Nadie recuerda un embajador con sus características. Es más, casi nadie recuerda el nombre de algún embajador que esté o haya estado en nuestro país. Acostumbrados a la diplomacia del protocolo y la pompa oficial, la llegada de Benjamin a Chile causó bastante revuelo.
Las razones saltan a la vista: es joven, despeinado, mediático, tuitero furioso, amante del rock, hincha del fútbol y muy divertido. Todas características que parecen corresponder a un artista o, en el mejor de los casos, a un político visionario, pero jamás a un embajador, ni mucho menos a uno que representa a una de las monarquías más tradicionales del mundo.
Lo suyo es “refrescar la diplomacia”. Lo ha dicho varias veces y lo repite cada vez que uno le pregunta por su estilo de gestión. “Depende de otros juzgarme para bien o para mal. No soy el único entre los embajadores británicos que tratan de hacer lo mismo, involucrarse en la realidad, tratar de bajar a conocer el ‘lado B’ de la ciudad en que uno vive y no quedarse solo en las elites... sería mucho más fácil no arriesgar nada, pasar cuatro años sin pena ni gloria y asegurarse de no meter la pata, pero eso a mí no me interesa, prefiero correr algunos riesgos y lograr contactos concretos con la gente”.
Claro, me encantaría conocer a la persona que no cometa errores. Lo que pasa es que no se puede meter la pata sin moverla, si uno se queda estancado y pasivo puede ser que nada pase. A lo mejor hay un par de tuits que no debiera haber emitido, o a lo mejor debería haberme metido antes en el mundo de las redes sociales... pero en general me voy tranquilo con mi gestión.
Hablar de Twitter con Jon Benjamin no es menor. Con más de veinte mil seguidores se ha transformado en una verdadera autoridad al respecto. No solo porque postea varias veces al día y comparte fotos de sus actividades, sino porque replica comentarios que recibe y responde decenas de preguntas al día de todo tipo de temas: migratorios, deportivos, idiomáticos, entre otros. De hecho, lo único que pide encarecidamente es que no olvidemos mencionar su nombre de usuario en Twitter
@jonbenjamin19; a estas alturas, su sello personal. “La verdad es que respondo el veinte por ciento de los mensajes que recibo, si no estaría trabajando a tiempo completo en eso... No me interesa dedicarme a hablar solo de grandes temas, que por lo demás son imposibles de ahondar en ciento cuarenta caracteres. En Twitter no actúo, me muestro tal cual soy”.
Y ese mostrarse tal cual es implica reconocerse melómano y fan de legendarios grupos británicos. Reconocido seguidor de los Rolling Stones, tiene una historia de más de veinte años de amistad con sus integrantes; también se ha preocupado de reunirse con cada uno de los artistas ingleses que han visitado Chile, organizando actividades con Roger Waters, Cold Play y, hace solo un par de semanas, compartiendo el Five o’clock tea con Cat Stevens. “Tiene que ver con promover la marca país, apalancar a los grandes artistas en pos de nuestros propios objetivos, porque ellos tienen niveles de alcance imposibles para nosotros”.
Fanático del West Ham United, agradece haber llegado a un país futbolizado, donde es posible ver el fútbol inglés en vivo a través del cable y participa lo más posible en actividades que tengan que ver con el deporte. “Aunque también debo estar disponible para actividades que no son de mi completo gusto, como la ópera y el ballet”.
¿Este estilo implica que la diplomacia más clásica está en retirada?
No, la diplomacia de antaño no ha dejado de existir, solo son plataformas distintas para hacer las cosas, lo que yo llamo la Diplomacia 2.0, más pública, más vinculada con las personas. Hemos hecho un gran trabajo de intercambio, logramos entrar con más de veinticinco marcas de retail británica como Virgin, Oasis y Dyson. Nuestro trabajo no es pura diversión... tiene metas concretas, que pasan por incrementar el intercambio comercial entre los países.
TIEMPO DE DESPEDIDAS
Por la casa del embajador se pasean Condorito y Yayita. Son los gatos que adoptó en Chile y que, aunque no se han enterado, también partirán de nuestro país en febrero.
Por el jardín también pasea Louis, el hijo de un año que tuvo con Carolina Vásquez y que es la gran razón por la cual su paso por Chile resultará absolutamente inolvidable.
A los cincuenta años esta es la sexta destinación de Benjamin. Antes ya estuvo en Suecia, Turquía, Indonesia y Estados Unidos en una carrera que ya suma casi tres décadas. Por lo mismo, asegura estar condicionado para hacer maletas e irse: “Es lo normal y me siento listo para partir. Tienes sentido político porque además hay cambio de mando y corresponde un nuevo embajador para un nuevo gobierno”.
Pero hoy no parte solo... hay una familia que tiene que estar disponible para hacer maletas y partir.
Sí, pero mi pareja también tiene la experiencia de haber vivido afuera. Yo me quiero ir, no por no querer quedarme, sino por avanzar en mi carrera. La gestión acá ha sido bien evaluada y eso me significó un ascenso... todavía no puedo hacer pública mi nueva destinación, pero está claro que es un país cuatro veces mayor en términos de la planta a mi cargo. La diplomacia tiene un ritmo intenso e intensivo.
Pero habrá algo que echar de menos de Chile...
Sí... esta casa y el equipo de trabajo de la embajada. Obviamente hay sabores y lugares, pero soy capaz de no mirar hacia atrás ni comparar. Es un truco psicológico que uso para poder dejar los lugares. En todo caso, hay una familia que se queda acá, por lo que necesariamente vamos a tener que volver. A los amigos uno se los lleva, de hecho, sigo contactado con amistades de mis capítulos anteriores.
El ritmo de vida diplomático se complica más con hijos... ¿ha pensado en eso?
Soy padre hace muy poco, pero la intención es seguir adelante hasta jubilarme, lo que pasaría en unos quince años más. Una edad en que todavía es posible mover a los hijos. Después de eso probablemente me asiente en alguna parte... podría ser en Chile, pero eso dependerá del estado del Estado en ese momento.
A poco de partir, ¿es posible hacer balances?
Cuatro años es muy poco en la vida de un país. Pero si sé que este se ha convertido en mi país adoptivo y hoy lo veo más abierto, tolerante y siguiendo su camino al pleno desarrollo, pero abriéndose a más exigencias. El balance es más que positivo.