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EDICIÓN | Noviembre 2013

Niños sobre-atendidos

Por Pilar Sordo
Niños sobre-atendidos

Este último tiempo me he topado con algunos amigos, todos con hijos entre los nueve y los diecisiete años que junto a mi trabajo en talleres me han hecho reflexionar sobre un tema que quiero compartir con ustedes: el estar tristes.

Ellos me cuentan que sus hijos están “tristes”, así los perciben. Frente a esto consulto hace cuanto que los perciben así y me dicen que un par de días. Además intento explorar si han hablado con ellos y les han preguntado qué les pasa, frente a lo que me responden algunos que sí y otros que no saben cómo hacerlo. Tengo que hacer la salvedad de comentar que en todos estos casos son familias de recursos económicos suficientes para pagar un profesional.
 
Frente a esta situación me pregunto tantas cosas: ¿Qué nos pasa con la tolerancia ante las situaciones desagradables?, ¿Qué nos pasa frente a la pena, que no la resistimos ni un segundo (demás está decir el consumo de medicamentos y todo tipo de aditivos y drogas para evitar sentirla); pero me pregunto por sobre todo ¿Qué nos pasa frente a la angustia y pena de nuestros hijos?... que ni siquiera les damos tiempo para que ellos descubran por sí solos y dentro de su alma la solución a sus conflictos.
 
Todos hemos sentido penas, seguramente todos los días, y no por eso hay que consultar de inmediato. Hay que tener en cuenta que en la pubertad y la adolescencia, la posibilidad de tener pena y no saber por qué es muy alta.
 
Evidentemente que no me refiero a situaciones largas y complejas donde todo padre sabe cuándo pedir ayuda; pero creo que los padres hemos delegado, sobre todo cuando hay recursos, la educación y la formación de nuestros hijos a un número enorme de profesionales y nos comunicamos cada vez menos con ellos.
 
Cuando a muchas de esas personas yo les decía que conversaran con sus hijos, que les dieran tiempo para elaborar, comunicar y buscar las soluciones ellos solos; lo primero que percibía en esos padres era miedo, angustia con un dejo en el fondo de muy poca confianza en sus propios hijos, dudando si serán capaces de hacerlo por si solos.
 
Otros reflexionaban, tomaban conciencia de sus miedos y se daban cuenta en sus propias historias, que cuando ellos tuvieron pena habían tenido tiempo para procesar y conversar de lo que les pasaba. Estamos en tiempos de mucha rapidez y para pocas cosas nos damos el tiempo suficiente para elaborar y reflexionar, pero creo que con la educación de nuestros hijos, debiera ser diferente.
Ni siquiera les estamos permitiendo aburrirse, porque nos genera angustia ya que pensamos que estar aburridos es como estar medio deprimidos. El aburrimiento es la madre de la creatividad, así como sentir pena es parte normal y necesaria dentro del desarrollo psicológico. Para ambas cosas se necesita tiempo y, sobre todo, que los padres aprendamos a tolerar nuestra propia angustia y profunda desconfianza de que nuestros hijos serán capaces, con la formación que les hemos dado, de solucionar sus conflictos con nosotros; y solo cuando hayan probado todos los recursos y no hayan dado resultados pidamos ayuda, no antes.
 
No sobre atendamos a nuestros niños, corremos el riesgo de invalidarlos en la solución de problemas reales en la vida y de que la misma vida les enseñe que son capaces de caminar con el dolor sin miedo; sin medicamentos y con la profunda convicción que pedirán ayuda cuando lo necesiten, después de haber intentado los caminos afectivos propios y cercanos.
 

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