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EDICIÓN | Noviembre 2013

De cuento

Rossana Tonelli, directora de CIDECAL
De cuento

A veces uno piensa que el destino no existe, que no tenemos una historia pre-escrita, sino que más bien somos nosotros los dueños de nuestras decisiones. Pero en este caso, el camino de Rossana demuestra lo contrario. Una serie de acontecimientos inesperados hicieron que su vida cambiara por completo. Todo empezó cuando conoció a César, su hijo adoptivo. 

por María José Pescador D. / fotografía Danny Bolívar U.

Lo más importante en la vida de Rossana (40) fue cuando decidió adoptar a César, soltera, sin muchas lucas, viviendo en la casa de sus papás y haciendo, esporádicamente, clases particulares a niños. Lo más emocionante fue cuando su hijo le dijo “mamá” por primera vez. Lo más difícil, vincularse con este pequeño que vivía en un hogar en Rengo. Vincularse se refiere a llenar ese vacío que todos los niños que no han tenido una figura paterna o materna, tienen en el corazón.
 
“Nadie te dice lo que va a pasar, nadie te asesora con lo que tienes que hacer. Un día simplemente llega tu hijo a tu casa, y te das cuenta de que hay tantas, pero tantas cosas que no sabías y que son importantes... Nadie te explica que tu hijo que vivió durante cinco años en un hogar, tiene un horario y una rutina tan distinta a la vida cotidiana de una familia, que hasta el más mínimo detalle se vuelve demasiado importante”.
 
Rossana nunca dudó sobre lo que quería estudiar; esta rancagüina siempre supo que lo suyo era la pedagogía, y es así como se fue a Santiago a seguir la carrera de educación diferencial con especialidad en trastornos de audición y lenguaje. Tampoco dudó cuando supo dónde quería trabajar: en el área privada, y ojalá en uno de los centros que conoció mientras realizaba sus pasantías. “Cuando estaba en el colegio, siempre me imaginé sentada en una mesa con un niño con muchas dificultades, y yo dándole todas las herramientas necesarias para ayudarlo a salir adelante”.

Hasta que un a un letrero en la universidad qudecíque snecesitabapersonas para trabajar en Audilen: Centro de Audición, Lenguaje, Comunicación y Aprendizaje. “Lo saqué de inmediato y fui. Ahí me cambió la vida, yo quería instruirme, no me importaba el sueldo, y puedo decir que todo lo que , lo aprendí fundamentalmente en este lugar: Lo importante que es el área clínica, trabajar y ver resultados, aprender a tener ojo, entre tantos otros...”.

En dicho centro —en donde Rossana estuvo durante cuatro años— se le abrió un nuevo mundo. “En este lugar se realizaron los primeros implantes cocleares de Chile. Trabajé con niños autistas, con retrasos del lenguaje, con distintos síndromes, problemas motores y otros que tienen dificultades transitorias. Aquí realizan un trabajo de integración, que no se lleva a cabo en cualquier parte”.

 
LAS DECISIONES
 
Hubo un tiempo en que Rossana decidió vivir en Rancagua con sus padres y viajar a Santiago a su pega. Aquí empezó a atender a unos poconiños, hijos de amigos o conocidos. Fue así como en el segundo piso de la casa de sus papás instaló una pequeña oficina, en la que atendía a ciertos pacientes una vez a la semana.

Pero la voz se empezó a correr y los niños llegaban y llegaban; esto junto a que Rossana ya estaba cansada de la vida en la capital, hizo que se viniera definitivamente a Rancagua. Entonces empezó a trabajar medio día en una escuela de lenguaje en Rengo, y por las tardes veía a sus pacientes. Fue en este lugar en donde a Rossana le dieron el cargo de coordinadora, lo que significaba ordenar y estar encima de varios temas: de las especialistas, de los programas y de todos los detalles que conlleva organizar un centro de este tipo, también hablar con los padres de los niños, y otros. Aquí conoció a César, el año 2005.

¿Cómo fue ese momento?
Mágico, único, inolvidable. Llegó junto a un grupo de niños que vivían en un hogar para ser evaluados. Lo vi y sentí algo que no se puede explicar, era tan rico, exquisito, era mío... Así que decidí que yo iba a ser su profesora.
 
¿Cuántos años tenía?
Dos años y medio.
 
¿Por qué crees que pudiste adoptarlo?
Porque simplemente era mi hijo. Yo tenía todo en contra. Soltera, vivía con mis papás, no ganaba mucha plata... Y fui paciente, pregunté si en mi situación podía adoptar. Luego de un tiempo me llamó la directora del hogar para decirme que unos italianos habían estado a punto de llevárselo, pero no lo hicieron, seguramente por su enfermedad, y que la única opción para César era yo.
 
¿Qué enfermedad tiene tu hijo?
Hemofilia, un padecimiento bastante complicado, pues es silencioso y en César, además, es severo: estas personas no coagulan, por lo que las heridas nunca sanan. El problema no es cuando el golpe se ve, sino que cuando puede haber surgido un hematoma en el interior del cuerpo, lo que puede llegar a ser fatal. Para eso es necesario inyectarlos todo el tiempo con un coagulante especial que, gracias al Auge, hoy es gratuito. Antes de este sistema había que gastar mínimo cuatrocientos mil pesos al mes en la medicina.
 
¿Cuál fue el primer paso para la adopción?
Son seis meses de constantes evaluaciones sicológicas, entre otros. Luego me fui a vivir sola, era un requisito. Después dejé la escuela de Rengo y arrendé una oficina con una socia para dedicarme solo a atender a los niños que llegaban a mi casa, los que cada vez eran más y más. Por otro lado, durante un año y medio solo podía ir a ver a César los miércoles.
 
¿Cómo fue contarle a tu familia?
Todos pensaban que me había vuelto loca. Pero nada me importó, yo quería a mi hijo, la decisión ya estaba tomada. Un día, Marcelo, mi hermano, me dijo que había logrado entender que yo no era Sor Teresa de Calcuta, sino que simplemente me había enamorado de este niño.
 
¿Cuáles eran tus razones?
Que yo no me hubiese perdonado en toda la vida el saber que César se hubiese criado sin mamá y sin papá.

 
LAS COINCIDENCIAS
 
Tomar la decisión de adoptar a César le llevó seis meses de pensar y pensar en el tema. Recuerda que viajó a Cuba por un par de meses, ya que se ganó una beca para realizar una pasantía, y cuenta que fue en la isla caribeña en donde se dio cuenta de que este niño le había robado el corazón.
 
“El centro crecía y crecía, y mientras, conocí a mi marido, Nicolás Kuncar. Tuve que contratar a una fonoaudióloga, y esta me presentó a su hermano, seis años menor que yo. Empezamos a salir, después a pololear... Por mientras, me cambié del departamento en donde estábamos a una casa, y empecé a contratar gente, y a coordinar todas las labores de CIDECAL —nombre que le puso a su institución y que significa Centro Integral de Desarrollo, Comunicación y Lenguaje— y a armar la empresa, que no fue nada de fácil”. (En la actualidad en CIDECAL —Guillermo Saavedra 18, Villa Triana, Rancagua— se atiende a cerca de ochenta niños con distintos problemas, ya sea de aprendizaje, audición, motricidad, déficit atencional, entre otros más severos como lo son el síndrome de Down o el autismo. Trabajan nueve especialistas del área de la pedagogía: educadoras diferenciales, psicopedagogas; y del área de la medicina: fonoaudiólogas y terapeutas ocupacionales).
 
¿Tu marido sabía en lo que estabas?
Obvio. Él tenía claro que yo estaba en proceso de adopción, así que si quería estar conmigo, debía comprar el combo completo. Mientras pololeábamos él fue dos veces a verlo conmigo, y le gustó.
 
¿Cómo fue el paso de tía a mamá?
Siempre me dijo tía, hasta que fui al hogar a celebrarle su cumpleaños número cinco. Ya era inminente que se venía conmigo. Yo creo que él lo sabía o lo dedujo. Tenía una cajita de leche en la mano y me dijo: “¿Me la abres, mamá?”. Yo lloraba y lloraba. Fue el 16 de julio del 2007. Dos semanas después me llamaron para que fuera a la audiencia. Esto significaba que César se venía a la casa de inmediato. La audiencia terminó a las doce, y a las tres lo fui a buscar. Me estaba esperando con una pequeña mochila.
 
¿Fuiste sola a buscarlo?
Hice todo sola porque así lo quise. Busqué jardín, contraté nana, lo llevaba tres veces a la semana al hospital para que lo pincharan, al kinesiólogo porque tenía las rodillas atrofiadas debido a su enfermedad. Hoy miro hacia atrás y no sé cómo fui capaz.
 
¿La primera noche?
Súper bien. Los niños llegan ordenaditos. Se acuestan solitos, comen, en fin... tienen una rutina súper estricta.
 
¿Lo más complicado?
Todo el proceso, principalmente los primeros años, en donde hay que desarrollar las conductas. César no era una guagua, era un niño, y hay tantas cosas que uno no sabe. Los niños vienen de un hogar, ellos nunca han ido a la casa de alguien, entonces por qué tendrían que saber, por ejemplo, cómo es una casa normal, cuántas piezas tiene, si hay baños, tele, etc...Tampoco tienen por qué entender que los domingos la familia se reúne a almorzar y que eso es normal, y no es necesariamente un cumpleaños. Ellos no saben cómo funciona el mundo. Adoptar a un hijo no es llevarlo al zoológico para que conozca los animales, es conseguir un lazo que llene ese agujero que está en su corazón. Preocuparse de lo que él quiere y de lo que él hace, no lo que nosotros queremos y lo que pensamos le haría bien.
 
Un mes después de la llegada de césar, Rossana y Nicolás decidieron casarse. A los seis meses lo hicieron, y se cambiaron a vivir a una casa. De esto ya hace seis años; hoy, César tiene once años, es un niño tremendamente feliz con su mamá y papá, los que hoy están dichosos de haber conseguido la familia que siempre quisieron.

 

 

“Hice todo sola, porque así lo quise. Busqué jardín, contraté nana, lo llevaba tres veces a la semana al hospital para que lo pincharan, al kinesiólogo porque tenía las rodillas atrofiadas debido a su enfermedad. Hoy miro hacia atrás y no sé cómo fui capaz”.

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