AÑOS DE APRENDIZAJE
El salitre comenzó a producirse industrialmente en el año 1830 y su cuna fue la región de Tarapacá. Sólo en 1866 se levantaron las primeras oficinas en Antofagasta. Durante el ciclo de cien años, se construyeron alrededor de doscientas oficinas. El desierto se llenó de voces humanas. La mayoría de los migrantes eran campesinos del Chile Central y del Norte Chico. El funcionamiento de la industria les exigió un cambio de vestimentas. y un lenguaje diferente: las palabras fichas, administrador, pulpería y compañero, ampliaron su modesto vocabulario.
Desde su incorporación a la industria del abono, debieron soportar los abusos de sus nuevos patrones: jornales minúsculos a pesar de la agotadora y peligrosa faena, horario de trabajo de doce y más horas, pulperías voraces que mermaban sus jornales. El campamento era una cárcel, que coartaba la libertad de pensar y decidir.
Para aminorar sus sufrimientos, los trabajadores se organizaron en Sociedades de Socorros Mutuos. Con pequeños aportes en dinero, estas instituciones se preocuparon de mejorar la vida de sus socios: remedios para los enfermos, escuelas nocturnas para educarlos, ayuda para defunción de socios y familiares, bailes en las filarmónicas para recrearlos.
Su afán era compartir, ayudar y socorrer. No contemplaban acciones para defenderlos de las injusticias de los empresarios y del gobierno de turno.
ATISBOS DE REBELDÍA
Los años no pasan en vano. El paso del tiempo es un buen pedagogo. Poco a poco, el obrero fue madurando en su conciencia de ser una nueva realidad social. Ayudaron a la gestación, las prédicas de los grupos anarquistas y del partido Democrático. Pero fueron los trabajadores portuarios quienes se adelantan en la defensa de los obreros. La formación de organizaciones de portuarios, aprendieron a protestar y rebelarse contra empresarios y gobiernos. En Iquique, en 1892, nace la Gran Sociedad de Unión Marítima. En 1894 se organiza en Antofagasta y finalmente, en 1896, en Tocopilla. Aunque suene a anecdótico, la famosa artista, Sarah Bernardt, llegó a Iquique el 16 de noviembre de 1886. Los lancheros esperaban tener el honor y las ganancias por trasladarla a ella y su comitiva, al muelle de desembarco. Al fondear el barco, el gobernador marítimo se les adelantó y bajó a la Bernardt en su embarcación. De inmediato los lancheros declararon una huelga.
Al término del siglo, en Iquique se formó una nueva institución proletaria. A comienzo de 1900, en El Tarapacá se publicó un manifiesto que declaraba que “los que suscriben, obreros, reunidos en conferencia acordaron organizar en Iquique y extensivo a toda la República”. Concluye el manifiesto con un llamado a los trabajadores: “compañeros alzad y dad paso en la lucha por la existencia”. Firman Abdón Díaz y Maximiliano Varela, presidente y secretario respectivamente.
En su organización, la Mancomunal actúa como sociedad de socorros mutuos, sin embargo “para ser miembro —decía el reglamento— se requiere pertenecer a la clase obrera”. La obra de la institución se tradujo en la edición de un periódico: El Trabajo; participó y organizó huelgas, al tiempo que una carreta recorría las oficinas vendiendo alimentos a bajos precios. Un órgano diferente abría el camino al sindicalismo.