Así define su pintura quien formó parte de la mítica Promoción 80, comandada por Milan Ivelic, que inventó sus propios pasteles al óleo bajo la marca Latoya y que hoy vive en Bélgica. Si bien fue el dibujo y la pintura lo que la movió en un principio, es el oficio de la escultura la que la trae a nuestra región, junto a sus acuarelas y marinas, en la exposición Orillas diluidas, que exhibirá a fin de mes en el Castillo Wulff.
por Macarena Ríos R. fotografía gentileza Victoria Calleja
Ríe de buena gana cuando se acuerda de sus inicios en la facultad de Arte de la Universidad de Chile, de su eterna amistad con Sammy Benmayor y de cuando casi incendia su cocina al tratar de llegar a la fórmula para crear pasteles al óleo. Pero antes de entrar en materia, partamos contando que es viñamarina, que tenía ocho años la primera vez que visitó un taller, el de Félix Calleja, su tío pintor, y que siempre supo que sería pintora.
¿Qué te provoca un lienzo en blanco?
Unas ganas enormes de pintarlo. Las telas blancas me encantan, y en ellas hay un mundo de opciones, son como los nuevos amores: ¡todo es posible!
¿Qué te inspira?
La calle, la gente, ando mucho en bicicleta, lo que me permite un tiempo para observar y descubrir. No creo en la inspiración, como esa gracia divina que cae del cielo, más bien creo que esta llega trabajando. El hecho de romper el espacio en blanco te abre otras puertas.
¿Tu pintor favorito?
Peter Doig, un canadiense que pinta paisajes. Me gusta su factura, su calidad de pintura.
UN VIAJE A BRUSELAS
Corría 1984, tenía veintiséis años, habían empezado las protestas y decidió partir. Aunque Ismael Frigerio, uno de los pintores de la Promoción 80, la invitó a Nueva York, Victoria se inclinó por España. Nieta de inmigrantes españoles, la sangre pesó más y se embarcó en la gran aventura de su vida.
Llegó en plena movida española. Seis meses después viajó a Bélgica acompañando a una amiga. El plan era quedarse por un mes, pero el destino dijo otra cosa. La bonanza económica en ese país, la gran oferta de trabajos para estudiantes y el hecho de que en pocas semanas había vendido tres dibujos (dibujos en movimiento con tinta y pasteles grasos), la hizo extender su viaje. Pasaron seis meses, luego un año. Y Victoria se fue quedando sin querer queriendo. Fue armando lazos, generando relaciones de amistad, enamorándose de la ciudad y su gente.
“Vivo en Bruselas, una ciudad muy cosmopolita de un millón de habitantes, con una ubicación fantástica: a una hora de París, a dos horas y media de Londres, a una hora y media de Amsterdam. ¡Está cerca de todo!”.