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EDICIÓN | Marzo 2012

Cool Kitsch

Tendencias decorativas

Colores fuertes, imágenes religiosas, colecciones de antigüedades, muebles de antaño tapizados de forma moderna, otros pintados en diferentes tonalidades. El kitsch es lo contrario del minimalismo. Es decir, el lema de esta corriente —criticada por muchos como una apreciación irónica y ridícula del arte— sería: mientras más, mejor. Atento, porque hoy el kitsch está de moda.

Por María José Pescador D. Fotografías: Danny Bolívar U.

Proveniente de los años ochenta, esta corriente fue muy criticada en sus inicios, ya que no correspondía a ningún estilo del interiorismo o, más bien, no solo no correspondía, sino que, además, copiaba otros géneros de la decoración, pero con muy mal gusto. Y es que, claro, lo elegante era lo ostentoso, pero sin mezclar estilos, y sin amontonar de todo un poco; el boom del minimalismo o el arte retro de los años sesenta, se oponía fuertemente a la acumulación de objetos sin sentido, lo que hoy para muchos es arte y una forma de vida, desde el vestuario hasta la decoración de la casa, el “estilo kitsch” está en boca de todos.

Sí, porque “dime cómo te vistes y te diré cómo es tu casa”, es un dicho que también se ha popularizado entre la población. Por ejemplo, la comunidad japonesa es absolutamente kitsch. Tienen cantidad de objetos que podrían parecer inútiles, pero que ellos consideran para la buena suerte, además de ser, para algunos, bellos objetos inútiles pero tremendamente decorativos.

El objeto que podríamos decir está en la cumbre de lo kitsch son los famosos maneki-nekos japoneses. Esos gatos dorados, negros o blancos que mueven un brazo eternamente. Nada más hay que ver de dónde vienen las famosas “tribus urbanas”: de Japón, jóvenes con el pelo largo, de colores, que se pintan la cara y andan con la ropa más extraña del mundo, fanáticos del animé. Muy recargados. Eso es el kitsch. ¿Para qué desperdiciar una pared con un solo cuadro, cuando podemos ponerle veinte, todos coloridos, algunos con marcos rococó, dorados, acompañados por otros de diferentes formatos, coloridos y estilos?

Hoy el kitsch está en boga. Atrás quedaron las opiniones de algunos críticos posmodernos sobre esta corriente: “es una imitación estilística de formas de un pasado histórico prestigioso”. Otros expertos, en busca del inicio de esta tendencia, buscaron respuesta en el arte decorativo desarrollado a principios del siglo XX, y cuya teoría dice que esta se compuso a partir del inmenso auge que tuvo la industria de Hollywood en aquella época. Entonces llegó a Estados Unidos una migración de gente adinerada que quiso parecerse a la clase superior europea y decoraron sus casas mezclando “caóticamente estilos como el barroco, florentino, gótico y rústico”, según el diccionario de la real Academia Española.

Y así es, porque este estilo todo lo permite: mezclar el art decó, con lo campestre, lo moderno, lo sónico, el rústico, el Luis XV, Normando, Chippendale, y muchos otros. La gracia y lo difícil, pero por otro lado entretenido, está en saber reunir todo el conjunto bajo un mismo techo, provocando una armonía acogedora. Porque el kitsch tiene mucho de romántico, de accesorios, de desorden “ordenado” y de colecciones de todo lo que se quiera.

<strong>PARQUE DE LOS REYES</strong>

Este es el lugar indicado para los fanáticos de esta corriente, ir a darse una vueltecita por el Parque de los Reyes para ver, comprar u cotizar cuanta antigüedad se encuentra en este tremendo galpón a un lado de la estación Mapocho en Santiago. Ahora, si se es más busquilla y se buscan cosas más específicas, recorrer el barrio Franklin de la capital es toda una aventura.

En las fotografías podemos ver un living compuesto de sillones redondeados con patas de madera estilo Reina Ana, tapizados con tres colores distintos de felpa: negro, turquesa y otro a rayas. Al medio, una moderna mesa de cuero marrón; a un lado, una vitrina art decó con los cajones pintados celestes y algunas terminaciones en rojo fuerte. Dentro de esta vitrina, está el tesoro de lo kitsch: colecciones de distintos pesebres traídos de cuantiosos viajes, artesanía panameña y colombiana, los famosos Equecos bolivianos —dioses de la abundancia— en todos sus tamaños, tacitas rosadas bañadas por dentro en oro, y una tremenda colección de vírgenes y figuras religiosas arregladas con plumas, perlas, rosas de género, brillantina y lentejuelas. Lo más destacable: tres chanchos de cerámica, pitados dos de ellos en fucsia con imágenes religiosas y hasta ¡pestañas postizas!.

Arriba de la vitrina, en la pared, se le quiso dar un toque más autóctono al espacio, colgando antiguas muñecas, algunas sin enmarcar, otras con marcos de madera. Un crucifijo de metal y grabados de mayor tamaño en tonos rosados con marco plateado y otro en tonos amarillos con marco dorado.

A un lado de la vitrina, un mueble original de estilo Chippendale —hay dos iguales en la casa—, raspado con vidrio por un ebanista enamorado de su trabajo, y quien también lo tapizó en un terciopelo verde pastel. Sobre este un cuero de vaca en blanco y negro y un cojín de tela brillante con la imagen de la virgen de Guadalupe. Al otro lado y pegado a la pared principal, un buffet normando en cuya superficie se instaló una manta boliviana en tonalidades rosadas. Arriba, viejas radios, moldes de madera de antiguos de zapatos, dos sifones, uno rojo y otro turquesa, y un teléfono rosado, todo traído de la feria de Palermo en Buenos Aires. Una colección de pisapapeles de vidrio, una mamushka brillante y un macetero fucsia con flores plásticas en amarillo y rojo.

Arriba del buffet, la colección de pintura: varios cuadros de artistas reconocidos, todos dispuestos sin orden claro, cumpliendo con el “desorden ordenado”. Todos con marcos diferentes, la mayoría comprados en el barrio Franklin de la capital. Aquí se conjuga lo moderno con lo antiguo, marcos dorados de estilo rococó, con otros metálicos y negros. Al medio, el cuadro principal: un tejido colombiano, alrededor cinco pinturas de José Santos Guerra, otros tres grabados de Gonzalo Cienfuegos, y el toque moderno lo dan los grabados de Alexandra Domínguez. Además de autoras reconocidas en la región de O´Higgins como Ingrid Gorigoitía, María Paz Rodríguez, Luz María Vicuña y Beatriz Zapata.

<strong>ROMÁNTICO Y VANGUARDISTA</strong>

El comedor de la casa es todo lo contrario al living. Una mesa de diseño Le Corbusier, cuya cubierta es un ancho cristal templado en negro. ¿Dónde está lo kitsch? En las sillas de acrílico también de diseño, y todas de diferentes colores. Y más atrás, en la lámpara con base de trípode y pantalla de plumas sintéticas blancas. Y, cómo no, el cuadro con una manta peruana, encima de una seda negra y un marco rococó en verde agua. En un rincón un mueble negro, campestre, con máquinas de escribir antiguas y pocillos enlozados. En la pared, espejos cuzqueños y una virgen de yeso. <br /> La sala de estar se compone de un gran sillón moderno, con dos separadores de ambientes en verde claro y otro traído de Tailandia, en donde cuelgan piedras y peces de colores. En las cortinas, mariposas de crin. Cojines coloridos y dos sillas de niño del clásico modelo ultra vanguardista diseñadas en los años sesenta por Verter Panton para Vitra.

En otra pared, muchas ilustraciones coloridas de la artista inglesa Jane Duhart, amante del estilo kitsch, en donde destacan las mujeres con cerdos en las manos y fondo rojo, y las figuras de animales. Abajo, un sillón Reina Ana original, tapizado con un género a rayas. Un velador art decó celeste con una flor naranja de manilla, una lámpara de vidrio con fondo rojo. Un cojín de la virgen de Guadalupe, tejido y decorado a mano. Más allá, un peinador art decó rodeado por sombreros de colección.<br /> La terraza con muebles vanguardistas de fierro negro y cojines repletos de color hechos en patchwork. La mesa de superficie rosada y patas en rojo mandarín, es estilo Normando al igual que las sillas suavemente patinadas al albayalde con tapiz floreado. Más allá, un mueble campestre turquesa con objetos floridos, un buda en madera, velas, botellas antiguas y maceteros de lata.

<em><strong>El objeto que podríamos decir está en la cumbre de lo kitsch son los famosos maneki-nekos japoneses. Esos gatos dorados, negros o blancos que mueven un brazo eternamente.</strong></em>

 

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