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EDICIÓN | Enero 2014

A comerse el mundo

Margarita Dittborn, artista visual
A comerse el mundo
Demasiado impaciente para dedicarse a la pintura, pero siempre con la idea de hacer arte, encontró en la fotografía y el montaje la mejor forma de transmitir su propio imaginario poético: la histeria, la maternidad y la mirada femenina de querer devorarlo todo desde a estética del barroco y el claroscuro. 
 

por Mónica Stipicic H. / fotografía Andrea Barceló A. y gentileza de Margarita Dittborn.

Es una artista por donde se le mire. Pero lo suyo no son los pinceles ni la escultura. Su forma de aproximarse al color y las texturas nace desde una cámara fotográfica y, sobre todo, desde un computador. Desde ese lugar crea mundos llenos de fantasía, recrea acciones que se agolpan en su cabeza y mezcla elementos que, a primera vista, podrían no toparse en ningún escenario real.
Ranas, conejos, frutas y postres conviven con imágenes de su hijo Amador, con juguetes, mujeres barrocas y paisajes de ensueño. Las escalas no importan; en su obra un hueso puede ser diez veces más grande que un perro y las cabezas pueden ser reemplazadas por tortas o flanes.
 
Margarita es hija de Eugenio Dittborn, uno de los grandes pintores contemporáneos, creador de las pinturas aeropostales, y considerado como un genio por muchos de su generación. “Mi casa siempre estuvo llena de materiales y desde muy chica fui la que mejor dibujaba en el colegio. Fue mi primera manera de comunicarme, mi forma de sobresalir”, comenta.
 
A los trece años descubrió la fotografía y comenzó a hacer tomas en blanco y negro. Por lo mismo, al salir del colegio no quiso estudiar arte y entró a fotografía, donde descubrió que se podía hacer fotos y luego intervenirlas. “En esa época hacía los montajes antes de tomar las fotos y me demoraba como tres meses en cada una, hasta que un profesor me sugirió que usara el Photoshop... con él aprendí lo básico y de a poquito fui aprendiendo sola”.
 
¿Por qué no quisiste estudiar arte?
Porque soy demasiado ansiosa. El proceso lento de la pintura me parecía frustrante y quería resultados más inmediatos, así que decidí aplicar toda esa “cocinería” en las fotos. Quería ser artista a toda costa, me interesaba comunicar cosas internas y descubrí que mi manera de pintar era haciendo fotos basadas en pinturas; inspirándome en el barroco y en el claroscuro podía mostrar mis miradas personales, como la histeria y el apetito por devorarse el mundo.
 
¿Cómo se tomaban en tu familia esta dispersión?
Por suerte fueron bastante comprensivos. Obviamente se preocuparon pensando hacia dónde iba, pero al final me soltaron, me dejaron hacer mi vida sola y eso es lo mejor que pudieron hacer. Cuando uno tiene hambre se mueve mucho más, porque la cuestión del hijo malcriado es súper cierta; los que tienen de todo son emocionalmente menos creativos.
 
¿Recuerdas tu propio proceso de “tener hambre”?
Fue a los veintidós años cuando decidí irme de la casa. Al principio mis papás me ayudaron harto y de a poquito me fueron cortando algunas cosas hasta que pude mantenerme sola. Al principio me daban unas pataletas atroces, porque la vida de independiente mantenida era súper cómoda, pero al final fue un destete respetuoso.
 
¿Cuánto influye ser hija de Eugenio Dittborn?
Soy afortunada porque mi papá no me ha ayudado. Jamás me ha hecho movidas ni me ha presentado a nadie. Y lo ha hecho para no perjudicarme. Ser la “hija de...” es todo un tema, pero yo no voy a dejar de ser artista por eso. No recurro a él, quiero hacer mi carrera sola. Soy admiradora de su obra, pero somos distintos. Mi papá es un artista muy político, con un discurso súper potente sobre lo que significa ser artista y eso es súper generacional. Hoy ser artista tiene que ver más con una cosa de gremio, de oficio, que con un adjetivo calificativo.

 
LA IMAGEN PERFECTA
 
“Empecé haciendo fotos bastante naif, y de a poquito fui incorporando la imaginería barroca. Postulé a un concurso de arte joven en el Mavi y comencé a seguir el circuito que hacen todos los artistas nuevos. Así comienzas a tener reconocimientos y hacerte de un nombre. Después de eso me empezaron a llamar de algunas galerías y hasta ahora he trabajado con Animal, Patricia Ready y Florencia Loewenthal y a instalar mi obra. También me di cuenta de lo que había que hacer para darse a conocer; hago mis propios comunicados de prensa y soy bien matea en ese sentido, porque uno no saca nada matándose para que después nadie llegue a ver tu obra... hay que moverse.
 
¿Cómo es el proceso de una obra?
Dibujo la obra antes, aunque hay cosas que van surgiendo en el camino, pero lo interno y la composición la diseño antes. Tomo fotos individuales de todos los objetos y los voy montando. Siempre bajo la misma luz. No tengo un gran estudio, un terciopelo negro, con luz natural o focos de 500 watts rebotados en la pared. Las fotos comunes y corrientes no son lo mío, no tengo esa cosa “cazadora” de la fotografía ni mucha paciencia... ¡no podría irme a África y esperar horas detrás de un árbol a que pase algo entre el león y la leona! Todas las fotos que uso las tomo yo... a veces tengo que salir a conseguir objetos raros o hay cosas que llegan a mis manos y sé que en algún momento me van a servir. La maicena, por ejemplo, descubrí que es estupenda para hacer nieve... tengo el estudio lleno de cosas, tantas que muchas veces no las encuentro y tengo que comprarlas de nuevo. Me gusta trabajar con música y desorden.
 
En la fotografía no hay contacto con material, ¿eso la hace más rígida?
Puedes ser más rígida y perfeccionista. Hay mucho tiempo para editar y eso significa que puedo transmitir exactamente lo que quiero.
 
¿Cuánto influye tu hijo en la obra?
Mucho, la cosa del amor desmesurado tiene que estar ahí. Es muy loco, pero en todas mis obras hay comida, hay alguien comiendo o deseando comer. Me puse a investigar y a leer antropología, críticas gastronómicas y un libro que se llama La biografía del hambre de Amélie Nothomb y empecé a rayar con el tema. Y me di cuenta de que todo pasa por el hambre de vida y de que nuestra visión como padres en entregarles hambre a los hijos.
 
¿Cómo es la recepción de tus obras?
Muy buena. A los pintores les gusta mucho por todo lo del claroscuro y la naturaleza muerta. Otros la encuentran directamente chora y los niños se fascinan con los objetos. Y, por supuesto, hay algunos a quienes les carga.
 

“En todas mis obras hay comida, hay alguien comiendo o deseando comer. Me puse a investigar y a leer antropología, críticas gastronómicas y empecé a rayar con el tema. Y me di cuenta de que todo pasa por el hambre de vida”.

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