En el cine, cuando empezó la moda de las versiones del director de peliculones como Blade Runner (1982) o El exorcista (1973), o los retoques a la primera saga de Star Wars (1977), la polémica fue instantánea
¿Por qué alterar los recuerdos que atesoramos de grandes cintas? ¿Qué derecho tienen los directores de hacer eso? La industria discográfica jamás lo cuestionó. Vio una mina de oro en remasterizar, remezclar y hasta regrabar títulos históricos, como lo hizo Peter Gabriel con ciertos segmentos en la caja de su etapa en Genesis. Aparecieron los box set con kilométricos listados de canciones, sumando demos, ensayos, versiones alternativas, instrumentales y hasta diálogos entre músicos. Incluso para un melómano mucho de ese material simplemente sobra, y solo se entiende en el afán por agrandar los números.
Es como transar retazos y tiene algo de impúdico. Juega con el fanático, le vende la misma pieza cinco veces si es necesario, con ligeros cambios en el envoltorio. Discos fantásticos como London calling (1979) de The Clash, acumulan y acumulan versiones cada vez más parecidas entre sí, mientras Pete Towshend de The Who prepara una nueva edición de Tommy (1969), la pieza más refinada y ambiciosa de su discografía, a diez años de haber lanzado aquel título doble en 5.1.
John Lennon decía que le habría gustado regrabar todos los discos de The Beatles porque no le agradaba el sonido y ciertos arreglos. Retocar el pasado puede ser un asunto interminable. A veces funciona —el reciente relanzamiento de In Utero (1993) de Nirvana es un buen ejemplo—, también es un caso a caso. Como sea, la industria musical y sus artistas creen en la elasticidad de sus obras, en la medida que los estudios y las consolas mejoran. Aunque las canciones son, básicamente, las mismas.