Su fuerza creativa es arrolladora. La inspira el mar, el bosque, la naturaleza. La inspiran las iconografías ancestrales de las culturas originarias de nuestro país. Y si bien lo suyo se dio desde siempre, lo de jugar con barro, hacer castillos de arena y mezclar los elementos con sus manos, no supo hasta que estaba en la universidad que dos tías tatarabuelas habían sido loceras. “Ahí entendí que lo mío venía en los genes, que formaba parte de mi ADN”, comenta desde su taller en Zapallar.
Acaba de exponer, por tercer año consecutivo, en Manos Maestras, una feria de artesanía de gran factura en Viña. Y está feliz. No solo porque le pidieron hacer el discurso inaugural, ni por el éxito que tuvieron sus obras de cerámica gres, sino por la conexión que genera con las personas. Sin ir más lejos, ya la invitaron a participar de la segunda versión de Pura Cerámica de Santiago que será en mayo.
Es un material que me identifica mucho. De chica jugaba a hacer pasteles de barro, metía las manos en la greda, siempre andaba arriba de los árboles, tenía mucho contacto con la naturaleza. El hacer castillos de arena en la playa y luego esa misma arena llevarla para la casa y mezclarla con barro era muy entretenido y fueron los primeros pasos de lo que vendría después.
CALÉTNICA
Fue cuando salió de la Universidad de Valparaíso —donde estudió diseño industrial y se enamoró de la cerámica— y se enfrentó al mercado laboral, que empezó a tejer la idea de emprender sola y tener su propio taller. Ni corta ni perezosa, comenzó a postular a diversos fondos concursables, como el Capital Semilla y CORFO, que terminó ganando el 2011 y nació Calétnica (
www.caletnica.cl).
Y aunque ya había egresado, su profesor, Diógenes Farris —su guía y mentor— la instó a seguir yendo a la casa de estudios porteña a experimentar con la cerámica, a crear moldes, pastas y esmaltes. A probar diversos óxidos. A seguir aprendiendo. El laboratorio de cerámica continuó siendo su segunda casa. ¿Qué pasa si altero la temperatura de la cocción?, se preguntaba, ¿cómo me quedarán los esmaltes si los quemo más?, ¿y si los pinto con un pincel?
La experimentación fue y ha sido clave en su proceso creativo, porque Marcela no hace lo que el común de los ceramistas, que es comprar la pasta, sino que ella misma la crea en su taller. “Tengo pastas exclusivas hechas con óxido de manganeso”, comenta con un dejo de orgullo.
Y así como no compra pastas, tampoco compra moldes ni esmaltes. En su taller es ella la creadora de todos sus productos. Los estantes exhiben alcuzas con diseño hechas de pasta de cerámica gres blanca con óxido de manganeso y fierro, jarrones, copas, pocillos, fuentes para cóctel, vajillas completas, floreros, teteras. Cerámica utilitaria trabajada con óxido de fierro, de cobalto, de cobre, de cromo. Objetos de diseño con diversas texturas. Maravillosas creaciones en tonos tierra modelados a mano.
¿Cómo es el proceso?
Es largo, arduo y las manos sufren. Primero hago la pasta cerámica que luego pongo en un molde. Luego de un par de horas la saco y dejo que se seque. Este proceso puede durar entre una y dos semanas, dependiendo de la temperatura ambiente. Una vez seca, la pinto y decoro con distintas técnicas, como el esgrafiado y la llevo al horno a mil grados para su primera cocción. Una vez que sale del horno la pulo con lija de madera y le aplico esmalte pigmentado con óxidos metálicos, por eso los colores son naturales. Ya esmaltada, la pieza va nuevamente al horno a mil doscientos grados ¡y listo!
¿Qué te inspira para crear?
La naturaleza, estar en el bosque o en mi jardín. Me encantan las formas orgánicas y dibujar formas o ilustraciones que tengan que ver con flores y árboles.
PROPUESTA EXPERIMENTAL
Buscando rescatar nuestras culturas ancestrales ligadas a la cerámica, Marcela fue experimentando hasta encontrar su propio sello. Un sello permeado con reminiscencias, pero con un trabajo creativo detrás que ha ido evolucionando. “Si no experimentas no llegas a nada nuevo”, sentencia.
¿Cuál es tu obra emblemática?
La línea con grabado me encanta, es lo último que empecé a hacer este año y que se llama esgrafiado. Ahí salió toda mi creatividad, rescatando iconografías ancestrales pero poniéndole harto de mi cosecha.
El origen nativo de las piezas de Marcela, esas que rescató tras un estudio intensivo de la cultura Aconcagua para su proyecto de título, sus formas y colores, estarán este verano en su taller, en Zapallar (Roberto Ossandón 66), y en un stand en la caleta, al lado del Chiringuito.
Y mientras nos abre las puertas de su taller junto a Isabela, su hija y fan número uno, dice que los extranjeros rayan con el arte precolombino, que lo suyo no es más que un aporte a nuestras raíces y que espera seguir creando arte. Como hasta ahora.