La virtud no se enseña, como tampoco el genio. La idea que se tiene de la virtud es estéril, y no puede servir más que de instrumento, como las cosas técnicas en materia de arte. Esperar que nuestro sistema moral y nuestras éticas puedan formar personas virtuosas, nobles y santas es tan insensato como imaginar que nuestros tratados de estética puedan producir poetas, escultores, pintores y músicos”.
“No hay más que tres resortes fundamentales de las acciones humanas, y todos los motivos posibles solo se relacionan con estos. En primer término, el egoísmo, que quiere su propio bien y no tiene límites; después la perversidad, que quiere el mal ajeno y llega hasta la suma crueldad; y por último, la conmiseración, que quiere el bien del prójimo y llega hasta la generosidad, la grandeza del alma. Toda acción humana debe referirse a uno de estos tres móviles, o a dos a la vez”.
Los dos párrafos anteriores corresponden al pensamiento del filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) en relación con la conducta del alma humana, y es el intento de tender un puente entre el Cristianismo y las grandes religiones orientales como el Budismo, el Taoísmo y el Vedanta.
Cristo, Rey de reyes, que bien pudo nacer en la capital del imperio, Roma, en el mayor palacio de los Césares, escogió, en cambio, nacer en Belén. En un paupérrimo pesebre. Y desde ahí, desde abajo, cambiar el alma de la humanidad. Todo el Evangelio apunta a esto, y las grandes religiones se asientan hacia lo mismo: cambiar el alma humana. Limitar el egoísmo y la perversidad y fortalecer la conmiseración o misericordia, para potenciar la generosidad.
Por eso que los tres Reyes Magos fueron los primeros en ir a saludar el nacimiento del Mesías, con sus simbólicos regalos de: Oro (incorruptibilidad); Incienso (espiritualidad) y Mirra (salud).
¡Muy feliz Navidad!