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EDICIÓN | Noviembre 2013

Arquitecto del color

Rodrigo Moreno, vitralista
Arquitecto del color

No se considera un artista, pero basta admirar los ventanales de la Parroquia de Reñaca para confirmar que lo que hace es un verdadero arte. Lo suyo son los vitrales religiosos, lleva cerca de dos décadas pintando y esamblando vidrios de colores en las iglesias más importantes de la región. Su motivación: revivir esta antigua tradición y preservar la herencia patrimonial. 

por Francisca Cafati D. / fotografía Vernon Villanueva B.

Cualquier iglesia que se precie de tal debe tener al menos un vitral como parte de su arquitectura. Esos vidrios de colores traslúcidos, que nos cuentan los pasajes bíblicos o nos recuerdan los milagros de algún santo, son esenciales en la tradición de la Iglesia Católica. Pero como toda disciplina ancestral, ha tendido a desaparecer en el tiempo. Por suerte, aún quedan unos pocos que con su trabajo intentan mantenerla viva. Rodrigo Moreno es uno de ellos. Estudió arquitectura en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y antes de egresar descubrió en la vidriera policromada, una pasión.
 
El acercamiento con este arte fue casual. Su hermana, Carmen Moreno, vivió un tiempo en Estados Unidos donde aprendió la técnica y trabajó en un prestigioso taller de Nueva York. Cuando Carmen regresó a Chile, Rodrigo se entusiasmó y decidió seguir sus pasos. Juntos emprendieron el desafío de rescatar este valioso patrimonio cuando estaba casi en extinción.
 
La coyuntura los ayudó en la aventura. “Con el terremoto del ochenta y cinco, muchas iglesias quedaron abatidas por varios años. Hasta que a mediados de los noventa, el obispado inició un programa de reconstrucción y restauración”, recuerda Rodrigo. Tomando en cuenta esa circunstancia, fue relativamente fácil obtener su primer trabajo de conservación en la Iglesia San Luis Gonzaga (Cerro Alegre). Ese fue solo el principio. Al poco tiempo llegaron las creaciones propias. La primera fue un vitral para la Iglesia del Corazón de María (Valparaíso), que fabricaron con vidrios que rescataron de los escombros de un incendio. Pero fue el trabajo de la Iglesia de los Doce Apóstoles (actualmente cerrada), el que los consagró. Los hermanos Moreno estuvieron casi cuatro años trabajando juntos y en pleno apogeo debieron separarse, pues Carmen decidió regresar a Estados Unidos y radicarse allá. No obstante, Rodrigo ya se había encantado con la técnica y continuó solo esta travesía artística.

 
RESCATANDO EL PATRIMONIO
 
Con una trayectoria de casi dos décadas, se ha forjado un nombre en el ámbito de los vitrales religiosos. Sus obras se han concentrado mayormente en la Región de Valparaíso y, sin duda, la más destacada es la Parroquia de Reñaca Santa María de los Ángeles, donde ha elaborado todos los vitrales que exhiben sus ventanales.
 
También se pueden apreciar sus trabajos en el Santuario de Schoenstatt (Los Pinos), en el Santuario de Nuestra Señora Purísima de las 40 Horas (Limache), en la Iglesia San Benito (Chorrillos), en el Oratorio del Colegio Montemar, en la Parroquia de Casablanca, en el Memorial del Cementerio de Recreo. Entre las restauraciones sobresale la Iglesia del Hospital de Santo Tomás (Limache). La lista sigue y suma, pero a pesar de eso, él mantiene un bajo perfil. Tal vez por humildad innata, no alardea de sus trabajos. Mucho menos se reconoce como un artista. “Me considero un arquitecto especializado en vitrales. Es complicado tener la pretensión de convertirlo en una pieza de arte desde el principio, porque estamos hablando de una técnica. No hay ningún vitralista en el mundo que sea reconocido como artista”, señala Rodrigo.
 
¿Y los vitrales son una obra de arte?
Diría que son pequeños aportes para mantener una tradición dentro de la iglesia. 
 
¿Qué te pasa cuando observas un vitral tuyo en una iglesia?
Lo disfruto. Porque nunca tienes el espacio suficiente para poder mirarlos, los construyes por parte y vas suponiendo, gracias a la experiencia, cómo van a quedar. Pero recién cuando los instalas los aprecias de forma íntegra.
 
¿Por qué te dedicaste a los vitrales religiosos?
Porque no es lo mismo hacer algo en un lugar como una iglesia, que tiene algo místico como un santo, a hacer un vitral para la puerta de una casa. No tiene la misma connotación. Para mí es más gratificante hacer ese vitral en la iglesia porque es un espacio público.
 
A pesar de lo anterior, ha realizado proyectos para inmobiliarias y casas particulares. Pero él, a ojos cerrados, se queda con los vitrales religiosos, porque le han permitido rescatar técnicas antiguas. “Hacer un vitral antiguo exige desarrollar la figura humana y detalles como la ropa, colores o paisajes. Tratas de llegar a un realismo. En Reñaca, por ejemplo, hay santos que estuvieron vivos hasta hace pocos años, entonces hay personas que te pueden decir si se parecen o no, ese es el nivel de realismo que deben tener los vitrales”, explica. Su referente a nivel internacional es el norteamericano Albinas Elskus, “el método que utilizo es a partir de su técnica, más lo que he desarrollado por mi propia experiencia”. También cuenta que admira los vitrales de Casa Mayer en Munich, “es una familia de varias generaciones de vitralistas y vale la pena reconocer el aporte que han hecho por preservar una técnica impecable”.
 
Paralelamente a los vitrales, formó una empresa constructora con la que ha edificado varios condominos en los alrededores de Quillota. Esto lo obliga a dividir su tiempo entre las casas que construye y su taller. Y aunque intenta ser equitativo, reconoce que en los últimos años ha tenido que esforzarse por darle un espacio a los vitrales. “En un mes dedico una semana a los vitrales y tres semanas a la constructora. Hubo una época en que trabajaba todo el día en el taller”.
 
¿Hoy los vitrales para ti son una afición o un trabajo?
Un trabajo, muy serio. Como afición no lo podrías hacer bien, tiene requisitos técnicos muy rigurosos, porque están expuestos a la fuerza del viento y en altura, tienes que dominar la técnica para lograr que se vea lo que quieres proyectar y no se saturen con la luz.
 
¿Cuál es el punto de unión entre la arquitectura y los vitrales?
Los vitrales son parte de la arquitectura. La arquitectura da el espacio y el soporte para poner ese detalle. Pero tienen una gran diferencia, cuando desarrollas la arquitectura plenamente tienes gente que trabaja contigo, complicaciones, normas, estética, carácter, relaciones, muchos factores, en cambio los vitrales son mucho más simples y centrados en una sola cosa, es más personal.

 
PROCESO CREATIVO
 
Desde muy niño tuvo la habilidad para dibujar, pero no la desarrolló por completo hasta que conoció la vidriera policromada. El trabajo es minucioso y requiere tiempo y concentración, debe cortar el vidrio que importa desde Estados Unidos, dibujarlo y hornearlo varias veces para crear, con diversos materiales, las capas de sombras que dan volumen y profundidad a un rostro y, por supuesto, los colores. Además, cada vez que hace un vitral religioso debe investigar, “todos los santos tienen algo distintivo, el color de la ropa, objetos representativos que no puedo cambiar. Tengo que conocer los símbolos para representarlo”. Después realiza el boceto y recién una vez aprobado comienza la labor en el taller. “Si trabajara todos los días, ocho horas diarias, podría demorarme dos meses en terminar uno mediano”. El montaje lo hace in situ y es mucho más rápido que el tiempo que destina en el taller, como máximo se demora dos días.
 
¿Cuál ha sido el vitral al que más tiempo le has dedicado?
El que hice con mi hermana en la Iglesia de los Doce Apóstoles. Lo hicimos entre tres personas y trabajamos seis meses sin parar. Pero nos sirvió para ganar una gran experiencia.
 
Entre la restauración y la creación, ¿qué prefieres?
La restauración es más compleja. Hacer algo nuevo es más fácil. Las dos cosas son entretenidas, pero preservar algo al hacer una restauración es más gratificante porque tienes que considerar la técnica existente, debes imitar el trabajo de la persona que pintó las piezas originales sin que se note.
Como es un trabajo a pedido, afirma que no existe la inspiración porque no es una creación voluntaria. “Tienes que ser fiel a la imagen del santo que te encargaron y a partir de eso obtener algo estéticamente correcto”. Comenta que para él es más bien una motivación y que es fundamental tener un buen ánimo para encerrarse en el taller, “tienes que bajar los decibeles para entrar en un estado de concentración para dibujar, para estar quieto, para desarrollar bien lo que estás haciendo. Necesitas desconectarte”.
Han pasado años desde que se involucró con este arte y aunque domina muy bien la técnica, siente que aún le queda mucho camino por explorar; estar en constante perfeccionamiento es su mayor desafío.

 

 

“Nunca tienes el espacio suficiente para poder mirarlos, los construyes por parte y vas suponiendo, gracias a la experiencia, cómo van a quedar”.

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