ya no está y lo que no estará en el futuro. Es una herencia de conocimiento.