Se fue Ángel Parra, el guitarrista histórico de Los Tres, la banda más relevante del rock chileno de los noventa, reagrupada hace siete años tras un largo receso. De los cuatro miembros originales, solo quedan el líder Álvaro Henríquez y el bajista Roberto “Titae” Lindl. El batero Francisco Molina se marchó en 2000 cuando entraron en pausa, y el adiós no fue amistoso. En ese periodo, Henríquez no se recluyó sino al contrario, lució más activo que nunca. Formó Pettinellis, se lanzó como solista, produjo a Los Bunkers y José Alfredo Fuentes, e integró pasajeramente Los Prisioneros. Con Pettinellis tuvo éxito, pero no pasó mucho con la edición del primer disco bajo su nombre, publicado en 2004. En su círculo interno se comentaba que el álbum sería considerado una genialidad en diez años. Corrió el tiempo y no. Sigue siendo intrascendente.
Desde el retorno oficial sin Molina, Los Tres editaron Hágalo usted mismo (2006) y Coliumo (2010). El primer título mostró a un grupo repetitivo, acostumbrado a sus fórmulas. La palabra exacta: achanchado. La segunda producción tuvo nula repercusión. Un gran contraste con lo que sucedía en los noventa cuando sus lanzamientos eran verdaderos sucesos, en una generación que veía en ellos a los paladines del rock post dictadura.
En vivo, Los Tres continúan como un gran número, pero hay algo que parece haberse consumido en ellos. Su existencia musical cuelga directamente de la nostalgia, a pesar de ser músicos en la medianía de los cuarenta. Este año prometen grabar y girar fuera de Chile. De ese disco depende si aún tienen algo que decir como artistas, o es solo un conjunto descascarándose
inexorable, y que ya entregó todo cuanto podía.