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EDICIÓN | Noviembre 2013

Objetivo: enamorar al público

Ernesto Ottone, gestor cultural
Objetivo: enamorar al público
Al ex director del Centro Cultural Matucana 100 y actual director del Centro de Extensión Artística y Cultural de la Universidad de Chile, lo que más le importa es que se entienda la cultura como una prioridad. “Por supuesto que hay necesidades como salud y educación, pero la cultura y el arte no son “adornos” para nuestro crecimiento”. 
por Claudia Zazzali C. fotografía Andrea Barceló A.
Todo pueblo tiene el derecho y el deber de desarrollar la cultura”. Esta premisa, divul- gada por la UNESCO, si bien parece lógica, conlleva una gran reflexión ¿cómo se genera cultura? Buenísima pregunta. De ahí despren- demos ¿qué es cultura?, ¿quiénes la producen?, ¿cuándo la generan?, ¿cuánto vale?, ¿quién paga?.
 
Muchas preguntas, pocas respuestas. Y Ernesto Ottone sabe de eso. Su currículo lo dice todo. Licenciado en Artes, titulado en actuación teatral de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, realizó el posgrado en Gestión Cultural con mención en Artes Visuales de la Facultad de Economía y Facultad de Artes de la Universidad de Chile y luego obtuvo el Master II en Gestion des Institutions et Politiques Culturelles de la Universidad París-IX Dauphine, en Francia.
 
Conoce públicos diversos, pues ha trabajado como gestor en instituciones tan importantes
como el Centro Cultural Estación Mapocho, La Grande Halle de la Villette, en Francia, el Teatro Nacional Chileno y Kulturbrauerei en Alemania. En el 2009 fue condecorado con el título de Caballero de las Artes y de las Letras de La República de Francia y, el 2010, recibió el premio Academia por su gestión de Matucana 100, otorgado por la Academia Chilena de Bellas Artes.
 
Hoy en día, se desempeña como director del Centro de Extensión Artístico Cultural de la Universidad de Chile, siendo uno de sus principales desafíos el mantener encantado al público estable y atraer a nuevas audiencias.
 
“Sin espectadores la creación no llega a ningún lado. No estoy diciendo que sin público un artista no puede crear, pues el proceso de creación es independiente y tiene un objetivo claro. Sin embargo, al enfrentar la mirada de otro, el trabajo cobra vida”, nos dice Ernesto.
 
¿Cómo te relacionaste con el mundo del arte?
Yo estudié actuación porque mi verdadera pasión era dirigir; sin embargo, en esos momentos, no existían carreras específicas de cine. Pero como siempre estuve relacionado con compañías de teatro y desde muy chico me gustaba el espectáculo, la música, la tele, decidí estudiar actuación que era lo más cercano para luego seguir con dirección de arte o dirección de cine.

¿Y lo de gestión cultural?
Creo que eso siempre ha estado. Tuve muchas experiencias de vida que alimentaron mi espectro cultural y, por ende, he descubierto que, de manera transversal, en todas las sociedades el artista aprende a “sobrevivir” asumiendo que su obra es un aporte, sin darle un valor comercial y eso es lo que me interesa cambiar y transmitir, que la cultura y el arte también deben ser asumidos como servicios que requieren compensación.
 
Pero muchos deben pensar que eso es “venderse al sistema”...
Es que para bien o para mal debe existir financiamiento. He escuchado, incluso, que se debería eliminar los fondos concursables porque el artista debe ser “libre”. Claro que el arte requiere libertad, pero también tiene que pagar las cuentas de la luz, del agua, del salón... Desde que comencé a trabajar me di cuenta de esta realidad y empecé a preocuparme de este aspecto del desarrollo cultural. Después apareció el título de “gestor cultural” y apenas se dictó el primer diplomado en la Universidad de Chile, lo tomé. Como primera experiencia fue buena, pero la verdad es que la visión era bastante tradicional. Después me gané una beca y me fui a estudiar a París. Ahí me di cuenta de que se ponía seria la cosa y que la gestión tenía que salir de las galerías de arte y de los circuitos tradicionales.

 
CIUDADANO DEL MUNDO
 
“Me fui a los tres meses de Chile. Viví en Hungría, Austria, Alemania, Francia, Italia, Uruguay, otro periodo más en Alemania y acá. De hecho, conocí a mi familia extendida recién en los noventa y esa experiencia también me dio una base para comprender diversos fenómenos, desde diferentes perspectivas”.
 
¿Qué es lo que más podrías rescatar de haber crecido siempre cambiando de país a país?
Aprendí a enfrentar lo nuevo con normalidad. Cada vez que viajaba, quedaban atrás amigos, colegios, pololas y tenía que empezar de nuevo de cero. Había que aprender un idioma, relacionarse con el entorno. Entonces, evidentemente, me acostumbré a no tener apego, soy bastante desprendido del objeto, de lo material. No es algo que me desvele.
 
¿Era un poco chocante tanto cambio?
Es que para mí esa era la normalidad, es una estructura que tuve desde siempre. Más terrible fue llegar a Chile a los dieciocho años y enfrentarse con vecinos, parientes y un montón de gente nueva que no tenía nada que ver con el Chile imaginario que te contaban tus papás y que tú creciste añorando.
 
¿Tenías una imagen muy romántica de Chile?
Cuando mis papás se fueron, la sociedad chilena era mucho más idealista y los años que estuvimos afuera adormecieron esos ideales. De hecho, nosotros volvimos en democracia y así y todo, costaba un mundo hacer teatro, hablar con libertad, decir lo que uno quería decir Lo que sí es claro que había una emoción en el ambiente que cruzaba todas las clases sociales, que era el sentimiento de la esperanza, de querer que pasara algo. Ese “algo” es lo complejo, porque cada uno puede imaginarse cualquier cosa y la mayoría aún está tratando de descubrir qué era lo que quería cuando se retomaron las libertades.
Hoy en día y desde tu experiencia, ¿cuál ha sido tu percepción de la verdadera necesidad del público?
Cada uno de nosotros tiene una serie de emociones que se gatillan al enfrentarse ante ciertas manifestaciones artísticas. Cuando nos reunimos con otros que se emocionan con lo mismo que nosotros es que somos un público y en la medida que tenemos la posibilidad de compartir, de conversar o discutir, vamos afinando nuestro gusto y, por ende, aumentando nuestras expectativas. Es por ello que se habla de “formación de audiencias” como un requerimiento de la gestión cultural actual.
 
Siento que es un dilema como el del huevo o la gallina...
Puede ser, porque ¿primero hay un público y luego un espectáculo?, ¿o el espectáculo pierde sentido sin público? Creo que depende de las circunstancias. Lo importante es poner el tema sobre la mesa y analizarlo desde todas las miradas. Estos procesos reflejan el crecimiento intelectual de las sociedades y tienen que ver con personas que se conocen a sí mismas, descubren lo que les gusta y ya no están dispuestos a transar. Exigen lo que consideran necesario para mejorar su calidad de vida y eso es muy interesante.
 
¿Cómo se genera un público cautivo?
Hay quienes hablan de aumentar el acceso a la cultura, pero yo apuesto por revertir la carencia de hábitos culturales. Sabemos que los planes educacionales en nuestro país están más orientados a la suma y resta que al desarrollo del alma que conlleva el acercamiento con el arte. Para que un adolescente disfrute un concierto sinfónico o un ballet, tiene que tener algún acercamiento previo y dosificado según su edad. Llevar a los hijos al cine es un gesto que pudiera ser tan simple, pero que les ayuda a conocer otros lenguajes más allá de la tele y el computador. Es deber de nosotros como padres mostrar a nuestros hijos las distintas manifestaciones culturales para que ellos las aprecien, las entiendan, pero, por sobre todo, las disfruten y les den el valor que corresponde.
 
¿Y cuál es el rol del Estado en todo esto?
Entender que la cultura es una prioridad. Por supuesto que hay necesidades como salud y educación, pero la cultura y el arte no son “adornos” para nuestro crecimiento. Un país desarrollado es aquel que, además de buenas cifras, tiene personas pensantes y reflexivas. En Europa, los niños y niñas ven in situ obras que nosotros solo conocemos por libros y, por eso, debemos potenciar lo que tenemos, mejorar la infraestructura, brindar espacios con oferta constante, para que nadie tenga ningún pretexto para quedarse fuera. El deber del Estado es procurar esos espacios y apoyar a los creadores para que los hagan suyos. Imagínate si se invirtiera en cultura lo mismo que se invirtió en estadios. Yo no estoy diciendo que el deporte sea menos importante, pero es claro que deben existir equilibrios. Hay muchos jóvenes que hacen deportes, pero ¿alguien ha medido el fenómeno de las orquestas juveniles? No solo estamos hablando de jóvenes más sensibles, con más disciplina, sino, además, con mayor capacidad de concentración, responsabilidad y mejor rendimiento en matemáticas. Cuando la sociedad internalice que acercar a los niños al arte es un deber, es que recién nos encaminaremos al sueño del primer mundo.
 

“La cultura y el arte no son “adornos” para nuestro crecimiento. Un país desarrollado es aquel que, además de buenas cifras, tiene personas pensantes y reflexivas”.

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