Día a día Cristina Loosli sigue al pie del cañón, en su oficina de la tienda de Casa Loosli, el negocio de lámparas y electricidad que fundara su abuelo Federico Loosli Yordi, llegado de Suiza en 1903.
Junto a su mujer, Federico Loosli inició el negocio hace ciento siete años, el que sería continuado por su hijo Osvaldo Loosli Geissbuhler. Él se enfermó y asumió su mujer Odette Andueza, y después su hija Cristina. Siendo aún muy joven, Cristina nunca pensó en hacerse cargo del negocio, pero las vicisitudes de la vida la hicieron, desde los diecinueve años, primero ayudar a su mamá y luego irse quedando por treinta y cinco años, de los cuales los últimos siete han sido de su total responsabilidad.
Sin embargo, ella quería viajar y vivir en el extranjero, para eso estudió para intérprete. Su formación en el colegio francés Charles de Gaulle, donde aprendió inglés y francés, la ayudó, sin embargo sus sueños personales quedaron atrás y como heredera del negocio tuvo que hacerse cargo. Hoy administra la tienda de sol a sol y aclara que lo más importante es seleccionar bien al personal. “Los dependientes son esenciales, ellos son la cara visible con el público. Deben ser entendidos en todos los productos y mecanismos eléctricos, además de mantener un excelente trato con el cliente”, afirma.
Para quienes vivieron los años ochenta es inevitable no acordarse del Portal Loosli, en calle Barros Arana antes de llegar a Rengo. Por cincuenta años, llamó la atención la renovación de las vitrinas, en tiempos en que ningún negocio ponía demasiado entusiasmo en ellas. Inolvidables los escaparates con los primeros tubos fluorescentes o hermosas lámparas de lágrimas. Y siempre en Navidad, las últimas tendencias en decoración, como los primeros árboles artificiales, plateados o dorados, juegos de luces y adornos, cuando a Concepción aún no llegaba la ola asiática de productos que se repiten en todos los aparadores.
Y cómo no recordar el edificio especialmente construido para albergar tres pisos de lámparas, que se veían desde calle Chacabuco al llegar a Prat, entre 1995 y 2000. Pero el terremoto terminó de destruir el edificio que finalmente tuvo que demolerse. Hoy sirve de bodega.
¿Cómo recuerdas tu infancia?
Feliz, con mis padres, mi abuelita materna y mis hermanos. Practicaba atletismo en Concepción durante el año académico. Todas las vacaciones las pasaba en el campo de la familia, cerca de Angol, andando a caballo (a pelo, con montura chilena, inglesa o con montura para mujer, sin riendas, como fuera), bañándome en el río, jugando y leyendo. Pero una tragedia nos golpeó ferozmente: cuando yo tenía nueve años, mi hermano Alfredo, de doce, falleció en un accidente a caballo.
¿Qué te gusta o motiva del negocio de las lámparas?
En un principio fue ayudar a mis padres a sobrellevar una difícil época debido a serios problemas de salud; luego, continuar con el negocio iniciado por mi abuelo paterno en 1903, que significaba mucho para mi familia. Por último, nuestros incondicionales y antiguos clientes que nos visitan en forma constante son un gran incentivo para mantenernos al día, con una gran variedad de productos, bajos precios, atención personalizada y novedades.
Las lámparas son un lindo rubro, que conozco al revés y al derecho.
¿Por qué el centro no ha logrado reactivarse?
Pienso que el centro de Concepción tiene un gran flujo de público, pero lamentablemente las condiciones no están dadas para que sea precisamente un agrado salir de compras.
¿Cómo te gustaría que fuera el centro penquista?
Seguro, limpio, sin comercio ambulante y con más estacionamientos a un valor muy inferior al actual.
Fueron los primeros en traer juegos de luces, adornos y árboles de Navidad...
No solo con los artículos de Navidad fuimos los primeros; también Casa Loosli fue pionera en la iluminación fluorescente. Es un orgullo formar parte de una tradición centenaria y perseverante.
¿Te ha afectado la llegada de otras tiendas del rubro?
Siempre la aparición de nuevos locales produce cierto temor, pero la experiencia y el correr de los años me han demostrado que nuestra clientela es fiel a nosotros; además, así como hay más locales, también aumenta la población consumidora.
¿Tienes algún pasatiempo?
Mi afición, desde hace muchos años, es el negocio. No me doy el tiempo para ningún otro.
Si tuvieras más tiempo, ¿qué harías?
Dedicarle tiempo a mi familia, a mi casa, a mis amigas, viajar, leer y hasta a ¡vitrinear! Viviría en el campo con caballos, perros, gatos y animales de granja.
Sin embargo, Cristina empezó a hacer realidad su sueño. Hace algunos años, ella y su marido, Claudio Durán, adquirieron una casa de campo lejos de la ciudad donde Cristina logra desconectarse de su trabajo, aunque sea un día a la semana. Este lugar es lo más cercano a su infancia en el campo, con galerías y un gran jardín. El centro de reunión de la familia, donde vive con sus dos hijos Natalia (24) y Daniel (19); y los fines de semana recibe la visita de los hijos de su cónyuge.
Sin duda, Cristina es una mujer fuerte, luchadora, entusiasta, y a la vez un poco tímida, cercana, simpática y sensible, que aún se conmueve con el recuerdo de la muerte de su hermano, ocurrida en su niñez. La reina de un imperio heredado y sin herederos, porque ninguno de sus hijos quiere seguir en esta senda. Han visto por años a su mamá trabajar de diez a veintidós horas todos los días, hasta el sábado, y no quieren eso para sus vidas.
Cristina no tuvo la opción de ellos, de negarse, pero quizás en un futuro la veamos volar a esos países entrañables, recordando los idiomas algo olvidados en su memoria o en su campo rodeada de nietos. Lo que sí está claro es que su sonrisa cálida y su palabra siempre amable la acompañarán para siempre.