Jorge Vallejos es constructor civil de profesión, pero artista de alma.Desde siempre se ha relacionado con agrupaciones culturales, grupos folclóricos y espacios literarios, donde puede expresar libremente pensamientos y emociones. No se declara escritor, aunque tiene más de alguna publicación, siempre inspirada en la vida real, sus experiencias y anécdotas recogidas de aquí y de allá.
Por esta inclinación hacia la literatura, fue uno de los convocados a una reunión que tenía un propósito concreto: celebrar los cincuenta años de la Escuela de Construcción Civil, conocido hoy como el Departamento de Gestión de la Construcción de la Universidad Católica del Norte.
“Este gremio tiene muchas historias y la escuela, en sí, ha reunido a grandes personajes. Por eso, varias veces habíamos conversado con algunos ex alumnos y profesores la posibilidad de dejar un registro de toda esta historia en formato de libro. Por diversas circunstancias nunca se pudo concretar, hasta que por la celebración de las bodas de plata, el rector apoyó con el financiamiento para diseño e impresión, que era lo más complejo de conseguir. Pero había que hacer la pega y resulté ser el elegido”, recuerda Jorge.
¿Así te lo propusieron?, ¿sin decir “agua va”?
Exactamente. De la escuela han egresado, además de grandes profesionales, gran cantidad de músicos, pero pocos tenemos la inclinación por la escritura. Entonces, algunos académicos que conocen esta inquietud mía, me convocaron para ser parte de las comisiones encargadas de estas celebraciones. Cuando llegué a la reunión, yo iba dispuesto a colaborar en lo que más pudiera… pero nunca me imaginé que me propusieran el enorme desafío de compilar un libro. Y en esa primera reunión me dijeron aceptas o no aceptas.
¿La idea era hablar de la escuela en sí misma?
Son dos etapas. Hay una mirada a la historia de la construcción como industria y cómo la escuela de la UCN ha dejado su huella en el crecimiento de la ciudad. Y por otro lado, está la idea de dejar un registro de las anécdotas que van surgiendo en cada generación y que, finalmente, son el alma de una carrera universitaria y, por lo mismo, la sube de categoría, pues ya no solo se entrega un título profesional, sino que se forma el carácter de cada estudiante.
¿Y crees que se concrete esta recopilación de anécdotas?
Espero que sí, lo antes posible. Porque, de hecho, es una idea muy antigua, que algo alcanzamos a trabajar junto al “Neto” Jorquera. Y nos quedamos de juntar un día para empezar a escribir. Siempre había algo más que hacer y postergábamos el encuentro una y otra vez… y así se nos fue pasando el tiempo y el Neto falleció sin ver su sueño cumplido y sin transmitir a las nuevas generaciones las cientos de historias que vivimos en nuestra época universitaria.
Volviendo al libro más formal, ¿cuáles fueron las principales conclusiones?
Creo que es impresionante la influencia de esta escuela en la historia de Antofagasta. Los profesionales que ha sacado desde el año sesenta y uno son connotados personajes y grandes empresarios. Desde ahí, entonces, uno puede concluir que en estas cinco décadas, el crecimiento urbano de la ciudad tiene mucho del espíritu que nos transmitieron en la escuela.
¿Fue complejo el proceso?
Después de la primera reunión en que dije que sí, estaba un poco nervioso porque era un proyecto muy grande. En el encuentro siguiente definimos desde qué punto de vista íbamos a enfocar la historia, que, la verdad, abarcaba casi todo. Me pidieron punto de vista social, punto de vista material, punto de vista de los edificios. Era difícil saber cómo empezar, pero como uno se pone ingenioso al vivir involucrado en el ambiente cultural, me puse a pensar en la construcción, qué es exactamente la construcción o cuáles son sus ritos. Me acordé de la piedra fundamental de toda construcción y ahí nació el nombre: La historia de la construcción en Antofagasta, la primera piedra. La idea es que quede camino para adelante, para que exista una continuación y vengan dos, tres, cuatro, cinco “piedras”.
Así también se pueden dejar algunos temas fuera... porque abarcarlos todos era un poco imposible
Exacto. Si quedó un tema sin tocar, alguien más puede continuar el camino. Para mí la tarea estaba cumplida y por eso es que mi artículo final fue el de “Los Tijerales”, que es uno de los rituales más importantes de toda construcción, pues se evidencia que se llegó a la cima, al punto final. Esta ceremonia es un acto humano que para mí es fundamental porque tiene una carga religiosa increíble y no es la religión institucionalizada, es una cosa que nace del alma que es celebrar.
El trabajador de la construcción tiene fama de alegre...
Es que es el único que no tiene miedo a perder la pega. “Me saco el casco acá y me lo pongo allá al frente”, es lo que piensan porque están acostumbrados a trabajar por proyectos y saben que si son buenos, jamás les va a faltar trabajo.
¿Dentro de la estructura del libro cómo fue trabajando?
Eso fue un trabajo de chino, pero supe a quien acudir en el momento oportuno. Grandes investigadores y estudiosos me entregaron sus reflexiones sin ningún problema. En el libro hay mucha información interesantísima de personas que no solo han investigado, sino que además tienen experiencia en terreno. La parte ingrata era apurar a algunos articulistas o poner los plazos de cierre, pero no fue nada en comparación con las satisfacciones que me entregó el proceso creativo. Traté de ser muy respetuoso con cada escrito, aunque también era mi responsabilidad corregir estilos, comas, puntos, palabras. Tuve que aprender a hacer eso, yo no tengo formación de letrado, pero me esmeré en aprender y el resultado está a la vista.
¿Es muy complicado desarrollar dos áreas como la profesional tradicional y la cultural?
Es que yo siempre me relacioné con lo cultural. Estuve en el Tambo Atacameño por quince años, donde aprendí a hacer de todo. Ese lugar era una verdadera casa de la cultura sin serlo oficialmente. No teníamos nada, pero hacíamos grandes espectáculos, había una constante efervescencia en torno a este espacio. Cuando se cerró fue un impacto tremendo. Cada uno tuvo que tomar su rumbo y yo me dediqué a trabajar en lo mío, que había dejado de lado para privilegiar lo cultural. Pero nunca se me olvidó... era como una olla a presión, que explotó dieciocho años después, cuando ante la insistencia de un amigo decidí sentarme a escribir algunas historias del Tambo. Cuando me puse a teclear el computador, no me paró nadie. Estuve como tres meses escribiendo de las ocho de la mañana hasta la una de la madrugada.
Pero eran historias reales, ¿has escrito sobre otros temas?
Lo mismo me preguntó mi amiga Patricia Bennet y gracias a su motivación, me decidí a entregar mi visión sobre la desaparición de Chuquicamata. Yo soy chuquicamatino y me dio tanta pena que en dos meses escribí una novela que se llama Dinamita.
¿Y esa está publicada?
Sí, se publicó el año 2002, con muy buena crítica. También publiqué algunos cuentos. Uno en especial lo dediqué a Roberto Plaza, que me hizo el trabajo de edición del Dinamita. Hay un cuento que se llama “El Sembrador” y una persona en Valparaíso me lo pidió porque quieren filmarlo. No sé dónde va a llegar el filme, pero el simple hecho de que haya gente que se fije es un halago.
También saqué un cuento de Navidad que se llama “La gran duda de Navidad” y se trata de cuando los niños pierden parte de la inocencia y se enteran de la “verdad”. Es una ayuda para los padres porque este no es un cuento para que lo lea un niño, es un cuento para que un adulto se lo lea a un niño, para que haya esa complicidad. Y el niño queda feliz, porque lo he comprobado.
¿Les contaste cuentos a tus hijos?
Muchos. Quizás por eso los dos salieron buenos para estudiar y los dos están fuera del país. Obviamente da nostalgia, pero también lo veo como un triunfo, porque tú les diste alas a tus hijos y la idea es que los hijos vuelen y los dos volaron. Mi hija está en Canadá, se casó hace poco; mi hijo está en Bélgica, se casó hace cinco años, ya lleva como diez años en Europa.
¿Piensas seguir escribiendo?
Quizás, primero difundiré lo que está listo. Tengo una novela que escribí cuando trabajé en la construcción de un pabellón en la cárcel. Yo estaba todo el día ahí, como preso. Es una experiencia riquísima y estoy esperando. Se llama El muro y sus agujeros y relata la experiencia de mirar el mundo desde este mundo paralelo donde muchos tenían la posiblidad de ver gente diferente solo desde los espacios que quedaban mientras se edificaba.
A la otra le falta un poco para terminar y tiene que ver con la fundación del Tambo, pero a través del Cachurro, el típico personaje que no falta nunca en las ciudades. Mi literatura se basa en la vida misma y espero continuar en esta senda.