En pleno apogeo hace diez años, los realitys ocuparon el lugar de las teleseries. La gente hablaba de ellos, entusiasta ante un producto con personajes y enredos que, al igual que un culebrón, oferta protagonistas y villanos. El detalle es el siguiente: mientras las viejas comedias cada cierto ciclo se renuevan tanteando nuevas tramas y ámbitos —por ejemplo, la apuesta de TVN en la franja post almuerzo con producción propia—, acá los realitys tipo encierro-en- casa-estudio lucen estancados. Afuera la telerealidad explora y se diversifica. En casa, por nuestra idiosincrasia reconocidamente conservadora, aún los conflictos giran en torno a romances y peleas por libreto.
Trepadores propone una historia interesante. Dieciocho participantes son entrenados en el Cajón del Maipo para ascender el imponente monte Aconcagua. En el reparto figuran los famosillos de rigor, algunos personajes ya prefabricados en otros realitys como José Luis “Joche” Bibbó, y Sebastián “Cangri” Leiva. La mayoría son modelos, lo que permite la obvia explotación de sus cuerpos en duchas a cámara lenta, una de las firmas de autor responsable tras esta producción, el padre criollo del género, Nicolás Quesille. Su promesa fue que Trepadores sería el primer “reality real”, dando a entender que el desafío es tan potente, que los competidores deberían someterse por completo a la preparación para subir la mayor altura de América. O sea, los cahuines pasarían a segundo plano.
Con quince realitys en el currículo, Quesille está enamorado de su estilo y no cree necesario cambiar lo que antes le dio rotundo éxito. Sin embargo, el rating ha sido flojo. El “reality real” representa solo un enunciado para ganar titulares. Trepadores es la misma pomada de siempre en el mismo envase. Solo que ahora va con la etiqueta de Mega.