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EDICIÓN | Noviembre 2010

Casas de campo

Casas de campo

Antiguas, con más de cien años historia, de adobe pero firmes como el hierro, en estas casaquinta se respira y se vive una paz que acoge, que encanta. Quizás porque entre sus paredes se esconde esa vida de campo de antaño, tranquila, lejos de la ciudad, pero cerca de la naturaleza. Aquí, dos verdaderas casas de campo, imponentes y majestuosas, como los distintos valles que rodean la sexta región, entre cordillera, río y mar.

Por María José Pescador D., fotografías Danny Bolívar U.

Camino a las Termas de Cauquenes, entre el río y la cordillera, entremedio de un bosque con árboles autóctonos, está el fundo de dos hectáreas en donde se encuentra la que podríamos llamar "la casa blanca", por las eternas fachadas pintadas en este color. Desde lejos y sintiendo el aroma de los eucaliptus, se vislumbra esta magnífica construcción que impresiona al instante. Primero los jardines, con una enorme araucaria, nogales, robles, peumos, quillayes, entre flores y plantas ornamentales y una gran fuente de agua de piedra, que se sitúan en los alrededores de los mil metros cuadrados que posee esta casa. Así se vivía en los campos hace un siglo atrás, cuando las familias eran grandes, las madres tenían más de seis hijos, no trabajaban y lo hacían todo a mano, sobre todo la comida, junto al fuego de la cocina a leña.

La estructura está toda hecha en adobe, cuenta con largos corredores alrededor de toda la construcción, con fuertes pilares de madera y pisos de cerámica. En sus paredes externas hay bellos detalles, como la escultura de un pequeño santo incrustado en el adobe e, incluso, una puerta de madera que, cuando se abre, se descubre un oratorio con una cruz hecha de troncos de árboles del fundo. "Aquí se han bautizado todos mis nietos", cuenta la dueña de casa.

El techo, además, tiene un detalle poco visto en las típicas casas de campo, está rodeado por cornisas de madera con un diseño elaborado por la dueña de casa que, en esos tiempos, era la señora del suegro de la actual propietaria. "Ella dibujó en un papel la casa que quería, con este estilo que es único, porque no se puede encasillar dentro de lo clásico, por detalles que van desde el color de la casa hasta las cornisas".

Por dentro, los techos oscilan entre cuatro metros de altura, para el living-comedor, y cinco metros de altura para los demás espacios. Todos los muebles, decoraciones y cuadros son originales de la época; a esta casa nada se le ha cambiado, permanece igual que cuando fue construida: mobiliario estilo Reina Ana con tapices originales, cuadros con retratos de los dueños y pinturas del siglo XIX. Los marcos, todos dorados estilo rococó, las camas con catres de bronce y fierro, y colchones de lana. Más allá y recorriendo el largo pasillo, se van viendo las siete habitaciones que componen la casa, todas de unos treinta metros cuadrados, con enormes lámparas de fierro forjado, chimeneas y baños compartidos entre piezas, los mismos baños de antaño, muy bien mantenidos, con grandes tinas de gruesa loza.

Al llegar al comedor, sorprende el retrato de quien fuera el dueño de casa, colgado encima de la chimenea; imponente, resalta al igual que el mobiliario estilo Normando, decapado en un tenue tono verde agua. La vista: el río Cachapoal y la cordillera. La cocina es un espacio que consta de dos áreas: una amplia con mesa de diario y otra un poco más pequeña con un mesón en isla hecho de mármol, lavamanos y muebles de pared originales. Por detrás de la cocina continúa un pasillo en donde hay cuatro <em>habitaciones para los empleados y un baño.<strong> </strong></em>

<strong><em>(casa blanca) "Por dentro los techos oscilan entre cuatro metros de altura, para el living-comedor, y cinco metros de altura para los demás espacios. Todos los muebles, decoraciones y cuadros son originales de la época, a esta casa nada se le ha cambiado, permanece igual que cuando fue construida".</em></strong>

Pero junto al piso de madera y a los altos techos hay dos lugares que impresionan y sorprenden: el primero, una cava subterránea con un mini living, a la que se entra por una puerta de madera que se levanta del piso, y se baja por unas empinadas escaleras. Algo así como un refugio, el escondite perfecto. El segundo, el escritorio, al final del largo pasillo hacia la derecha. Una habitación totalmente revestida -techo y paredes- con coligües, y una gran mesa, cuya base es un enorme tronco de quillay.

Lo más agradable es sentarse en una de las terrazas, cuyos muebles están hechos a partir de troncos de roble, de fierro, o de mimbre, y mirar los diversos paisajes, hacia los jardines, la cordillera, o hacia la piscina. Se escuchan los ruidos de los pájaros, y cómo se mueven las hojas de los árboles con el viento.

<strong>LA ROSA</strong>

Esta casa de campo mantiene el estilo típico colonial chileno, con techo de tejas y corredores con grandes pilares y piso de cerámica. Llama la atención el colorido, fachadas amarillas y pilares y marcos de ventanas en un azul verdoso. Por otro lado, su envergadura imponente es más que asombrosa, sobre todo al pensar que fue construida a principios del siglo XIX, es decir, tiene más de doscientos años, y aquí sigue, emplazada en la sexta región, entre Peumo y Las Cabras.

Posee dos mil quinientos metros cuadrados construidos que se dividen en veintiún habitaciones, trece baños, un comedor y living majestuoso, decorado según la época, con muebles Reina Anna y Normandos, además del comedor de diario, tres livings más, la cocina y el repostero. Recorrerla no es fácil, cada etapa de esta construcción de adobe llama la atención, sus techos de cuatro metros de alto, y sus eternos  pasillos que rodean un jardín interior son realmente una oda a la belleza.

Y no es para menos, el dueño de estos terrenos ultra fértiles -con viñedos ya en aquella época- fue el primer presidente de nuestro país, Manuel Blanco Encalada, quien construyó esta casa patronal, la que posteriormente fue vendida, en 1824, junto con las dos hectáreas de parque, a don Francisco Ossa y Mercado (1793-1865), dueño de una mina de plata en Copiapó y político de la época, y quien andaba en busca de una hacienda para su primogénito, Gregorio Ossa Cerda. La transacción también incluyó vasijas para guardar vino y bodegas. Y es que don Francisco se había enamorado de la belleza del río Cachapoal y sus alrededores.

Los viñedos se transformaron en Viña La Rosa, una de las más antiguas de Chile, y la que, junto a esta casa, ha pasado por seis generaciones. Hoy, el presidente de la viña es don Ismael Ossa Errázuriz. En la actualidad, la casa está a disposición de toda la familia, quienes en verano la aprovechan. Además, sirve como estadía para los extranjeros que acuden a la viña para conocer o degustar el vino. Por lo mismo, se le han hecho algunos arreglos al interior con el fin de mantenerla intacta y con toques románticos: tiestos enlozados con flores rosadas, cortinas en rojo y blanco, muebles de estilo con tapices coloridos pero sobrios, espejos y cuadros con enmarcaciones estilo Rococó, grandes lámparas de fierro y chimeneas, cuyas paredes están completamente enchapadas en madera, pisos brillantes, habitaciones pintadas en rojo y vitrinas con loza de la época.

<strong><em>(casa amarilla) "</em></strong><strong><em>Esta casa de campo mantiene un estilo típico chileno, colonial, con techo de tejas y corredores con grandes pilares y piso de cerámica. Llama la atención el colorido, fachadas amarillas y pilares y marcos de ventanas en un azul verdoso".</em></strong>

Por fuera, flores, muchas flores de todos los coloridos, que cuelgan de las paredes en floreros de fierro, además de cientos de plantas ornamentales en tiestos de madera y cerámica. Para qué decir el parque de árboles nativos repleto de palma chilena, alcornoques y robles milenarios. Un placer a la vista, un encanto que cautiva más allá del entorno. Es el aire que se respira en cada rincón de esta hacienda, mucho más que historia, mucho más que una simple casa de campo.

 

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