En Inglaterra, las ventas de vinilo han sido las mejores en diez años. El Soho londinense tiene hace rato disquerías donde los long play recuperan posiciones en los anaqueles, relegando a los cedés al fondo, una escena inversa a la vivida entre fines de los ochenta y el arranque de los noventa.
Lo mismo pasa en Rasputín de San Francisco y Amoeba de Los Ángeles, tiendas con ofertas de vinilos para emocionarse. Por acá se paga casi el doble por un disco que en Estados Unidos. Y, claro, no sirve de nada la placa si no hay dónde escucharla, así que a comprar tornamesas o recuperar un viejo tres en uno.
Hay mucho esnobismo en todo esto, pero aún más evidentes son los colmillos de las discográficas ante una posibilidad de ganancia, a través de un formato del siglo XIX. Es la reacción del integrante más lerdo de la industria de los espectáculos, el que peor frente hizo a las nuevas tecnologías, movilizándose con la agilidad de un hipopótamo para revertir la caída en las ventas en las últimas décadas. Por lustros culparon a la piratería, pero estudios de este año de la London School of Economics dejan clarito que los sellos y productoras lucen cuentas saludables. Más aún, las ganancias vía formatos digitales, streaming y las giras, compensan las pérdidas por formato físico.
Durante medio siglo, los grandes sellos se limitaron, primero, a vender discos y, luego, a producir videos para MTV. No había más ciencia ni progresos en otros sistemas de promoción. Artistas gigantes como Metallica, provenientes del underground con un público campeón para el pirateo, hicieron el ridículo reclamando contra las descargas. Hoy se vive la paradoja de un nuevo ingreso económico mediante un sistema del pasado. El círculo gira y queda en el mismo lugar.