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EDICIÓN | Noviembre 2013

Condominios decimonónicos

por Montserrat Salvat, coordinadora escuela pedagogía de educación Media en Historia y geografía, facultad de ciencias de la educación, Universidad San Sebastián
Condominios decimonónicos

En la ciudad de Santiago existen unos ochocientos cités, un conjunto de viviendas pensadas, a fines del siglo XIX, para albergar al creciente número de migrantes provenientes del campo, esperanzados con un cambio de vida y mejores oportunidades. Objeto de observación y apreciación patrimonial, dejaron de construirse, por lo que son una especie de museos abiertos y palpitantes, que gozan de distintos estados de salud.

Vida de barrio, tal como nos cuentan que alguna vez existió en Santiago. Cuando el vecino no era una coincidencia por yuxtaposición de la persona que vive al lado, sino un alguien, familias de carne y hueso. En los barrios más antiguos de la ciudad, como Yungay, Brasil, Bellavista, República o Matta, e incluso en Ñuñoa y Providencia, es posible encontrar los cités, una de las primeras formas de solución habitacional de la ciudad.
 
Eso ocurrió en las últimas dos décadas del siglo XIX y hasta los años cuarenta del XX. Se construyen cuando la metrópoli se hizo pequeña para recibir a familias de campesinos, obreros urbanos y posteriormente los desplazados por la crisis del salitre. Muchos de ellos terminan en lo que se conoció como “conventillo”, antiguas casonas que arrendaban habitaciones individuales a una familia o a un grupo de hombres solos. Los servicios sanitarios y la cocina eran espacios comunes.
 
De ahí que surgieran una serie de flagelos sociales, como el hacinamiento, las enfermedades contagiosas, una alta mortalidad infantil, que hizo reaccionar airadamente a algunas autoridades políticas, religiosas, de salud y organizaciones populares. La palabra conventillo también se asoció con “copucha” y “cahuín”, puesto que la vida privada era inexistente y todo observador casual se enteraba de los dramas y alegrías de sus vecinos.
 
La ciudad se tuvo que ampliar a lo que se consideraba periferia y que hoy constituye los barrios más antiguos del periodo republicano. Ayer, igual que hoy, el suelo urbano se hizo escaso y la consigna era sacar el mayor partido posible a los terrenos disponibles.
 
Los cités son pasillos que enfrentan entre seis y veinte viviendas, que se alinean en torno a un corredor. La innovación es que son casas individuales, una por cada grupo familiar. El pasaje actúa como patio compartido y vía de acceso, por lo que también se producen los clásicos conflictos entre vecinos, por los festejos, los niños que juegan, las plantas y jardineras que se rompen.
En la capital muestran una interesante variedad de estilos arquitectónicos, que van desde el tudor hasta el barroco, pasando por el gótico y el bizantino. El Consejo Nacional de Monumentos los ha valorado, entregándoles a varios de ellos la calificación de “zona típica”.
 
“Trinidad” en Bellavista, “Las Palmas” en Quinta Normal o “Adriana Cousiño” en el barrio Yungay. Hay que animarse a recorrer unas cuantas cuadras a pie para ir descubriéndolos.
 
Constituyen un patrimonio vivo, porque dan unidad de estilo en lo arquitectónico, pero confieren también identidad a sus moradores, con esa particular forma de convivencia social, marcada por los espacios de uso común. Por eso, hay una relación casi sentimental entre los habitantes y estas casas, la gran mayoría, personas de la tercera edad, que han habitado allí por décadas, y crecientemente algunos profesionales jóvenes que valoran la originalidad y cultura que encierran estos espacios.
 
Por su parte, son visitadas por turistas y estudiantes, que admiran estas construcciones “made in Chile”. En efecto, en América Latina se conocen algunas ideas que perseguían el mismo objetivo de dar dignidad a la vivienda popular, como la “vecindad” en México, pero que no guardan parecido en lo material con nuestros pasajes.
 
Posteriormente, los cités fueron remplazados en el paisaje capitalino como solución habitacional, con la construcción de villas y bloques de departamentos. De acuerdo con un reciente estudio conducido por arquitectos de la UC, quedan unos ochocientos en todo Santiago, con distintas condiciones de conservación y uso.
 

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