Fernanda abre la puerta de su casa en Curicó y más parece una colegiala risueña que una mujer de veintisiete años que ya lleva mucho camino recorrido en el mundo de la música. De voz suave y mirada serena, recuerda su infancia muy ligada a este mundo porque a su mamá le gustaba guitarriar y más de alguna vez le tocó acompañarla en el coro de la Iglesia. A poco andar, esta niña interpretó a la perfección la guitarra con la que sacaba los acordes de las canciones de Alejandro Sanz o de algún baladista de esos que hacen suspirar con sus melodías románticas.
Sin embargo, para una Navidad recibió de regalo nada menos que una batería. Entre risas recuerda que su vecino le ayudó a armarla y que aún así durante mucho tiempo permaneció en un rincón de la casa sin que nadie la cotizara. Nunca supo por qué sus papás pensaron en una batería para ella, porque la música era un pasatiempo; Fernanda quería estudiar veterinaria.
Pero con el correr del tiempo sus intenciones de seguir esta carrera fueron quedando en el camino y siendo aún alumna del Instituto San Martín de Curicó, decidió viajar todos los fines de semana a Santiago para tomar clases con el baterista Ricardo Ruiz.
Esa experiencia, reconoce Fernanda, fue el empujón que necesitaba para descubrir su real vocación y, sin quererlo, sus papás le habían achuntado “medio a medio” con el instrumento que para aquellas fiestas le obsequiaron. Nunca más se separó de su batería.
Apenas salió del colegio se matriculó en la Escuela Moderna de Música en Santiago y después de estudiar durante cinco años se tituló como intérprete instrumental con mención en batería. Tuvo excelentes notas durante sus años de estudio y reconoce que su perseverancia y responsabilidad sumada a la felicidad y pasión que sentía cada vez que tocaba la batería, la llevaron a tomar el tema muy en serio.
¿Cómo te apoyaron tus padres?
Fueron súper importantes, me estimularon, me dieron total libertad y confiaron en mis decisiones. Se dieron cuenta de lo que realmente me hacía feliz. Nunca me traspasaron el susto que probablemente tuvieron, más de alguna vez, del camino que yo había escogido para mi vida”.
SOUL Y CUMBIA
Fernanda recuerda que en el colegio era más bien una niña tranquila, de poco salir, le encantaba pintar y pasar piola. Prefería las actividades en solitario más que en grupo y se ríe al pensar que hoy integra dos bandas distintas en las que, lo quiera o no, debe tener un rol.
Como una forma de conocer gente y abrir sus horizontes, comenzó a hacer pequeños trabajos extras en distintas bandas cuando recién cursaba el segundo año en la Escuela de Música. Fue en una de esas ocasiones en lasqueconocióaNatalieSantibáñez,bajistade Mamma Soul, quien al ver el talento de Fernanda la invitó a formar parte del grupo. “Aquí hay funk, soul, algo de hip hop, una mezcla”.
¿Cuál es tu rol en Mamma Soul?
Las chicas de la banda ya llevaban varios años juntas y los roles estaban determinados. Tenían claro, por ejemplo, cuál era el tipo de música que querían hacer, cuál era el mensaje que querían transmitir, por lo que yo me he concentrado, desde que estoy con ellas, principalmente en hacer bien mi trabajo y aprender de estas mujeres que son increíbles en lo que hacen. Es toda una experiencia trabajar profesionalmente con un grupo que esta posicionado en el escenario local.
Hoy, Fernanda además de llevar cinco años tocando con Mamma Soul se incorporó hace dos años al trabajo de otra banda femenina que cultiva un estilo que ellas mismas definieron como “cumbia consciente”: La Banda en Flor. “Somosochomujeresquevibramosconel estilo tropical y hemos hecho presentaciones tanto en Chile como en el extranjero”.
El invierno recién pasado realizaron una gira por Europa titulada Abre tu corazón y se presentaron en Alemania, Francia y Bélgica, tocando en doce fechas y cuatro festivales, en donde hicieron bailar a los europeos al ritmo de la cumbia. Estuvieron un mes gracias al financiamiento que obtuvieron de un proyecto que presentaron a un fondo concursable y también a los contactos personales de una de las integrantes de la banda —la francesa Victoria—, quien gestionó la participación del grupo en varios festivales.
AL CIEN
Fernanda se toma su trabajo muy en serio y reconoce que el nivel de exigencia que se ha impuesto es sumamente alto. Todos los días tiene una rutina en la que, al menos durante tres horas, se dedica en exclusiva a ensayar y potenciar todo lo aprendido.
Además de cumplir con las obligaciones que tiene con cada una de las bandas a las que pertenece, también se dedica a hacer clases particulares en una sala que arrienda en Santiago y pitutea cada vez que se le presenta una oportunidad.
¿Difícil el mundo de la música en Chile?
Es que muchas veces tienes que ir abriéndote camino, golpeando puertas, pidiendo que te escuchen y aceptar tocar en un hotel, en bares o en fiestas particulares, en donde tienes que dar al máximo. Mi trabajo es como el de un deportista de alto rendimiento: nunca se puede perder el training, la disciplina es fundamental, debes estar siempre preparado. El esfuerzo y la responsabilidad son claves a la hora de ir armando una carrera como músico profesional.
¿Vivir de la música?
Se puede vivir de la música, pero debes estar súper comprometido y realmente motivado para lograr ser el mejor. El ambiente artístico nacional es bastante duro, sin embargo, creo firmemente que es posible ir haciéndose de un nombre en el medio; pero hay que estudiar muchísimo.
¿Te gustaría seguir perfeccionándote?
Por supuesto, ahora estoy en eso, buscando siempre nuevas posibilidades, tomando clases nuevamente con Ricardo Ruiz. También me encantaría poder ir a estudiar afuera, al extranjero, a Los Ángeles o Boston. No lo descarto para nada, pero no es fácil; hay que ir evaluándolo de a poco.
¿Cómo es tu día a día?
Intento tener una rutina, me levanto temprano, voy a estudiar, hago clases a niños y adultos con dos baterías armadas y todo lo necesario para aprender y practicar. Realizo ejercicios diarios de técnica, estudio con cronómetro en mano, soy súper cuadrada, reviso partituras y siempre estoy tratando de sacar nuevos temas. Hay que demostrar que uno es bueno en lo que hace y promocionarse, mostrar mi trabajo constantemente, porque hay muchos músicos igual de buenos.
¿Hay mucho ego en este negocio?
Sí, mucho, pero también hay harta camaradería entre los músicos. Uno recomienda a sus amigos cuando le preguntan. Hay más problemas con los productores que ven en esto el gran negocio, tienen los contactos, el músico depende muchas veces de quienes los representan. A nosotros no nos enseñan a negociar, cuesta venderse y hay veces en que las cosas se hacen de palabra, sin contratos de por medio, pura confianza.
¿Hay algún baterista que sea tu referente?
Vinnie Colaiuta es increíble, le graba los discos a Alejandro Sanz. También está una niña que ganó un concurso como la mejor baterista del mundo, la contacté por Facebook y pude juntarme con ella en Las Vegas este año. Es chilena, estudió en Valparaíso y después se fue a Estados Unidos a vivir, se llama Valeria Sepúlveda.
¿Cómo te proyectas en diez años más?
No lo sé, prefiero no pensar mucho en el futuro. Antes quería viajar por el mundo y tocar. Como no estoy emparejada no es tema por el minuto armar familia y ese tipo de cosas. Por ahora, como me independicé hace poco, vivo el día a día, pero estoy contenta. Todavía no me arrepiento. No me veo haciendo otra cosa. No podría estar detrás de un escritorio marcando tarjeta. He tenido suerte, ahora incluso hay tres marcas que me están auspiciando, Mapex, Gibraltar y Remo, todas ligadas al mundo de las baterías.
¿Qué se viene para fin de año?
Además de lo programado con las bandas, van saliendo pegas en municipalidades que hacen shows para la gente de su comuna. También hacer reemplazos si es que van apareciendo. Con La Banda en Flor estamos pensando también en hacer mini giras por el país y tenemos en carpeta la grabación de un segundo disco. Y con Mamma Soul vamos a aprovechar de reordenarnos y decidir si armamos un nuevo disco o planificamos un disco en vivo después del gran éxito que tuvimos con Raza el 2012.