Del reciente siglo pasado nos interesa reflexionar, desde el arte, sobre aquellas corrientes estéticas que surgen como reacción al arte tradicional, en la medida que este tiende a lo bello y es realizado con materiales nobles.
Indudablemente, como las manifestaciones artísticas reflejan el devenir del comportamiento humano, en este siglo devastado por las guerras y los individualismos, aparecen diversos movimientos que expresan de alguna manera esta realidad, es decir, una crítica al mundo moderno. En la década de los sesenta, Germano Celant, historiador del arte, conceptualiza un movimiento que integran destacados artistas italianos, como los hermanos Merz, Luciano Fabro, Pier Calzolari, el catalán Antoni Tápies y muchos otros, que construyen sus obras con objetos de desecho, groseros y hasta repulsivos, pero intentando dotarlos de poesía, denominándolo Arte Povera o Arte Pobre.
Este arte se inscribe dentro del más amplio movimiento del Arte Conceptual. Gillo Dorfles, en Ultime tendenze nell’arte d’oggi. Dall informale al Posmoderno (Feltrinelli Milano 1985, p.132), nos ofrece una interpretación de este movimiento en el sentido que “se debe considerar como una corriente exquisitamente mental, de búsqueda intelectual, especulativa, cuyo fin es, sobre todo, el de llegar a una realización no ética”.
En consecuencia, el Arte Pobre nace, nos señala Rodolfo Papa —docente de historia de las Teorías Estéticas de la Universidad Pontificia Urbaniana, Roma—, como un movimiento de ruptura y fractura con el pasado y en tal búsqueda ha hecho posible el tránsito entre lo que es mental (conceptual) y lo que se refiere a la esfera sensual.
En 2011, el Arte Pobre cobra dimensión clásica al ser escogido Jean-Marie Le Clezio, Premio Nobel de Literatura 2008 para montar una exposición y presentar su visión, con el que el arte “cotidiano” entra al Museo del Louvre. En la ocasión, Le Clezio expresó que “en cultura no puede haber jerarquías: todas las culturas tienen derecho a expresarse”.