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EDICIÓN | Septiembre 2011

Arraigo a la tierra

Caspana
Arraigo a la tierra

"Caspana data como tal desde unos 800 años AC aproximadamente, lo que es hoy el pueblo viejo. Algunas de las casas, actualmente en uso datan del año 400 dC. La línea urbanística de Caspana es la misma que tenía antes de la llegada de los españoles ya que no hubo un contacto directo con ellos, cosa que no ocurrió con todos los pueblos, en donde aplicaron el modelo español. La iglesia del pueblo, comenzó sus actividades el año 1611; ésta se construyó por orden del comendador de San Pedro de Atacama, el que tenía a su cargo las iglesias de la zona. Debido a la industria del salitre y del cobre, en el año 1930, la población comienza a vender llareta ya que se usaba como combustible. En 1950 comienza el cultivo de hortalizas como tal, ya que antes se sembraba fundamentalmente el maíz y la oca, hoy en día se cultivan lechugas, cebollas, flores y tunas. Caspana tiene hoy una población de 483 personas lo que la convierte en el pueblo más habitado de la comuna " <strong>(de un panel mural del museo local).</strong>

Texto y fotografía: <a href="http://www.sachasinkovich.cl" target="_blank">Sacha Sinkovich, Arquitecto</a>

A 3300 msnm., y junto a un río homónimo en la provincia del Loa, se ubica Caspana. Este poblado tiene una jerarquía natural que se debe primero al cultivo, a la subsistencia que ordena el territorio. Luego surge el orden de los hombres con su vida. La gente va al encuentro y al respeto del agua, primero se nutren y luego se puebla.

En un medio agreste como el altiplano, las referencias de vida son estas heridas de agua aún vigentes, las que horadaron las hondonadas donde se cobija y florece la vida. Considerando que el cultivo es el origen, el modelo de trazado obedece a las terrazas y a los canales de aguas que irrigan. Los surcos de agua por tanto, replantean el asentamiento de viviendas, y a continuación el corral de animales. Así las terrazas de cultivo, suelo del alimento son el patrón de identidad del asentamiento.

Una comunidad de este tipo se asienta a lo largo del río, condicionando polaridades que son centros: la Plaza (en la ladera baja) y la Iglesia (dominando por lo alto), promoviendo esta tensión de vida alargada, sea en cofradías, procesiones, o simples recorridos, pero siempre con la constante presencia del perfil chamuscado del desierto.

Caspana también es un pueblo que ritma al son de los cultivos, siembras y cosechas, y las fiestas mestizas de la tierra y el catolicismo. Así, si bien en una visita pueda resultar que todo es quietud, hay una latencia del carnaval o de la limpieza de los canales, expectantes de ser recibido y cuyo soporte es el mismo poblado que admiramos, donde descubrimos pequeños guiños de ese palpitar.

Cuando comunidad es sinónimo de pueblo, estamos en un estado de equilibrio donde las personas son presencia arquitectónica junto al entorno. Y en Caspana esto está en esplendor.

Hay todo un quehacer apropiado del lugar, desde el asentamiento en el cauce del río, hasta las paredes que nacen de los costados de la quebrada horadada por los siglos de aguas corriendo. Acá la memoria colectiva es fuerte: no hay mundo tan grande ni tan pequeño como para dejar de vivir un sentimiento colectivo de propiedad. Así en Caspana ningún elemento natural o personal queda a la deriva.

No dejemos que las ciudades nos subyuguen, busquemos los espacios de participación, y propongamos volúmenes que nos identifiquen. Nuestra amnesia urbana generalmente nos dice lo contrario, donde damos la espalda al ser originario, y columna vertebral. El que tenga la duda de cómo se hace esto, le recomiendo una vuelta por Caspana, donde a pesar de los siglos, el origen sigue latente. Tenemos mucho que reaprender de este pasado-presente.

 

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