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EDICIÓN | Abril 2011

Pritzker, Los Nobel de Arquitectura

Pritzker, Los Nobel de Arquitectura

Philip Johnson, Luis Barragán, James Stirling, Kevin Roche, <strong>Ieoh Ming Pei</strong>, Richard Meier, Hans Hollein, Gottfried Bohm, Kenz? Tange, Gordon Bunshaft, Oscar Niemeyer, Frank Gehry, Aldo Rossi, Robert Venturi, Álvaro Siza, Fumihiko Maki, Christian de Portzamparc, Tadao Ando, Rafael Moneo, Sverre Fehn, Renzo Piano, Norman Foster, Rem Koolhaas, Herzog &amp; de Meuron, Glenn Murcutt, Jørn Utzon, Zaha Hadid, Thom Mayne, Paulo Mendes da Rocha, Richard Rogers, Jean Nouvel, Peter Zumthor, Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa.

José Pedro Vicente, Arquitecto.

El arquitecto seleccionado para este mes es el señor Ieoh Ming Pei, nacido en China, en 1917, pero formado profesionalmente en Estados Unidos. Con cinco años de experiencia, ya era parte del equipo docente de Harvard, y una vez conseguida la nacionalidad estadounidense, fundó su propia oficina. Veintisiete años más tarde obtendría el distinguido premio que da origen a esta columna (Pritzker). Es decir, pasó de ser un adolescente foráneo en un país absolutamente diferente al que lo vio nacer, a un afamado arquitecto que se da el gusto de escoger entre los edificios que le solicitan. De este modo, el menú de proyectos ejecutados se reparte por el mundo abarcando todo tipo de programas, desde rascacielos para oficinas y viviendas hasta edificios públicos y culturales. En esta última categoría se encuentra el proyecto que lo catapultó al reconocimiento público en todo el planeta: la emblemática pirámide del Louvre en Paris.

Emblemática por el eterno cuestionamiento de haber construido algo —en ese tiempo vanguardista— como complemento a un edificio con más de ochocientos años de antigüedad. Frente a esto, cabe recordar que hay quienes siguen relacionando un valor histórico/patrimonial con la no intervención, considerando así un mayor valor en el mensaje. Postura que transparenta un querer resguardar lo viejo sólo porque es viejo, sin importar si tiene o no valor. A no ser que queramos mantener algo intacto —viejo, pero malo— para transmitirle a la sociedad o futuros arquitectos lo que no se debe hacer. Ahora bien, existen edificios ajenos a esta realidad y que sí merecen ser protegidos por su legado, pero no por eso deben encapsularse sin posibilidad alguna de ser intervenidos. Así lo pensaba Ieoh Ming Pei, proponiendo un elemento que, claramente, no quería pasar inadvertido ni por tamaño ni por materiales.

Con más de veinte metros de altura (equivalente a un edificio de siete pisos), fierro y cristales a la vista, propone un nuevo corazón para lo que fue, en algún minuto, la casa de gobierno en Francia. Esta pirámide lejos estaba de querer ser un “capricho del autor” (como dicen muchos maestros cuando no entienden el motivo de la forma que tienen que construir). Por el contrario, desde que el edificio se había convertido en un visitado museo, era absolutamente necesario terminar con las filas de espera a la intemperie, ordenar los accesos a las distintas alas del interior, iluminar con luz natural este espacio a modo de preámbulo que se encontraba bajo tierra, y lo más importante de todo, generar un espacio pleno para el momento previo y pos visita que permitiera organizar el recorrido y sus respectivos tiempos, o bien, comentar lo visto, es decir, una intervención que apuntaba a poner en valor lo existente. ¿Cómo? Con un gran tragaluz con forma piramidal.

Si bien el proyecto ha estado sujeto a fuertes críticas y polémicas debido al contraste de estilos entre lo contemporáneo de la época y el clasicismo, esta intervención sobre lo viejo lleva consigo una serie de beneficios anexos al funcionamiento del museo. Estas van desde haber plasmado una de las caras de Francia en el mundo, hasta un incentivo cultural en la sociedad.

Interesante realidad que nos demuestra cómo la globalización nos abre las puertas en lo profesional: un chino que decide estudiar en Estados Unidos, consigue su obra maestra en Francia. Si esto fue hace más de veinte años, cobran real sentido las palabras actuales del arquitecto chileno Alejandro Aravena cuando echaba una voz de aliento a los futuros arquitectos: “Imposible que exista un déficit de pega, si hay cientos y miles de millones de posibles clientes”.

 

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